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“In memoriam” El rayo que no cesa

 

 

 

 

Miguel Hernández

 

Lunes, 18/08/08
Luis Andrés

     ¿Dónde estarás ahora, Miguel, que no puedes consolarme? Daría una eternidad por poder escuchar otra vez tus versos líquidos, tu palabra templada, tus consejos de amigo… (Alberto Méndez, Los girasoles ciegos). 

     Un colaborador de esta revista digital se hacía llamar “El rayo que no cesa”; murió hace pocos días, derrotado al fin por una enfermedad a la que había ganado muchas batallas, tantas que algunos no pudimos imaginar el desenlace. Entre los bits y los píxeles del ciberespacio pueden consultarse las cartas y las imágenes que me envió; igual que esta carta que ahora le escribo yo, seguro de que desde “donde esté ahora” me felicitará cuando la lea, como hacía en ocasiones, porque trata del poeta al que admiraba. A ti, Juan, “in memoriam”. 

(…) Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado. 

(…) Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo. 

(…) A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(10 de enero de 1936, Miguel Hernández, Elegía a Ramón Sijé, El rayo que no cesa).
 

      Miguel Hernández nació en Orihuela, el día 30 de octubre de hace casi 98 años. Aun podría estar vivo; ¿cuantos versos habría escrito? Aunque cabrero, desde niño tuvo un gran interés por el estudio, con quince años ya comienza a publicar poesías en diarios locales y provinciales, a las 23 años su primer libro, “Perito en lunas”, y con 26 “El rayo que no cesa”. Eran los frutos de una educación autodidacta.

     En 1936 se produjo la insurrección militar que provocó la Guerra Civil Española. Miguel se incorpora al Ejército Popular de la República y es nombrado Comisario de Cultura. Se casa, tiene un hijo y se le muere a los pocos meses. Pelea como soldado y como poeta, y pierde la guerra que destrozó ambos bandos. Tiene un segundo hijo. Con 31 años, en 1942, tras ser condenado a muerte en Consejo de Guerra y conmutársele por 30 años, a causa de la desnutrición, con bronquitis, tifus y tuberculosis, muere en la cárcel de Alicante.

     Había sido encontrado culpable de contribuir a la guerra con su lápiz, de enaltecer a los soldados y consolar a los heridos; de defender un gobierno legalmente constituido. Murió con 31 años pero dejó versos de sobra para que nunca sea olvidado.

     Aquellos años desdichados le obligaron a ver la muerte de cerca muchas veces; a Federico le escribió:  

(…) Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.
¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres! 

(…) Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,… 
(Elegía a Federico García Lorca) 

     Y a su primer hijo antes de que falleciera con sólo diez meses de vida, al saber que sólo pan y cebolla había para darle, le cantó: 

(…) En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba… 
(Nanas de la cebolla, 1939) 

     Todas las obras de Miguel Hernández se encuentran fácilmente en Internet  y pueden ser publicadas libremente pues falleció hace más de 50 años; recomiendo su lectura a quien todavía no lo haya hecho; a nadie dejará indiferente; al alcance incluso del lector adolescente; lírica, pasional y sincera; su poesía está entre la mejor del siglo XX.

     Ahora su nombre puede leerse en la entrada de colegios y universidades y ya no existe la cárcel en cuyos muros escribiera antes de morir. Sus versos se estudian, se reeditan y se cantan. Fue uno de los muchos que murió defendiendo la libertad; España es ahora tan distinta de la que él vivió que las nuevas generaciones no entienden que se pueda matar para defender unas ideas, pero su ejemplo, su corta y agitada vida llena de esfuerzo, compromiso y genialidad, está entre lo poco bueno que nuestra Historia puede recordar de aquella época maldita, en la que los mejores murieron demasiado pronto.

      El rayo "El Poeta" lo sentía caer sobre él como una puñalada y puede que lo asimilara al corto espacio de una vida; pues con toda la fuerza y el poder de la naturaleza, nace y muere en un instante refulgente del que al poco sentimos su recuerdo como un trueno; y aun resuena en nuestros oídos cuando un nuevo flash nos deslumbra, es el rayo que no cesa. La vida de cada rayo es corta pero se perpetúa en el siguiente en una sucesión inacabable.

     La muerte estuvo presente en la vida de Miguel, de Ramón, de Federico, de Juan, y lo está en la de todos nosotros aunque no nos demos cuenta. Y no es más que el final de un ciclo que se repite, que no cesa, necesario para abonar la Tierra. La existencia es un instante, duro y largo mientras transcurre, pero sólo un parpadeo en el recuerdo. Sin embargo, algunos hombres excepcionales como ellos dejan tras de sí un recuerdo atronador que no olvidamos; son los efectos del rayo.

Miércoles, 20 Aug 2008, 10:30:41
Plinio
     Me sumo, con respeto, al recuerdo de “El Rayo que no cesa”, con quien coincidí en esta revista en los días más dinámicos de El Preguntón. Nos cruzamos guantes dialécticos y nos estrechamos la mano como caballeros. En eso siempre ganaba: era un caballero. Caballero claro, directo y valiente.
     Y generoso. Generosidad que demostró al apoyar proyectos endebles que sólo se sostenían con la ilusión de un novicio que sabe que tiene mucho tiempo para consumarlos. Y él sabía, supimos todos, que luchaba con bravura para conseguir unos días más, unos segundos más para estar presente en la vida de su ciudad.
     Mi relación con él, por desgracia para mi, fue tardía y otros tuvieron la fortuna de conocerlo mejor. No sabría elegir una palabra que lo definiera, pero sí una que explicara lo que no fue: mediocre. Quizás por eso se sumaba a las ideas imposibles, a causas aparentemente perdidas y participaba en los planes más difíciles sin echar un paso atrás. A El Rayo no le importaba perder, pero no toleraba la rendición. No, El Rayo no era mediocre. Los mediocres se pliegan al confort que proporciona la sumisión a los poderosos, los mediocres aceptan la paz impuesta a cambio del silencio y la penumbra. El Rayo es luz. Y luz clara, sin grises.
     A El Rayo no le asustaba perder, pero no perdería sin lucha. Y Juan se fue sin rendirse. Mi recuerdo.


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