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       29 de noviembre del 2004, Lunes

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Enfermedades a la medida
Fernando Sabater

Hace poco, en pleno auge del debate sobre la regulación del matrimonio entre homosexuales (otro día a lo mejor hablamos de eso, porque también tiene su miga), leí que un obispo dictaminaba que la homosexualidad es una «anormalidad psicológica», o sea, un padecimiento morboso que debe ser compadecido como cualquier dolencia pero no reconocido como un derecho. Creo que el opinante era el obispo de Ávila, pero no me hagan mucho caso porque yo en cuestión de obispos discierno poco. Lo que importa es que al lado de ese diagnóstico periodístico aparecía la fotografía del clérigo en cuestión: un hombre más bien joven, con gafas y aspecto aplicado, que llevaba en la cabeza una especie de gigantesco barquillo blanco de tela almidonada y vestía algo a medio camino entre la gualdrapa y el capote de paseo, un poco tieso pero sumamente polícromo. Contagiado por el clima evangélico del asunto, recordé la condena hace tanto dictada contra quienes ven la paja en el ojo ajeno e ignoran la viga en el propio. Porque, hablando claro, llevar semejante atuendo, augurar por razones profesionales la próxima resurrección de los muertos y querer además dar lecciones sobre normalidad psicológica resulta, por decir lo menos, algo chocante.

La tendencia a convertir en enfermos a los que se comportan de manera excéntrica, vituperable o peligrosa, según el particular criterio de quien decide en cada caso, es una tradición bien documentada desde comienzos de nuestra época moderna y racionalista. Por supuesto, bastantes aún recordamos que a los disidentes del régimen soviético -cuando éste se humanizó tras la muerte de Stalin y ya no se les aniquilaba en campos de concentración- acostumbraba a encerrárseles en hospitales psiquiátricos, diagnosticando que sus críticas a la utopía comunista en vías de realización eran síntomas de trastorno mental y no resultado de la lucidez política. La mal llamada intelligentsia progresista europea solía aceptar tales diagnósticos, lo mismo que hoy no faltan escritoras de parecido jaez para sostener que los presos políticos en Cuba son sencilla y puramente agentes de la CIA.

Pero existen precedentes muy anteriores. Por ejemplo, en el número de mayo de 1851 del New Orleans Medical and Surgical Journal, el entonces reputado doctor Samuel Cartwright publicaba un Informe sobre las enfermedades y peculiaridades físicas de la raza negra, basado en sus cuidadosas observaciones sobre los esclavos que trabajaban en las plantaciones locales. Señalaba como una de las dolencias más comunes la por él denominada drapetomanía, cuyo síntoma más corriente era intentar escaparse en cuanto tenían oportunidad. A otros les aquejaba un morbo aún más dañino, la disaestesia etiopsis, caracterizada por «romper, desparramar y destruir cuanto caía en sus manos... sin atender en absoluto a los derechos de propiedad».

Pocos años después, en un manual clínico publicado en la Inglaterra victoriana, el sabio doctor Curling señalaba una nueva plaga: la espermatorrea. Los aquejados por ella -todos varones- demostraban una prodigalidad suicida con su licor seminal, que malgastaban alegremente fuese solos o en compañía de cómplices de cualquier sexo. Con razón el especialista francés doctore Lallemand, hablando de la espermatorrea, aseguraba que es «una enfermedad que degrada al hombre, envenena la dicha de los mejores días de su vida y hace estragos en la sociedad». Tomo estos datos del interesante libro The Nature of Disease, de Lawrie Reznek, publicado por Routledge & Kegan Paul en 1987. Ya en el siglo XX, la masturbación heredó los rasgos enfermizos de la antigua espermatorrea, produciendo según algunos nada menos que la licuación mortífera de la médula espinal... Todavía el doctor Sigmund Freud se hace eco de estas supersticiones, con las que en mi adolescencia pretendían asustarnos como si fueran cosas científicamente demostradas... con un éxito práctico menos que mediano, todo hay que decirlo.

En la actualidad, la propensión a convertir en dolencias aquellos comportamientos que se desaprueban higiénica o moralmente se ha generalizado, y desde luego no aqueja solamente a los obispos. Por todas partes surgen nuevas enfermedades, caracterizadas como adicciones, es decir, como la manía de continuar haciendo lo que ya nos han dicho cien veces que no hagamos... o lo que nosotros mismos hemos dicho en voz alta que no queremos seguir haciendo. Hay ludópatas que juegan más de la cuenta, sexómanos que no piensan más que en follar, alcohólicos, drogadictos varios, colgados de los videojuegos o de los teléfonos móviles, trabajoadictos que no se cansan nunca de enredar en la oficina y vaya usted a saber cuántos tipos de enfermedades más, diseñadas a la medida de quienes no quieren enmendarse. Antes se les llamaba todo lo más vicios, pero ahora incluso muchos de los propios interesados prefieren declararse enfermos a reconocer que a veces abusan de lo que deberían sencillamente saber usar.

Y el Estado se ocupa voluntariosamente de proteger la llamada salud pública, entendida por lo general como la decisión institucional de impedir que alguien, por accidente o propia voluntad, disminuya su capacidad productiva o la de otros, requiera gastos de reparación a costa del erario público o acorte de cualquier modo que sea la duración de su servicio como peón de brega en las tareas de este mundo... ¡Ay, padre Estado, no nos dejes caer en la tentación! Con razón dijo hace tantos años el gran Karl Kraus que «una de las enfermedades más difundidas es el diagnóstico».

 

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