CÁNCER: Sólo para
los elegidos
Houston, ciudad de la
esperanza
¿Se imagina una ciudad formada sólo por
hospitales en la que “viven” cada año cinco millones de enfermos? Se
llama Texas Medical Center y está en Houston. Esta población vivió
primero del algodón, luego del petróleo y de la NASA, y ahora de la
esperanza de una legión mundial de enfermos. En esa gigantesca metrópoli
hospitalaria sobresale el carísimo y prestigioso MD Anderson Cancer
Center, especializado sólo en esa enfermedad y donde acuden 250 españoles
cada año. Su último cliente es Rocío Jurado.
Por José Manuel Bustamante
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El Mundo
(17/10/04)
Lara tenía un problema. Hace ya 11 años que cruzó el charco para poner
remedio a su dolencia de tiroides. Todavía hoy, completamente recuperada,
le cuesta recordar aquellos difíciles días. “Tenía entonces 20 años”,
cuenta. “Me sorprendió lo grande que es el hall de entrada. Nada más
llegar, te ponen una pulserita con tu nombre y una foto digital, además
de una carpeta enorme con tu historial médico. Cuando llegas a cierta
puerta, ya nadie te puede acompañar. Me estoy viendo de nuevo allí,
pensando delante de esa puerta qué estaba haciendo tan lejos de mi casa,
y tan sola”.
Ahora, quien tiene el problema es Rocío Jurado, aunque localizado en el
páncreas. La cantante se enfrenta estos días a una experiencia similar a
la que vivió la actriz Lara Dibildos. Sólo parecida, pues Rocío ha sido
intervenida en España y acude para un tratamiento de prevención. Y
porque, avances de la informática, ya no le darán la voluminosa carpeta.
Como tantos españoles, a un ritmo de 250 al año, Lara y Rocío han buscado
remedio para el cáncer en uno de los hospitales más prestigiosos del
mundo, el MD Anderson Cancer Center, Texas Medical Center, Houston,
Estados Unidos. ¿Y qué tiene Houston? “895 médicos, seis décadas de
experiencia luchando contra el cáncer”, responde Wendeline Jongenburger,
directora de Programas Internacionales del Anderson. Desde su fundación,
en 1941, ha atendido a más de 600.000 pacientes, entre ellos jefes de
Estado, multimillonarios, jeques árabes y multitud de rostros conocidos,
pero también personas sin grandes fortunas que se empeñan para recuperar
la salud. Este año, pasarán por sus dependencias 60.000 enfermos, de los
que 22.000 serán pacientes nuevos. Los demás se desplazan para una
revisión, normalmente anual, como es el caso de Lara Dibildos.
Esta particular meca de la esperanza es una miniciudad dentro de una
laberíntica metrópoli formada por hospitales. Además del Anderson, el
Texas Medical Center engloba a más de 100 edificios, entre ellos 12
grandes clínicas, donde se han practicado más operaciones de corazón que
en todo el resto del mundo. Las cifras abruman. Este gigantesco recinto
es visitado cada año por más de cinco millones de enfermos. Además de por
los lanzamientos espaciales, Houston es conocida por albergar cada día a
una numerosísima población flotante de personas con... problemas.
Probablemente Rocío Jurado no se podía ni imaginar que su entrada en el
MD Anderson iba a estar presidida por la música. Un piano situado en el
hall no deja de sonar en todo el día. En esa primera jornada, el paciente
es registrado en el centro y se le enseña su funcionamiento general.
Desde el primer momento, un equipo interdisciplinar, formado al menos por
cirujano, oncólogo, patólogo y radiólogo, se reúne con él para conocer
con todo detalle su historial. A continuación, ese comité se ve a puerta
cerrada en la sala de conferencias, discute el caso y se vuelve a reunir
con el enfermo para explicar el tratamiento.
“No podemos tratar a todo el mundo, debemos seleccionar”, explica la
directora Jongenburger. “Nuestro objetivo es ofrecer al enfermo
tratamientos a los que no tiene acceso en su ciudad o país. Lo que sí
deseamos es compartir los conocimientos con todo el mundo”. Para ello se
creó su primera filial en 2000, en Madrid, que cuenta con 75 médicos y
tratará este año a 5.100 pacientes. “Es una copia exacta del de Houston,
pero en miniatura”, señala su presidente, Carlos Hernández Gil. “Nuestro
personal es seleccionado por ellos y hay un flujo constante de médicos”.
