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Chistes viejos

      El mercado del arte también se resiente y las pobrecitas casas de subastas se han quedado sin adjudicar algún picaso; los restaurantes tienen pocas reservas para las comidas de empresa de antes de Navidad; los promotores que antes no querían construir viviendas VPO van a disfrazar con esas siglas las que tienen en stok...

Jueves, 6/noviembre/2008
Luis Andrés
    

      Hoy tocaba hablar otra vez de la crisis; el mercado del arte también se resiente y las pobrecitas casas de subastas se han quedado sin adjudicar algún picaso; los restaurantes tienen pocas reservas para las comidas de empresa de antes de Navidad y este año no podrán subir de los cuarenta euros de media; los promotores que antes no querían construir viviendas VPO van a disfrazar con esas siglas las que tienen en stok con la ayuda de gobierno autónomo, a ver si cuela. También podía contar que han instalado una montaña rusa en la bolsa de valores o escribir sobre la tragedia que significa para los emigrantes que entre ellos se haya duplicado el paro desde primeros de año. Pero ya está bien; me apetece más ponerme a contar chistes.

     Dos hombres en el tren en asientos contiguos; tras tres horas de viaje le dice uno a otro:
     —Oiga... ¿usted de donde es?...
     —¡Coño!... Yo soy de Bilbao, ¡ostia!
     —¡Ay va la Virgen!... qué casualidad... ¡yo soy de Santander!
     —Ostia la tía... ¡los dos del Norte!...
     —¿Y usted a que se dedica?
     —¿Yo? ¡Soy violinista!...
     —¡Me cago en la puta!... Qué puñetera casualidad... ¡yo también!
     —¡No puede ser, cojones!... ¿También violinista?... Pues yo toco el violín de cojones, te lo advierto...
     —Pa buen violinista yo, tío, ¡soy el mejor de España!
     —¿El mejor de España?... ¡Vamos hombre! ¡Si yo soy el mejor de Europa!
     —Mira tío... fíjate si yo tocaré la ostia de bien, que cuando toco el violín en la Iglesia de mi pueblo, en Santander, ¡la Virgen de madera llora!
     —Pues yo el otro día toqué el violín en la Catedral de Bilbao, y de lo bien que lo hice bajó el Cristo de la cruz, me dio un abrazo y me dijo: "¡Eso sí es tocar, y no lo que hace el hijoputa de Santander, que hace llorar a mi madre!".

     El Intendente:
     —¿Aquí fue el accidente de los candidatos a concejales?
     —Sí, aquí fue.
     —¿Y qué se hizo…?
     —Los enterramos como Dios manda.
     —¿Pero habían muerto todos?
     —Bueno, algunos dijeron que no, pero Usted sabe cómo eran de mentirosos.

     El campesino tenía un fantástico toro reproductor, el mejor de la región. Era su único patrimonio y su sustento. Los granjeros locales sabían que era el mejor reproductor de la zona y lo alquilaban para cruzar sus vacas, comprobando que de esos cruces salían los mejores becerros. Era rápido y rendidor; no perdonaba ninguna vaca que le pasara cerca, y nunca se cansaba.
     Para asegurarse que siempre lo tendrían a su disposición, se reunieron los granjeros y decidieron comprar el gran fornicador para no depender más del campesino. Así que le dijeron:
     —Ponle precio a tu toro que te lo vamos a comprar.
     Pero el campesino no quería perder su fuente de ingresos y dio una cifra absurda para que fuera rechazada. Los hacendados se quejaron al alcalde, y éste, sensibilizado con el problema, y conocedor de la potencia percutora del animal, lo compró con fondos municipales sin reparar en el precio, lo registró como patrimonio municipal y, tras aprobar la tasa correspondiente, lo puso a disposición de toda la comunidad.
     El día de la inauguración del nuevo servicio, los granjeros trajeron sus vacas para que el toro las preñara. Le arrimaron la primera, y nada.
     —Es culpa de la vaca —dijo uno—, es demasiado flaca y no le pone.
     Le trajeron una sonrosada campeona holandesa de grandes ubres; el toro la olfateó, y nada. Le pasaron el rodeo entero pero el semental ni se inmutó. El alcalde furioso llamó al ex-dueño y lo increpó a solucionar el problema... se había gastado el dinero de los contribuyentes y no quería pensar que todo fuera una estafa.
     El campesino se acercó al cornúpeta y le dijo:
     —Pero qué te pasa hermano, ¿no quieres trabajar?
     Y el toro tras mirarlo largamente y desperezarse respondió:
     —¡No me jodas hermano!... ¡Ahora soy funcionario público!
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Edita: Luis Andrés Pastor Oleaga, (Responsable y esclavo de esta idea)
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