Las condiciones sanitarias de la época medieval
|
Publicado el día 25/may/2008 |
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
Al visitar el Palacio de Versalles, en Paris, observamos que el suntuoso
palacio, no tiene baños. En la Edad Media, no existían, cepillos de
dientes, perfumes, desodorantes, y mucho menos papel higiénico. Las heces
y orinas humanas eran tiradas por las ventanas del palacio.
En un día de fiesta, la cocina del palacio era capaz de
preparar un banquete para 1500 personas sin la más mínima higiene.
Vemos en las películas a la gente siendo abanicada. La
explicación no está en el calor, sino en el mal olor que exhalaban las
personas por debajo de los vestidos (hechos con el propósito de contener
los olores de las partes íntimas, porque no se lavaban).
Tampoco había costumbre de bañarse por la falta de
calor en las habitaciones y de agua corriente. Así el mal olor era
disipado por el abanico. Pero sólo los nobles tenían lacayos que hacían
esta labor. Además de disipar el aire también espantaban insectos que se
acumulaban a su alrededor.
Quien ha estado en Versalles se ha maravillado con sus
jardines, enormes y hermosos que en la época eran mas usados que
contemplados, ya que se usaban como retretes en las fiestas promovidas por
la realeza, ya que no tenían baños y se reunía una gran cantidad de
personas.
En la Edad Media la mayoría de las bodas se celebraba
en el mes de junio, al comienzo del verano. La razón era sencilla: el
primer baño del año era tomado en mayo, así, en junio, el olor de las
personas aun era tolerable. Asimismo, como algunos olores ya empezaban a
ser molestos, las novias llevaban ramos de flores al lado de su cuerpo en
los carruajes, para disfrazar el mal olor. Así nace mayo como mes de las
novias y la tradición del ramo de novia.
Los baños eran tomados en una bañera enorme llena de
agua caliente. El padre de la familia era el primero en tomarlo, luego los
otros hombres de la casa por orden de edad y después las mujeres, también
en orden de edad. Al final los niños, y los bebes los últimos. Cuando se
llegaba a ellos ya se podía perder un bebe dentro del agua de lo sucia que
podía estar.
Los tejados de las casas no tenían bajo tejado y en las
vigas de madera se criaban animales, gatos perros, ratas y otros bichos.
Cuando llovía las goteras forzaban a los animales a bajar. De esto nació
la expresión llueven perros y gatos, típica anglosajona.
Los más ricos tenían platos de estaño. Ciertos
alimentos oxidaban el material lo que hacía que mucha gente muriese
envenenada. La falta de higiene de la época hacia muy frecuéntelos
que los tomates, ácidos, provocasen este efecto, por lo que fueron
considerados tóxicos durante mucho tiempo. En los vasos ocurría lo mismo
cuando, al contacto con whisky o cerveza fermentada la gente entraba en un
estado narcolepsico producido tanto por la bebida como por el estaño.
Quien pasase por la calle y viese a alguien en este
estado podía pensar que estaba muerto y ya preparaban el entierro. El
cuerpo era colocado sobre la mesa de la cocina durante algunos días y
pasaba con la familia mientras ellos comían y bebían esperando que
volviese en sí o no. De esta acción surgió el velatorio que hoy se hace
junto al cadáver.
Los lugares para enterrar a los muertos eran pequeños y
no había siempre suficiente sitio para todos. Los ataúdes eran abiertos y
retirados los huesos para meter otro cadáver. Los huesos eran retirados a
un osario. A veces al abrir los ataúdes, se percibía que el enterrado
había arañado la tierra, había sido enterrado vivo. En esta época surgió
la idea de, al cerrar el ataúd, agarrar a la muñeca del difunto un hilo,
pasarlo por un agujero del ataúd y atarlo a una campanilla sobre la
tierra. Si el individuo estaba vivo solo tenía que tirar del hilo y
sonaría la campanilla y sería desenterrado, ya que una persona estaba al
lado del ataúd durante unos días. De esta acción
surge la expresión, "Salvados por la campana", que usamos hoy día.
