
A pesar del privilegio que supone contar, desde hace más
de un año, con una columna semanal en este querido diario,
soy muy consciente de mis limitaciones intelectuales y
literarias. No obstante, hoy voy a comenzar por hacer una
afirmación que, aunque de entrada pueda parecerles cargada
de soberbia, está formulada desde la más absoluta
humildad: me parezco a todos los académicos de la Real
Academia de la Lengua Española. Lo malo es que el parecido
comienza y termina en una sola cosa: ni ellos ni yo
hablamos perfectamente el español. Ni usted, ni su primo
Manolo, ni el bombón de su vecina Mari Nieves. Sólo que
ésta última, además de estar convencida de hablar como los
ángeles, también lo está de que le va a durar siempre ese
cuerpazo serrano que Dios le ha dado, lo que la hace
doblemente lerda.
Ustedes perdonen la extraña introducción, pero es que a lo
largo de estos meses han intentado clavarme el aguijón una
serie de abejillas inofensivas e ignorantes de su propia
insignificancia, cuya característica común era la de
presumir de hablar per-fec-ta-men-te español y valenciano.
Sin olvidar a un cretino integral que alardeaba, no sólo
de hablar perfectamente cinco idiomas -creo recordar que
ése era el número- sino de ser capaz de pensar en todos
ellos. A éste no lo admitirían en un concurso de
majaderos; por majadero.
A diferencia de lo que hago con todos mis comunicantes
-escasos, no vayan a creer- a quienes respondo encantado,
de puño y tecla, las vomitonas de estos individuos no es
que no merezcan una contestación, sino que me resulta del
todo imposible redactarla. Les aseguro que lo he
intentado, pero tras comenzar con un educado muy señor mío
me veo, al cabo de media hora de cavilaciones, escribiendo
un atentamente, sin haber sido capaz de juntar dos letras
que llenen el hueco entre el encabezamiento y la
despedida. Qué vamos a hacerle, por voluntad no queda. Me
satisface recibir y contestar cartas, sobre todo aquéllas
que manifiestan opiniones contrarias a las mías, puesto
que de las solidarias se aprende bien poco y hasta se
corre riesgo de envanecimiento. De las primeras, por
contra, se suelen aprender cosas y hasta, en ocasiones, se
ven aspectos totalmente diferentes en asuntos que uno
presumía tener claros. Aunque sé que resulta difícil de
creer, es como si me quitara un peso de encima cuando le
contesto a un lector agradeciéndole que me haya sacado de
un error. Y es que uno es así de raro, ya ven qué cosas.
Por lo mismo, desprecio profundamente a esos enanos
mentales, acomplejados de nacimiento, personajes ínfimos
hasta dentro del área de su campanil, incapaces de
esgrimir otro argumento que no sea el insulto y la
descalificación zafia y rencorosa. Tunantillos cuya
desfachatez llega al extremo de tildar de dictador -cuando
no retrógrado, imperialista y opresor- a todo aquel que
manifiesta ideas que no coinciden, punto por punto, con
las dos o tres que dicen tener ellos. Aunque estén
expuestas de modo razonado y respetuoso, totalmente
abierto a opiniones distintas y hasta radicalmente
opuestas. Con estos zoquetes vocacionales no cabe la
discusión civilizada, puesto que de entrada se niegan a
escuchar, cuanto menos a analizar, cualquier argumento que
no suene a la pieza monótona que interpreta su charanga.
De modo que no se cansen, no me voy a molestar en
responder a la expresión escrita de sus diarreas mentales.
Ni aun en el caso dudoso de que se publiquen en este
diario. La sola lectura del regüeldo bastaría a los
lectores para comprender mi postura.
Quiero acabar esta columna -que no carta, hay quien no lo
entiende- exponiéndoles algo que me resulta chocante, ya
que se da de bruces con sus ínfulas de perfectos
habladores. Cuando se dirijan a un servidor en esa extraña
lengua que suelen utilizar, procuren normalizarse. Lo digo
porque las mismas palabras las he visto escritas con
diferentes grafías. Les aseguro que esto no nos ocurre a
quienes hablamos im-per-fec-ta-men-te el español y el
valenciano. Claro que nosotros no vamos de augustos por la
vida.