Una ley injusta
Para
María, su pequeño estanco es su vida, la razón de su existencia. Toda
una eternidad entre sellos de correos, pólizas, mecheros y tabacos.
Ahora, ya entrada en años y viuda, con la jubilación más cercana a tan
solo un lustro por cotizar, la desgracia se ha cebado en ella al perder
la visión a causa de un súbito ataque de hiperglucemia. A pesar de la
crisis y del descenso de fumadores, a María le resulta rentable el
negocio. No entra en sus planes dejar la actividad ni traspasar el
comercio ni por todo el oro del mundo, que ofertas y proposiciones le
han sobrado. Considera que si le produce beneficio no hay razón para
arrojar la toalla, además ama apasionadamente el estanco que su difunto
marido y ella fundaron de recién casados, bien jóvenes.
María ha perdido alegría, ganas de luchar,
vitalidad y optimismo. La sonrisa que le caracterizó siempre ha sido
sustituida por la tristeza, la rabia y la impotencia. Su ceguera es
profunda y casi total. El ojo izquierdo está prácticamente
inservible. Ante estas circunstancias, le han concedido el certificado
oficial de discapacidad con un elevado porcentaje. No obstante, ella
manifiesta la voluntad de continuar trabajando. No desea aprovecharse
de pensión social alguna. Pero, su situación es harto dificultosa en el
trato personal, sobre todo en cuanto a movilidad, visión y lectura. Se
percata de sus limitaciones para desenvolverse en el negocio y atender
a los clientes. Ha llegado a la conclusión de que necesita urgente el
complemento auxiliar de una persona, discapacitada o no, que no posea
limitación alguna para realizar las funciones para las que ella está
imposibilitada. "En fin, todo sea por salvar el negocio y poder cotizar
los 5 años que me restan para jubilarme"- razona acertadamente.
Su única hija, Vanessa, treinteañera soltera y
sin compromiso por cosas que tiene la vida, casualmente se ha quedado
sin trabajo. Tras más de 15 años de aparadora en la misma empresa, una
de las tantas que con la crisis general del calzado han cerrado sus
puertas, ha pasado a engrosar la lista de desempleados. Ante la mala
suerte y la coyuntura del momento, entre otros muchos factores y
cansada de no encontrar nuevo trabajo, rendida a la evidencia acepta
ayudar a su pobre y depresiva madre discapacitada. Pasa a ser los dos
ojos que le faltan a María. Se convierte en lazarillo, guía, asistenta
personal y dependienta en el estanco complementándose ambas a la
perfección.
María decide tener a su hija con ella en el
negocio dándole la tranquilidad, la seguridad y la estabilidad
necesarias. "¿Para qué voy a emplear a alguien ajeno que me cause
desconfianza si todo a mi querida hija?"- piensa razonablemente. Asi
que, como le quedan 5 años para jubilarse, momento en que le traspasará
el negocio a Vanessa transfiriéndole a ésta la titularidad del mismo
como profesional autónoma, elige, para tenerla amparada evitando que
una inspección la denuncie por ilegal clandestinidad, hacerle un
contrato laboral de jornada completa e indefinido en muy óptimas
condiciones.
Lamentablemente, María desconocía como profana en
temas burocráticos, que la actual normativa laboral, la Ley General y
la del Minusválido, prohíben la contratación de familiares con
consanguinidad directa en de primer y segundo grado. Una injusta y
vejatoria norma en cualquiera de ambas legislaciones laborales. Ni
María puede contratar, como discapacitada que ve peligrar el
negocio, el hogar, la vida y la familia, su única hija; ni mucho menos
Vanessa puede estar contratada. "¡¡Esto es denigrante y
discriminatorio. Una marginación para quienes se hallen en mi misma o
similar situación!!". La ley, sobre todo la del Minusválido, ofrece
pocas alternativas. Las opciones posibles, como registrar sociedades,
le resultan complejas, caras e imposibles para su modesta economía y
precaria situación individual.
A María volvió a caérsele el cielo
encima. Decepción ante el asunto del contrato e impotencia y rabia
hacia la Administración por su falta de sensibilidad social, imperan
en el corazón y en su mente. Se hizo vagas ilusiones al respecto cuando
Zapatero ganó las elecciones y prometió cambios legales en pro de los
colectivos desfavorecidos, pero ahora se siente defraudada.
Para colmo, María tiene carné del PSOE. En la
dictadura franquista ella y su marido sufrieron persecución por sus
ideas sociales. Las mismas ideas con las que intentó evitar la
destrucción de su negocio, seguir cotizando a ese Estado que le niega
ayuda y crear empleo ayudando a su buena hija.
María vive hoy ahogada en la pena, con una hija
que quiere estar con ella y trabajando clandestinamente en el estanco.
Nunca La Ley resultó tan injusta.