Durante la primera parte de la Edad Media existía una Medicina
eclesiástica combinada con una paralela, no oficial sino supersticiosa,
ejercida por curanderos, algebristas, santiguadores y ensalmadores. La
Medicina medieval no pudo, en general, desprenderse de la etapa mágica y
por ello fue, en parte, empírica y muy poco racional. En 1348 se establece
una serie de prescripciones sobre las cualidades, obligaciones y derechos
médicos y no será hasta la creación del Tribunal de Protomédicos, el
Protomedicato, por Juan II, cuando realmente se moralice y dignifique el
ejercicio de la profesión médica.
Basándonos en datos dispersos en las fuentes escasas de
épocas posteriores y en los restos óseos hallados en excavaciones o
hallazgos accidentales y extrapolando lo que era en general en aquellos
siglos, podemos imaginarnos cuáles eran el estado y las condiciones
sanitarias en medio de las cuales tuvieron que vivir los habitantes de
entonces.
El primitivo Madrid del cual aún conservamos bastantes
restos, era una serie de estrechas callejas, de trazado tortuoso, al
estilo musulmán, que tenia por finalidad contrarrestar los efectos del
calor del sol y los elementos atmosféricos. Construido el pequeño núcleo
sobre una colina, las calles eran en pendiente, sin pavimentación alguna,
lo que producía grandes lodazales cuando llovía y de espesa capa de polvo
en época seca. El régimen de lluvias debió ser más intenso que el actual,
debido a que el primitivo Madrid musulmán y el cristiano, estaba rodeado
por bosques y praderas por todas partes como los Montes del Pardo la Casa
de Campo y otros. Había mucho más arbolado que en la actualidad. El
caminar por aquellas calles tortuosas y empinadas debía ser un ejercicio
gimnástico constante.
Así debía ser en la mayoría de las poblaciones,
edificadas sobre colinas, muchas veces alrededor de un castillo.
El paso persistente de caballerías durante la época
seca debía levantar polvo en tal cantidad, que la atmósfera se hacía
irrespirable. Los excrementos de animales, asnos caballos mulas perros y
cerdos y los vertidos o residuos que se lanzaban por las ventanas,
seguramente producían un olor y aspecto semejante al que hoy puede verse y
respirarse por los viejos barrios de la ciudad de Fez, corazón religioso
del Magreb, por poner un ejemplo cercano. Los moros resolvieron desde la
primera época de la creación de Madrid el problema de la traída de agua.
Fuentes no faltaban y seguramente pozos y aljibes. El agua de lluvia y los
residuos humanos y animales mezclados con el barro debían de correr hacia
las partes declives de la ciudad de manera que cuento más bajo nos
situásemos, el estancamiento de aguas negras y lodazales debía de producir
una extraordinaria pestilencia.
El Madrid medieval debió ser todo menos una ciudad
limpia e higiénica. Es de imaginar la presencia de gatos y perros que
producirían las escenas típicas descritas por algunos de nuestros poetas y
escritores de épocas posteriores. Las ratas debían reproducirse en grandes
cantidades. Los mosquitos y las moscas que no nos han abandonado todavía,
debían encontrar excelente pábulo nutritivo para su multiplicación y
supervivencia. Todo ello unido a la ausencia de alumbrado en las calles,
salvo el débil reflejo de los candiles a través de las estrechas ventanas
completan la escena nocturna.
La presencia de huevecillos de parásitos intestinales
debieron ser muy frecuentes en aquellas épocas. La costumbre de la época
era y si no había corrales en la casa, grito de ¡Agua va! que caía sobre
el desprevenido viandante ante el aviso. Para evitarlo, los tenderos
tenían la costumbre de colocar sobre sus negocios una manta a manera de
toldo que recogía en parte tales desperdicios o inconfesables inmundicias.
