Hace poco, en pleno auge del debate sobre
la regulación del matrimonio entre homosexuales (otro día
a lo mejor hablamos de eso, porque también tiene su miga),
leí que un obispo dictaminaba que la homosexualidad es una
«anormalidad psicológica», o sea, un padecimiento morboso
que debe ser compadecido como cualquier dolencia pero no
reconocido como un derecho. Creo que el opinante era el
obispo de Ávila, pero no me hagan mucho caso porque yo en
cuestión de obispos discierno poco. Lo que importa es que
al lado de ese diagnóstico periodístico aparecía la
fotografía del clérigo en cuestión: un hombre más bien
joven, con gafas y aspecto aplicado, que llevaba en la
cabeza una especie de gigantesco barquillo blanco de tela
almidonada y vestía algo a medio camino entre la gualdrapa
y el capote de paseo, un poco tieso pero sumamente
polícromo. Contagiado por el clima evangélico del asunto,
recordé la condena hace tanto dictada contra quienes ven
la paja en el ojo ajeno e ignoran la viga en el propio.
Porque, hablando claro, llevar semejante atuendo, augurar
por razones profesionales la próxima resurrección de los
muertos y querer además dar lecciones sobre normalidad
psicológica resulta, por decir lo menos, algo chocante.
La tendencia a convertir en enfermos a los que se
comportan de manera excéntrica, vituperable o peligrosa,
según el particular criterio de quien decide en cada caso,
es una tradición bien documentada desde comienzos de
nuestra época moderna y racionalista. Por supuesto,
bastantes aún recordamos que a los disidentes del régimen
soviético -cuando éste se humanizó tras la muerte de
Stalin y ya no se les aniquilaba en campos de
concentración- acostumbraba a encerrárseles en hospitales
psiquiátricos, diagnosticando que sus críticas a la utopía
comunista en vías de realización eran síntomas de
trastorno mental y no resultado de la lucidez política. La
mal llamada intelligentsia progresista europea solía
aceptar tales diagnósticos, lo mismo que hoy no faltan
escritoras de parecido jaez para sostener que los presos
políticos en Cuba son sencilla y puramente agentes de la
CIA.
Pero existen precedentes muy anteriores. Por ejemplo, en
el número de mayo de 1851 del New Orleans Medical and
Surgical Journal, el entonces reputado doctor Samuel
Cartwright publicaba un Informe sobre las enfermedades y
peculiaridades físicas de la raza negra, basado en sus
cuidadosas observaciones sobre los esclavos que trabajaban
en las plantaciones locales. Señalaba como una de las
dolencias más comunes la por él denominada drapetomanía,
cuyo síntoma más corriente era intentar escaparse en
cuanto tenían oportunidad. A otros les aquejaba un morbo
aún más dañino, la disaestesia etiopsis, caracterizada por
«romper, desparramar y destruir cuanto caía en sus
manos... sin atender en absoluto a los derechos de
propiedad».
Pocos años después, en un manual clínico publicado en la
Inglaterra victoriana, el sabio doctor Curling señalaba
una nueva plaga: la espermatorrea. Los aquejados por ella
-todos varones- demostraban una prodigalidad suicida con
su licor seminal, que malgastaban alegremente fuese solos
o en compañía de cómplices de cualquier sexo. Con razón el
especialista francés doctore Lallemand, hablando de la
espermatorrea, aseguraba que es «una enfermedad que
degrada al hombre, envenena la dicha de los mejores días
de su vida y hace estragos en la sociedad». Tomo estos
datos del interesante libro The Nature of Disease, de
Lawrie Reznek, publicado por Routledge & Kegan Paul en
1987. Ya en el siglo XX, la masturbación heredó los rasgos
enfermizos de la antigua espermatorrea, produciendo según
algunos nada menos que la licuación mortífera de la médula
espinal... Todavía el doctor Sigmund Freud se hace eco de
estas supersticiones, con las que en mi adolescencia
pretendían asustarnos como si fueran cosas científicamente
demostradas... con un éxito práctico menos que mediano,
todo hay que decirlo.
En la actualidad, la propensión a convertir en dolencias
aquellos comportamientos que se desaprueban higiénica o
moralmente se ha generalizado, y desde luego no aqueja
solamente a los obispos. Por todas partes surgen nuevas
enfermedades, caracterizadas como adicciones, es decir,
como la manía de continuar haciendo lo que ya nos han
dicho cien veces que no hagamos... o lo que nosotros
mismos hemos dicho en voz alta que no queremos seguir
haciendo. Hay ludópatas que juegan más de la cuenta,
sexómanos que no piensan más que en follar, alcohólicos,
drogadictos varios, colgados de los videojuegos o de los
teléfonos móviles, trabajoadictos que no se cansan nunca
de enredar en la oficina y vaya usted a saber cuántos
tipos de enfermedades más, diseñadas a la medida de
quienes no quieren enmendarse. Antes se les llamaba todo
lo más vicios, pero ahora incluso muchos de los propios
interesados prefieren declararse enfermos a reconocer que
a veces abusan de lo que deberían sencillamente saber
usar.
Y el Estado se ocupa voluntariosamente de proteger la
llamada salud pública, entendida por lo general como la
decisión institucional de impedir que alguien, por
accidente o propia voluntad, disminuya su capacidad
productiva o la de otros, requiera gastos de reparación a
costa del erario público o acorte de cualquier modo que
sea la duración de su servicio como peón de brega en las
tareas de este mundo... ¡Ay, padre Estado, no nos dejes
caer en la tentación! Con razón dijo hace tantos años el
gran Karl Kraus que «una de las enfermedades más
difundidas es el diagnóstico».