La mujer, en nuestro país, consume cada día más prensa
rosa. Claro que lo cierto es que la oferta de esta clase
de prensa también sube en otoño, que es cuando más ropa hay
que comprar por dos razones: el frío y las fiestas. ¿Qué leen
las mujeres en España? Prensa rosa,
no nos engañemos, aunque también suelen leer más libros que
los hombres, que los maridos.
La mujer ha dado la batalla por la libertad y la paridad,
pero una vez que ha ganado esa batalla se pone un leotardo o
no se pone nada y se entrega a las amenidades de la prensa
rosa, cara o barata.
¿Para qué querían tanta libertad, tanta cultura, tanta
independencia, si luego invierten todas sus horas de ocio y
otras en nutrirse de revistas del corazón? Nada significa la
paridad de Zapatero, porque en seguida la ha
superado Rajoy, pero la ha superado
precisamente porque las mujeres estaban distraídas leyendo lo
de Carmen Ordóñez, lo de Rocío Jurado,
lo de Norma Duval. Porque el único punto de
vista de referencia universal que interesa a la mujer es otra
mujer.
Luego está la raza de las Gopeguis, que
leen y escriben libros admirables, pero son una modesta
minoría frente al millón y medio de ejemplares de las Lulús.
Ahora mismo le han dado el Premio Nobel a una austríaca que no
puede ir a recogerlo por indisposiciones muy femeninas: su
psicología rechaza los actos públicos y multitudinarios.
La señorita Loos, en Inglaterra, ha
masturbado a un cerdo de granja ante la televisión.
Ya ven ustedes que las mujeres, efectivamente, siguen
rompiendo tabúes. Lo de la señorita Loos
supera a lo de Mónica Lewinsky, que le hizo
una felación al presidente americano en su despacho, dispuesta
a seguir conquistando marcas de libertad y feminismo.
¿Qué leen las mujeres, hoy, en España? ¿Qué nivel cultural
alcanzan? No nos engañemos por las encuestas, las
declaraciones de alguna estrella que ha leído a Lucía
Echevarría y otros informes. La raya intelectual de
la española la marca la prensa rosa. Y no decimos todo esto
por un machismo fanático sino porque cree-mos que la mujer ha
llegado efectivamente a un alto grado de eficacia en el
trabajo, la independencia y el saber. Pero todo esto, que
tanto ha costado conseguir, se está disipando por la continua
evolución de la moda, vestida o desnuda, por la información
abrumadora de las peripecias del corazón de otra más famosa y
con el corazón más abierto.
La prensa y la televisión rosa marcan el verdadero índice de
la culturización femenina, sólo comparable a la masculina con
el fútbol. La culpa no es de las entidades educativas sino de
la invasión neocapitalista, que estimula el consumo de ropa y,
en plena paradoja, estimula el olvido de la ropa en cualquier
cabina telefónica. Los modistos hacen lo que pueden por
disuadir a la mujer de que se ponga nada, pero en ellas es más
fuerte el tirón de comprarse alguna ropita mona. Se desnudan
virtualmente en los desfiles. Otras se desnudan por ellas. Y
no se trata del amor, que apenas ocupa un cuarto de hora
cuando el hombre es demorado, sino del amor fetichista al
propio cuerpo donde colgar algo transparente. La moda no busca
epatar a los hombres, que no entienden, sino epatar a otra
mujer.