Cuando los Reyes Católicos entraron en Madrid, debía ser tan insoportable
el olor y la presencia de basuras en las calles, que nada menos que en
aquel medievo tardío tienen que dar órdenes severas de higienizar la
ciudad, órdenes que como de costumbre eran acatadas pero no cumplidas.
Hay noticia de que comienzan a imponerse sanciones a
los que lanzaban inmundicias por las ventanas, pero esto no llega hasta
1530. La Higiene personal debía ir de la mano con la urbanística. Sin
embargo hay noticias de que era costumbre entre muchas personas el bajar
hasta el Río Manzanares para bañarse al atardecer en el verano.
En la calle de Segovia hubo unos baños públicos que se
suprimieron más tarde. Los moros han sido muy aficionados a los baños
públicos y por eso los tuvieron también en Madrid en la época musulmana.
Alfonso X el Sabio los restauró por Real Cédula.
El Madrid medieval, constreñido por sus murallas, no
tenia otra fórmula que estrechar cada vez más las calles y amontonar las
casas. Cuando se llegó a la saturación, se comenzó a construir extramuros.
Los mercados se hacían también extramuros como aún hoy he podido ver en
muchas ciudades musulmanas, aparte de sus zocos. En el Madrid cristiano
medieval, los cerdos deambulaban por las calles buscando cuanto sirviese
para su alimentación. Esta escena hasta hace poco aún podía presenciarse
en muchos pequeños pueblos de España.
La población de las ciudades en la Edad Media nunca fue
muy grande y cuando crecía era inmediatamente reducida por alguna de las
frecuentes epidemias que se presentaban. La mortalidad infantil era muy
elevada, muriendo el 50% de los recién nacidos.
Los restos óseos estudiados nos indican claramente los
serios padecimientos que sufrían los habitantes del medioevo. Las muertes
por parto fueron muy frecuentes. Eran constantes plagas como la viruela,
que a quien no mataba dejaba marcado para siempre, la alferecía, gota
coral, y epilepsía o mal caduco llamado también "ira de Dios".
La falta de higiene, especialmente entre los abundantes
mendigos que recorrían las calles impetrando la caridad pública, producía
numero casos de sarna, micosis, tricoficias, tiñas, usagre, transmitidas
por los numerosos gatos y perros que debieron estar como sus amos. La
mentagra o empeines y los impétigos, las legañas y toda clase de piojos,
liendres y ladillas.
Debió ser frecuente ver ciegos y mendigos con
pelambrera (alopecias y pelarelas), postemas y rijas (fístulas
lagrimales). Tracoma y verrugas eran también frecuentes. Gota serena o
ceguera era la consecuencia del tracoma.
En los huesos se ha hallado mal de Pott o tuberculosis
de la columna vertebral precedida o acompañada de tuberculosis pulmonar y
escrófulas. Los típicos jorobados fueron espectáculo diario debido a
lesiones de la columna vertebral. Osteoartrosis y osteoartritis del tipo
de la enfermedad de Strümpell-FtarieBetcherew o espondiloartrosis
anouilopoyética lesiones degenerativas de diversas articulaciones,
especialmente de las coxofemorales, lo que debió dar un porcentaje alto de
cojeras, así como fracturas mal consolidadas que no eran reducidas y
curaban con acortamiento del miembro, hemos encontrado lo que demuestra la
existencia de anemias hipocrómicas, talasemias, muchas de ellas producidas
por paludismos crónicos o anemias por parasitosis intestinal (poliparasitosis).
Algún caso de trepanación craneal indica que ésta se practicaba por los
cirujanos, siendo las indicaciones la epilepsia, las jaquecas violentas,
la locura o los traumatismos craneales. Otro tipo de trepanaciones como
las realizadas para extraer la llamada "piedra de la locura" están bien
documentadas en el medievo, incluso representadas en pinturas y lienzos
que hoy se guardan en las pinacotecas de Europa. No debió ser extraña en
España la presencia de estos charlatanes que iban de pueblo en pueblo
practicando estas técnicas mágico-qirúrgicas.
