Lo ha dicho otra vez Esparza, el comentarista televisivo de este diario,
bajo el título machacón de basta. Porque eso de poner la televisión a
cualquier hora del día, de la tarde y de la noche, y no encontrar más
que cotilleo es una especie de aquelarre insufrible, un bofetón tras
otro para una audiencia tan conformista que se recrea con
enfrentamientos, salidas de tono, impudores y escenitas de un rosa
subido que tira a pura sangre. Es preciso, no obstante, matizar, para no
caer en una generalización injusta y decir claramente que esta
degeneración sostenida es un pulso de duplicados sin arte ni chispa que
más bien suena a enfrentamiento entre televisiones comerciales a las que
se pueden denominar canales temáticos de cotilleo feroz. El lenguaje
español, como el algodón aquel, no engaña, y llama chismorreo al gesto
de contarse chismes mutuamente varias personas, subrayando que todo
chisme es un comentario intencionado para indisponer a unos contra
otros, a la vez que se trata casi siempre de algo de poca importancia,
alguna cosa que no está mereciendo que le prestemos demasiada atención,
aunque forme parte del inconsciente personal y colectivo de querer saber
más allá de lo justo y necesario. Por eso, en boca de Concha Velasco, la
televisión es ahora un horror que vemos todos.
El comentario de Esparza, además de servir de denuncia, pretende también
lanzar un guante a favor de los profesionales que han sido sustituidos
por aprovechados insulsos e impresentables que hasta se han convertido
en jueces de vidas ajenas sin vergüenza ni pudor. Un comentarista de la
Prensa italiana, que a la vez es profesor de filosofía, da a nuestra
época el rimbombante título de neoiluminismo, y lo define como una
especie de obsesión por sacar a la luz, por revelar, una serie de
realidades que siempre han estado y deben de estar en una saludable
penumbra para no afectar a un mínimo de dignidad humana. El pudor no
está de moda, ni mucho menos, pues se ha querido convertir en normal la
exhibición de vicisitudes personales, tragedias familiares y
particularidades íntimas. Ya no hay respeto por esos momentos
entrañables que forman parte del secreto recóndito, ni por los
sentimientos delicados, profundos, entrañables, ni siquiera hay
instantes poéticos, románticos, de vida interior, que no sean apetecidos
por la industria de la presente cultura, y no para poner a la luz
ejemplos de conducta sino a costa de herir sensibilidades e identidades.
Los programas que nos salen por la pantalla quieren ir cada vez más
lejos en este terreno, y siempre encuentran a incautos que se exponen
por cuatro duros a máquinas de la verdad sin importarles demasiado si
van a quedar como embusteros, pues la mentira también es considerada
como parte integrante de la espontaneidad social y del rol que cada cual
está obligado a representar en esta vida.
El caso es quedar al descubierto, sin escapatoria posible, como en casas
de cristal o, lo que es peor, dentro de cajas transparentes como ratones
de laboratorio. O sea, no debe haber nada oculto porque de ser así
entraríamos de inmediato en el mundo de la conjetura. También un juez ha
definido este estado de cosas diciendo que la «cultura de la sospecha»
está extendida actualmente en todos los campos, económico, social, de
relaciones interpersonales, y en el terreno sexual, incluido el propio
matrimonio. El punto de partida es la consideración de que todos tenemos
precio, somos venales y corruptibles y, en consecuencia, no fiables. La
presunción de inocencia es una simpleza del pasado, al individuo de
ahora hay que verlo como un ser traidor, infiel o desleal en potencia. Y
esto es lo que corre por los ríos y afluentes de la correlación social,
donde fluyen aguas turbias cargadas de agresividad y arrogancia, de
desvergüenza y frivolidad, que enfangan a sus anchas con masiva
aceptación y sin que nadie las detenga, siquiera sea para evitar
contagios indeseables.