Me
comentaba una vez mi amigo Rafa Poveda, vinatero de pro donde los
hayan, las estrechas relaciones que históricamente han tenido los habitantes
de Castalla con los de Monòver. Tal vez por eso, Enric Valor, uno de
los más importantes literatos en lengua catalana y nacido en la capital de la
Foia, dedicara una de sus narraciones a la industrial ciudad monovera.
Valor situó la acción cuando la II República española estaba
en plena efervescencia tras la victoria de la CEDA. El autor de «El cicle de
Cassana» (su Castalla idealizada) o de las espléndidas «Rondalles valencianes»,
no dudó en situar la acción de su cuento, «Un fonamentalista del Vinalopó»
(Tándem, 1996), en Monóver, «una comarca con fuertes tensiones sociales
propias de la actividad industrial de sus fábricas de calzado».
El protagonista de la narración, Miquel Chinchilla Cucarella,
un repartidor de Correos que ha abrazado de forma entusiasta el anarquismo,
«crédulo y furibundo pero cargado de compasión muy humanitaria por todos los
que padecían injusticia en aquellas tierras, especialmente por los más pobres
», cree que ha llegado el momento de tomar las armas para combatir el
«opresor» capitalismo salvaje. Sus compañeros de trabajo, Pere, Blai y Jesús
deciden «rebajarle el fanatismo y divertirse un poco». Su plan consiste en
hacer que Miquel escriba al famoso anarquista italiano Enrico Malatesta, que
estuvo exiliado en España pero que había fallecido dos años atrás, para
demandarle material explosivo. Aprovechando la ingenuidad de Miquel y la
colaboración inestimable de un italiano que se había avecindado en el lugar
«al casarse con una chica monovera que tenía una maquinita para tricotar»,
los compañeros de reparto –nunca mejor dicho– convencen al iluso anarquista
que redacte una carta para su ídolo en los siguientes términos:
«Que estamos organizando una célula en nuestro País Valencià. Que
pertenecemos a la provincia española de Alicante y de su comarca del río
Vinalopó. El compañero Malatesta ha de saber que se trata de una comarca muy
industrializada, pero al mismo tiempo de trabajadores mal pagados y muchas
familias que no pueden comer lo suficiente, y que existen chicos y chicas
raquíticos, y que esta situación nos tiene indignados. Queremos mejorar la
situación, y hemos comprobado ya en muchas huelgas que la patronal permanece
impasible y continúa pagando jornales de miseria. Hemos llegado a la
conclusión de que tan solo pasando a la acción violenta impresionaremos a la
fortísima organización patronal para que comprenda que ha llegado el momento
de la verdad y de la justicia para los trabajadores y los pobres de esta
región». Miquel terminaba su misiva demandando instrucciones para la
formación de una organización como la Mano negra y, «cuando fuera
conveniente, la provisión de explosivos para actuar contra los edificios (no
las personas) de las instituciones capitalistas». La broma en la que los
compañeros van enredando a Miquel, «un infeliz incapaz de matar a una
hormiga», se va perfeccionando cada vez más. A la carta de Miquel sigue una
contestación del anarquista italiano, perfectamente preparada por sus
bromistas amigos, en la que le anuncia el próximo envío de material explosivo
para pasar de la teoría a una acción que, «por lamentable que parezca, tenéis
razón en intentar apelar a la violencia revolucionaria».
Mientras llega el envío, a Miquel, preso de una gran
impaciencia, los días se le hacen interminables: «continuaba repartiendo
cartas por las calles de Monòver sin pensar en su trabajo y cometiendo
equivocaciones muy a menudo». Enric Valor aprovecha para contarnos el fin del
verano en la ciudad del Vinalopó: «Septiembre transcurría en el término de
Monòver con todo su esplendor; en sus comienzos habían hecho su aparición un
par de aparatosas tronadas que habían limpiado el cielo y la tierra para
muchos días; bajo el azul intenso lucían las recién lavadas montañas; todavía
quemaba el sol, pero ya las noches refrescaban en forma deliciosa». Pero
la paz climática no se correspondía con el fin de las vacaciones ya que había
estallado una huelga general en todas las fábricas zapateras de la población.
Miquel, cabizbajo, iba repitiendo su máxima: «El mundo no puede seguir así».
Por fin, llega una carta procedente de la Federazione Anarchista Italiana. La
misiva anunciaba la próxima llegada clandestina de «una mezcla potentísima,
muy superior a la trilita» que le sería entregada a Miquel por «dos camaradas
italianos que conocen el término de Monòver, en la rambla llamada de Xinorla,
el domingo quince a las diez de la noche, detrás del cañaveral que hay al
principio de la rambla». Ese domingo, Miquel esperaba la hora presa del mayor
nerviosismo. A la hora prevista enfiló el camino de la rambla de Xinorla y,
al poco, ya estaba en medio del cañaveral. Desde allí, «no podía ver el reloj
y, seguro, no podría escuchar las campanadas de las diez». Al poco, con un
cielo rutilante –luna llena rodeada de estrellas– y una noche magnífica,
mientras Miquel «escuchaba a las lechuzas que susurraban alegremente entre
algunas oliveras y oía el ric-ric de los grillos», tras las cañas aparecieron
dos hombres barbudos cargados con un abultado fardo de tres o cuatro kgs. de
peso...
El final, saben, mejor no se lo cuento.