El hallazgo de frecuentes osteomielitis y osteítis en
extremidades superiores e inferiores, indica que los traumatismos fueron
frecuentemente seguidos de periostitis infecciosas de los huesos que
mantenían supuraciones extensas y prolongadas hasta la muerte,
probablemente a causa de septicemias de los pacientes. El carbunco, las
cataratas también debieron ser cosa común.
En los niños que resistían el primer mes de nacidos se
presentaba la alfombrilla, el sarampión o morbido, la varicela, y el
garrotillo o difteria del que pocos escaparían. Las complicaciones en la
piel como impétigos debieron ser frecuentes así como las encefalitis como
consecuencia de fiebres eruptivas infantiles.
El alcoholismo fué muy frecuente. Los autores
medievales nos han permitido documentar esta toxicomanía. Fueron
frecuentes también el fuego sagrado (erisipela), el mal de la yjada,
cólica, pasacólica, mal de piedra y cólico miserere, proceso en el que se
debieron incluir desde cólicos nefríticos y biliares, hasta lesiones
pancreáticas e intestinales. Los romadizos, corizas o corrimiento de
narices eran comunes en primavera, otoño e invierno, así como el dolor de
costado (neumonía) que debió producir constantes bajas. La esquinancia o
anginas (amigdalitis aguda) la citan diversos autores.
El fuego de San Antonio o Fuego da San Marcial,
estiómeno, herpetismo, pruna, pérsico, nolimetangere eran un cajón de
sastre al que iban a parar diversas enfermedades de la piel, acompañadas
de picor, fiebre y erupciones cutáneas. Nacidos, lobanillos, golondrinos y
melicer eran cosa común. El fuego de San Antonio era producido por el
cornezuelo de centeno (ergotismo) aunque entonces no se sabia la causa de
esta enfermedad. Se producía por harinas contaminadas con las que se hacia
pan.
Los sabañones en invierno o friera.
La abundancia de mosquitos debió ser causa de hepatitis
frecuentes y así los autores medievales hablan de ictericias o tiricias,
tirias, aliacán y tiracla, que unidos al alcoholismo fueron causa da
cirrosis hepática con el acompañamiento de hidropesía. Y por supuesto las
frecuentes tercianas y cuartanas debieron ser la regla. Las moscas fueron
responsables de la transmisión de enfermedades epidémicas, unido a la
suciedad, como las oftalmías o taraxis, vallicatio, chynosis o alquadamesí.
Los piojos originaron epidemias de tabardete o
tabardillo (tifus exantemático) y las aguas contaminadas o los vegetales
regados con esas aguas ocasionaron la endemia de fiebre tifoidea. Pulgas y
chinches debieron hacer su agosto en aquellas poblaciones y no menos las
garrapatas que afectaban a perros y ganado.
Estaban también las calles de las mancebías o
prostíbulos. Las enfermedades venéreas fueron frecuentes, la gonorrea o
almerocha, las flores blancas o flujos blancos y seguramente otros
procesos incluídos en la denominación de lupias, verrugas genitales,
landres, encordios, y si aceptamos que la sífilis o mal de las bubas vino
a aparecer después del descubrimiento de América, mal gálico o mal
francés, está confirmado al menos en la etapa posterior al descubrimiento
por la presencia de lesiones óseas gomosas sifilíticas, y en los
frecuentes casos de demencia y parálisis producidas por lesiones
sifilíticas del sistema nervioso central, aunque otras lo fueran por
esclerosis del cerebro y sus arterias.
Los perros abundantes transmitieron la rabia o
hidrofobia. El paso de caballerías por las calles no pavimentadas debió
producir frecuentes casos de tétanos en les heridas contaminadas con
tierra. En los cráneos y dentaduras estudiados se han observado la
frecuencia de la abrasión dental, las caries, los abscesos
alvéolodentarios, la pérdida temprana de dientes, las grandes cantidades
de sarro dentario o toba, el sapillo o moniliasis de la cavidad bucal de
los niños, el neguijón o coloración negra de los dientes, la piorrea
alvéolodentaria, flemones, fístulas y en general sepsis bucales que
debieron producir junto con la dieta, constantes halitosis. El aliento de
las gentes de le Edad Media debió ser francamente desagradable.