Además del personal sanitario, en el Anderson americano trabajan
alrededor de 12.000 personas y cuenta con la colaboración desinteresada
de 1.500 voluntarios. Nadie oculta que se necesita mucho dinero para
llegar hasta allí. Si las cifras que resumen sus adelantos médicos
abruman, las de sus honorarios marean. El trasplante de médula cuesta un
mínimo de 400.000 euros. Si el enfermo necesita ser ingresado, la cuenta
se dispara; una estancia de 11 días puede costar 100.000 euros. La filial
española nació, sin embargo, con una vocación más equitativa: aseguran
que un tratamiento medio cuesta 9.000 euros. Pero en otras instituciones
de Houston, la minuta puede ser más elevada que en el Anderson. Una niña
española que precisaba un trasplante de médula recibió un presupuesto de
casi un millón de euros en el Texas Children Hospital.
“Es carísimo, carísimo... Hay gente que se empeña para toda la vida”.
Esto lo dice Sira Pardo, funcionaria en el Consulado de España en Houston
y probablemente unas de las personas que mejor conocen el Anderson por
dentro. Afortunadamente para ella, nunca lo ha visitado como enferma,
pero forma parte de lo que llama “mi hobby”, y que más bien es una
auténtica pasión: ayudar a los pacientes españoles. Cuando termina su
jornada en el Consulado, Sira comienza su misión de voluntariado. Las
tareas son muchas: recoger al enfermo y a sus familiares en el
aeropuerto; orientarles en la ciudad, aconsejándoles desde un restaurante
hasta un taxista que hable español... En ocasiones, las estancias son
largas y pueden ser penosas en un país con otro idioma y otra cultura.
“¿Que cómo empezó mi hobby? Bueno, mi padre murió de cáncer en España, en
1975”, dice Sira. “Luego, ya en Houston, me hablaron de una niña chilena
que estaba siendo tratada. Tenía que estar sola, pues no podía costearse
el acompañamiento de un familiar. Nos ofrecieron gratis un apartamento y
comencé a ayudarla. Así empecé a ver las dificultades a las que tenía que
hacer frente un español en un sitio como éste, que es una preciosidad,
pero claro, no es Madrid, ni Baena... Sobre todo para gente que ha
viajado poco”.
Con el tiempo, Sira se ha convertido en una leyenda entre una especial
comunidad, la de los españoles que viajan periódicamente a Houston, y no
precisamente para hacer turismo. Esta abnegada embajadora, que cuenta ya
en su haber con un Premio a la Convivencia, ha llegado a elaborar un
pequeño libro, casi artesanal, que distribuye para hacer más fácil la
vida a lo que ella llama “mis mariachis”. “Una amiga mía me llamó en una
ocasión. Quería hablar conmigo a solas, y me pidió: ‘Por favor, no
traigas a tus mariachis”. Se refería a mis amigos enfermos”. Con ese
nombre se quedaron, y parece que les encanta. “Es tremendo el miedo que
pasas en el hospital”, rememora Lara Dibildos. “Te encuentras perdida, y
Sira está siempre allí para ayudarte. Cuando termina su trabajo va a por
sus mariachis, les prepara unas lentejas o guarda muebles para quien los
pueda necesitar. Los que reciben quimioterapia necesitan una buena
alimentación, y las hamburguesas te salen por las orejas. Y allí está
ella con su tortilla”.
“Mi librillo es un vademécum con truquillos, una guía tonta”, comenta
Sira. Se detallan, por ejemplo, las mejores marcas de zumos, arroz o
café; que el tocino salado es un perfecto sustituto del jamón para los
guisos; la conveniencia de dejar al menos un 10% de propina; y hasta los
mejores establecimientos para comprar una peluca o una prótesis. “Lo
tengo que actualizar, pero llego cansada a casa. Dentro de lo malo,
intentamos echarnos unas risas. Recuerdo alguna persecución, como cuando
los fotógrafos siguen a algún famoso y los intento despistar en mi coche.