Las aguas contaminadas fueron motivo de frecuentes
diarreas, cámaras, correncia o disenterías, así como los alimentos
descompuestos, especialmente en el verano. La gota de los pies o podagra y
la gota de las manos o guiragra están bien documentadas en los huesos
hablados. Las hernias o potras fueron frecuentes, originando la existencia
de "especialistas" llamados sacapotras que las curaban. Las heridas por
arma blanca fueron uno de los traumatismos más constantes, que más dieron
que hacer a los cirujanos medievales.
Los ictus apopiectiformes o las intoxicaciones por
alimentos producían en la época frecuentes paroxismos o parasismos,
pérdidas prolongadas del sentido con aspecto de muerte aparente y los
casos de enterramientos de vivos fueron tan frecuentes que en los
testamentos de la época se solía poner una cláusula por la cual, ante el
temor de ser enterrados vivos, como última voluntad se pedía que abriesen
al supuesto o presunto cadáver, las venas y se asegurasen de que no iban a
echarles la tierra encima estando vivos.
Los pasmos o parálisis faciales, la pechuguera o
catarros bronquiales a causa de los contagios, los enfriamientos y el
polvo de las calles contaminadas son con la perlesía diagnósticos de aquel
tiempo. La scurria o micción involuntaria y la suria o detención
patológica de la orina también son citadas. Los vértigos por retención
biliar o lesiones de oído por infecciones post-catarrales y los zaratanes
o postemas el seno de las mujeres, el mal de madre e histerismo, la
mirachia que era un estado depresivo o melancolía, la mola matriz que se
confundía con el embarazo afectaban a las mujeres. El abandono de niños a
la puerta de las Iglesias era constante. La edad media de vida era de 40 a
42 años según algunas fuentes pero otras consideran que fue mucho menor.
Algunos autores citan las siguientes epidemias: En 447
y en 746 pestilencia y epidemia de hambre. En 1213 otra epidemia de
hambre. En 1268 una epidemia desconocida hasta entonces que asoló Madrid.
Las gentes iban tranquilamente por la calle y de pronto se echaban las
manos al cuello, se congestionaban y caían fulminados, muriendo poco
después. Aquello provocó casi el despoblamiento de Madrid huyendo cuantos
pudieron, abandonando los cadáveres pudriéndose al sol. Hubo un
sistemático saqueo de la ciudad por los desaprensivos que debieron ser
numerosos y las ratas y perros se dieron un banquete. En 1348-1350 la
peste negra asoló a Europa. Después hubo brotes periódicos de esta
pandemia. Las epidemias de gripe fueron la regla, llevándose al 30 ó 40%
de los afectados. Las calles medievales se veían llenas de tullidos, y el
mendigo que no tenia una llaga natural, se la provocaba con alguna planta
cáustica o vesicante para implorar la caridad pública. El panorama debió
ser dantesco. En 1438 se presentó "la peste" en Madrid, calificada de
cruel y rigurosa. Fue de abril a noviembre, muriendo más de 5.000 personas
y quedando afectadas más de 6.000 en una población de 20.000 habitantes.
Hubo que habilitar urgentemente un Hospital para los apestados que no daba
a basto, en la Puerta del Sol. En 1455 nuevamente la peste diezma a la
población de Madrid. 1507 fue otro año de gran peste en toda Castilla. Se
puede considerar como endémico-epidémico el llamado "cólico de Madrid" que
durante muchos años azotó a la villa.
Era costumbre ya en el Madrid medieval conservar la
provisión de vinagres el escabeche de pimientos, las aceitunas y otros
productos alimentarios en tinajas de barro vidriadas. El vidriado se hacía
con plomo. El baño se disolvía en el vinagre por la acción ácida de este y
el resultado era la producción de azúcar de Saturno que empapaba los
alimentos y los hacia muy tóxicos. A su vez este vinagre era usado en
ensaladas, gachas, etc., con el objeto de aderezarlos y el resultado esa
el cólico saturnino.
También se cocía la leche en vasijas de barro vidriado
o se calentaban en ellas alimentos diversos. El resultado era el cólico
saturnino o cólico pictónico o metálico. Para el vidriado, después de
cocidas las piezas, se barnizaban con "alcohol pulverizado gruesamente",
desleído en agua, dándole consistencia con harina de trigo. Se mezclaba
bien y se extendía con una brocha sobre la superficie externa e interna
recociendo la pieza en el mismo horno. La vitrificación era imperfecta a
causa de la escasa temperatura de los hornos, calentados con retama par
falta de leña. Cuando comenzaron a llegar piezas de peltre inglés y
holandés no varió el problema pues este peltre contenía mucho plomo.
Otra causa de cólicos eran los utensilio de cobre de la
época. A veces se estañaban y el estaño tenia una buena mezcla de plomo.
Los caldereros eran los responsables. Pero de por si el cobre producía el
temible cardenillo que se formaba por oxidación en la superficie de las
vasijas. Hasta las nodrizas cocían las papillas de los niños en cacerolas
de cobre o azófar donde además, las guardaban. Los niños morían en medio
de intensas convulsiones. Así pues había no sólo verdaderas
epidemias de cólicos, enteritis, y diarreas, cámaras y pasacólica, sino
que era un problema endémico de la villa la intoxicación por plomo y
cobre.
La lepra o mal de San Lázaro estuvo muy extendida en el
medioevo, hasta el punto de tener que construirse leproserías desde la
época musulmana. Un capítulo que no puede pasar desapercibido y que está
en relación con las supersticiones de la época que aún perduran, era el
aojamiento o mal de ojo, la fascinación, así como la existencia de
endemoniados. Y las epidemias de modorra, probablemente una encefalitis a
virus, de la que se sabe que fue exportada a América. La expedición de
Pedrarias al llegar al Istmo de Panamá sufrió una violenta eídemia de esta
encefalitis letárgica o modorra, que diezmó a los recién llegados.
Durante la primera parte de la Edad Media sabemos que
la Medicina estuvo en manos de médicos moros y judíos. Ya antes de la
conquista de Madrid por Alfonso VI había médicos judíos, moros, curanderos
y charlatanes vagabundos. En cuanto a la Medicina cristiana antes de 1215,
en que fue prohibida, hubo una Medicina monacal o eclesiástica en los
monasterios que se iban creando. En la primera etapa, en los monasterios
había farmacias donde se preparaban los productos medicinales.
Generalmente actuaban como dispensarios. Los frailes no solían hacer
visitas a domicilio, sino que los pacientes acudían a ellos. También era
costumbre de los primeros tiempos que los propios médicos preparasen los
productos que administraban.
Combinada con esta Medicina que podíamos llamar
oficial, existía una paramedicina o Medicina paralela compuesta por
curanderos, algebristas, santiguadores, ensalmadores, una Medicina
supersticiosa. Se utilizaban (y ha llegado hasta nuestro siglo) las
llamadas nóminas que eran una especie de amuletos consistentes en bolsitas
cerradas, dentro de las cuales se colocaban escrituras o nombres de
santos. Otras veces usaban unas bolsitas con un colmillo de perro dentro,
lo que se consideraba buen remedio para prevenir la mordedura de perros
rabiosos. Las nóminas se hacían también con los signos del Zodiaco o con
oraciones o fragmentos del Evangelio. Otra forma supersticiosa de curar
era por medio de ensalmos y aplicación empírica de diversas medicinas. La
Medicina medieval en general no pudo desprenderse de la etapa mágica, y
por ello fue en parte, mágica, en parte, empírica y muy poco racional.
Curanderos y exorcistas hacían su agosto. El mal de ojo era su enfermedad
preferida, así como la posesión diabólica.