Pero como soy muy educada, siempre pongo el intermitente... En una
ocasión, la policía detuvo el coche. Cuando vio que iba repleto de
enfermos, nos escoltaron hasta el hospital. Aquí el cáncer no se ve como
una lacra, la gente se identifica mucho con el dolor. Les ven por la
calle con la cabecita pelada y se interesan. Me acuerdo de mi padre,
cuando estaba enfermo, y en España le miraban como si ya estuviera
muerto”.
Sira recuerda también momentos buenos, como el del niño al que llevó a
ver un partido de baloncesto a Dallas. “Llegó al estadio en silla de
ruedas y el entrenador de los Mavericks se acercó a hablar con él nada
más verle. Luego le firmaron un balón. Me tocó el alma”. Y muchos
momentos malos, como cuando en i989 falleció un estudiante de Medicina.
Le faltaba una asignatura para acabar la carrera. O cuando también tuvo
que despedirse de un chaval de 14 años...
Si algo destaca nuestra embajadora del Anderson es el ejército de
voluntarios que se encargan de tocar el piano del hall, de proporcionar a
los pacientes teléfonos móviles o regalarles pelucas. En estos días ya
están decorando el centro con calabazas y demás parafernalia propia de la
fiesta de Halloween; en San Patricio pintan todo de verde, y el Día de
Acción de Gracias nadie se queda sin pavo. Estos solidarios también
merecen las alabanzas de la directora Jongenburger: “Los nuevos pacientes
tienen la oportunidad de hablar con un voluntario al que se le
diagnosticó la misma dolencia. Así pueden recibir consejos útiles”.
Además del tratamiento específicamente médico, en el Anderson sobresalen
esos servicios que algunos críticos llaman “hostelería”. Las habitaciones
son amplias, privadas y reciben luz natural. Son confortables, tienen las
paredes forradas de madera y una cama para un familiar. El paciente puede
elegir por todo el centro el cuadro que más le guste para decorar las
paredes. El ala de los niños dispone de una escuela dirigida por las
autoridades académicas de Houston y un parque de juegos. Hay un acuario
con peces de todo el mundo, espacios ajardinados con grandes árboles...
Y
un hotel exclusivo, de la lujosa cadena Rotary, conectado con el hospital
directamente a través de un pasadizo. “Yo lo llamo Medicolandia”, dice
Belén Ordóñez, otra de las figuras españolas conocidas que fue tratada
allí. Iba a misa todos los domingos en la capilla del centro, y también
comulgaba a diario con un sacerdote al servicio de los pacientes.
Todo responde al sueño de su fundador, Monroe Dunaway (MD) Anderson, que
puso su fortuna en los años 30 a disposición de los enfermos de cáncer.
Su legado tiene hoy un afamado eslogan: “Making Cancer History”
(convirtiendo el cáncer en Historia), con un doble significado: acabar
con la enfermedad y a la vez hacer algo importante en el proceso.
Los que se deciden a viajar reciben un fax con el membrete del Anderson
en el que se especifica el presupuesto y las garantías para hacer frente
al desembolso. De los pacientes procedentes de España tratados allí, el
30% padece cáncer gastrointestinal (hígado, estómago, páncreas o colon):
el 10% cáncer de mama, y otro 10% linfoma. La mayoría de los que acceden
a viajar a Houston deben pagarlo de su bolsillo. ¿Está justificado? Pilar
Garrido, secretario de la Sociedad Española de Oncología Médica, destaca
el alto nivel de su especialidad en España: “Tenemos una formación que no
hay en otros muchos países, acceso a todos los medicamentos y centros de
investigación de referencia internacional”. ¿Las sombras? “Ponemos buena
voluntad y entusiasmo, pero las plantillas de oncólogos son escasas para
evitar la masificación”.
Una cosa está clara. “Se equivocan como todos los médicos”, dice una
antigua paciente. “Houston no es Lourdes, no”, dice Sira. “Hay muchos
avances tecnológicos. Pero muchos de los médicos, por ejemplo, cobran
menos que en España. Y uno de mis mariachis lleva gastado más de un
millón de dólares...”. Bueno, el que decida viajar al menos se encontrará
con esta madrileña de Chamberí haciendo más agradable la estancia.
“Ahora, cuando termine, me voy a ver a una operadita”
Información en la web del MD Anderson Cancer Center:www.mdanderson.org.
Su filial española:www.mdaie.es.
Sobre el tratamiento del cáncer en España:www.todocancer.org
(tel.: 900 100 036) y
www.seom.org
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