Es conocido el caso de Martín Perdomo o Perdomes, que
se hizo rico en la Ribera de Curtidores por sus conversaciones con el
demonio que le contaba cómo curar las enfermedades. Sólo aceptaba como
pago de sus curaciones oro o plata.
Con la expulsión de los judíos se resintió el estado
sanitario de Madrid, ya que la Medicina hasta 1492 estaba en general en
manos de judíos, médicos famosos como Don Hudá y su hijo Maestre Zulema o
Çulema. Desde la era cristiana, los judíos tenían que vivir en su ghetto o
aljama y llevar un distintivo especial que los distinguía de los demás.
Fue muy famoso Rabí Jacob o Jacó. Se sabe que pidió permiso para residir
fuera de la aljama para poder asistir a domicilio a sus pacientes. La
villa de Madrid le pagaba 5.000 maravedís anuales. A su muerte le sucedió
su hijo Rabí Oçe o José, el año 1488. Las Cortes de Madrigal de 1476 y las
de Toledo de 1480 fueron las que dispusieron que los judíos viviesen en su
aljama, en torno a la sinagoga y los moros junto a su almagil o mezquita.
El contacto con reliquias de santos fue una forma de
curar muy propia de la época. San Isidro hizo así muchas curaciones
después de muerto, bien cuando se ponía en contacto con sus restos a los
enfermos o bien bebiendo del agua de la Fuente del Santo. Cuenta la
leyenda que llegando al lugar donde araba San Isidro en pleno día
caluroso, su amo Juan de Vargas le pidió un trago de agua. San Isidro
había dado toda la que tenía en su botijo a unos caminantes. Pero San
Isidro sin dudarlo se dirigió a unas rocas y exclamó: ¡Cuando Dios quería,
aquí agua había! con lo que inmediatamente brotó agua fresca y cristalina
que bebió el amo asombrado. Ésta fue desde entonces la Fuente del Santo y
a ella acudió el propio Emperador Carlos V para curarse ciertas tercianas
que padecía consiguiendo apartar de sí la fiebre con lo que se dice que le
tomó afecto a Madrid.
En el Libro de la Cetrería se habla de un noble que
trajeron de Alcalá de Henares a Madrid para curarle una luxación de
hombro, cosa que hizo cierto médico del Hospital u Hospedería del
Santuario de Nuestra Señora de Atocha. La fuente de San Isidro tiene una
lápida de piedra en la que dice: ...que si con fe la bebieres y calentura
trujeres, volverás sin calentura. Había otras fuentes curativas como la de
Santa Apolonia, de aguas bicarbonatado sódicas y ferruginosas, reputadas
como muy curativas para males de estómago, mal de la piedra y riñones.
Había también cirujanos especializados en curar el mal
de piedra. Los médicos judíos ejercían sólo la Medicina clínica o Medicina
interna, mientras los médicos moros eran además astrónomos, naturalistas,
matemáticos y cosmógrafos. Gran caudal de conocimientos y de documentación
sobre la Historia medieval y de la España de aquellos tiempos se llevaron
consigo al ser expulsados. Aún se encuentran tesoros de esta documentación
en los lugares más inusitados del mundo. Se han visto bibliotecas de
manuscritos españoles de Toledo en el Seminario de estudios sefardíes de
Nueva York, y otros en Fez, Constantinopla, Alejandría e Israel.
Los físicos (como se les llamaba a las médicos de
entonces) del Monasterio de San Martín y del de San Francisco fueron con
los físicos judíos los más famosos, además de algunos moros. Ya avanzado
el período medieval, Madrid tenía dos físicos y un cirujano dependientes
del Concejo para asistir a los vecinos, con nombramiento a perpetuidad y
hereditario de padres a hijos. Existía un cargo de Físico Jefe del Concejo
Municipal que se nombraba entre los que hubieran ejercido en la villa
durante 10 años con residencia en la misma. Los citados Rabí Oçe y Rabí
Jacó, ostentaban este cargo y se les eximió de llevar la señal infamante o
distintivo judío. Cuando tuvo lugar la expulsión, fueron varios los
médicos judíos que aceptaron la religión cristiana, convirtiéndose y
continuando así el ejercicio de su profesión.
Maeses se llamaba a los barberos cuya misión principal
era practicar sangrías. Los Mestres o Maestros eran los cirujanos.
Sacapotras eran los que curaban hernias y quebraduras. Algebristas los que
arreglaban huesos luxados o rotos. Es difícil saber cuántos médicos
titulados en Universidad pudo haber en la España medieval. Por entonces
fucionaban la Universidad de Salamanca, Padua, Montpellier, París y
Bolonia entre otras. Durante los s. XIII y XIV en las Universidades de
Montpellier y París se exigía a los futuros médicos en sus planes de
estudio, varios grados: estudios filosóficos, por los menos 4 ó 5 años de
Medicina, Bachillerato, Licenciatura y Doctorado. Más tarde se exigió una
práctica de 6 meses en un Hospital. Para los poderosos estaban los médicos
de cámara, graduados en las Universidades más importantes, que acompañaban
a la Corte que por entonces era trashumante y cobraban honorarios
elevados. Había otros médicos para artesanos y burgueses y una asistencia
médica para pobres, en manos de curanderos y barberos.
Los tratamientos médicos pueden resumirse en un refrán
"Sangrías, lavativas, purgas y ventosas y siempre las mismas cosas".
Se utilizaban remedios tan peregrinos como la triaca magna, especie de
panacea, el polvo de momia, la piedra bezoar, diversos alexifármacos y
entre las técnicas quirúrgicas, la trepanación craneal, la cauterización,
las amputaciones, las curas de las heridas tan frecuentes entonces. Las
fuentes fue un método terapéutico del que se llegó a abusar. Consistía en
hacer una incisión en una o las dos piernas, los brazos o las nalgas, por
donde se realizaba una sangría. Se colocaba entre los labios de la herida,
estopa hervida o un objeto metálico que impedía la cicatrización por
tiempo indefinido, de modo que se formaba una fístula que cada día
producía cierta cantidad de secreción. Se creía que con esto salían los
malos humores y el organismo se purificaba. Los sedales eran heridas
profundas que se hacían en pleno tejido muscular con fines parecidos a las
fuentes.
Era común y corriente el uso de hilas o hebras sacadas
de un trozo de lienzo con las que, embebidas en líquidos cicatrizantes, se
cubrían las heridas, heridas que se curaban con sal para cicatrizarlas. Se
usaban las bizmas o emplastos para confortar, hechos con estopa de lino o
cáñamo, aguardiente, incienso, mirra y otras substancias.
Los Reyes Católicos, en 1484, crearon un Hospital de
campaña, el primero de su género, desmontable, que les acompañaba en su
peregrinar constante por la geografía del país y en el que se atendían a
los enfermos o heridos de sus servidores.
La dieta medieval consistía en carnes de vaca, carnero
y cabrito, oveja, casquería, asaduras, cabezas y caza. Los nobles se
abastecían de carne en sus propiedades, lo mismo que los conventos. Se
consumía mucho pescado en salazón (tollo, besugo, sardinas, pescados
salados y pulpo). En 1486 había en Madrid 12 tabernas. El consumo del vino
debió ser grande. El negocio de la harina estuvo en manos de judíos en
época medieval. Carne de cerdo se comió, al menos por parte de la
comunidad cristiana. Los mudéjares tenían el comercio del hierro. Eran
herreros, caldereros, y también carpinteros, comerciantes y alarifes. Los
traperos y especieros eran judíos. Había aguadores que acarreaban el agua
a las casas. El pan se cocía y vendía en hornos particulares, pero el
Concejo vigilaba su elaboración y los precios. Siempre hubo conflictos
porque los panaderos querían subir los precios del pan. Había un gremio de
candeleros y cereros.
Añade un comentario,
imagen, información,
opinión...
<(©¿©)>o escribe a cartas@monover.com<(©¿©)> |