Cuánto lo sentimos
todos
El Semanal,
2 de noviembre - Arturo Pérez-Reverte
Como saben los lectores veteranos, esta página hay que
escribirla un par de semanas antes de su publicación. Pero
arriesgo poco suponiendo que, cuando este ruido de teclas
salga a la luz, el asunto de Jokin, el muchacho que se suicidó
en Fuenterrabía desesperado por el acoso de sus compañeros de
clase, a nadie importará ya un carajo. No puedo tener la
certeza de que sea así, claro.
Ojalá no. Pero conociendo el paisaje y al paisanaje,
imagino que habrá otros sucesos que ocupen la atención de la
gente, y que en su instituto ya nadie andará poniendo velitas,
ni notitas con mensajitos, ni soltando lagrimitas, ya saben,
Jokin, perdónanos, amigo, colega, no supimos defenderte,
fuimos cobardes y cobardas, nos morimos de remordimientos,
etcétera. Lo bueno de los remordimientos es que tienen fecha
de caducidad, como los yogures y las mujeres guapas, y pasado
cierto tiempo se diluyen, y la vida sigue. Uno enciende la
velita, pone cara solemne y afectada para el telediario, se
abraza llorando a la compañera de clase, y listo.
El muerto al hoyo, y el vivo al bollo. Lo que sí espero es
que la familia haya perdonado lo imprescindible, y que aún
esté buscándoles las vueltas a los jóvenes malnacidos que
martirizaron a Jokin –que las respectivas madres no se den por
aludidas, sólo es una metáfora literaria–, y sobre todo a los
no tan jóvenes malnacidos –otra metáfora literaria–
profesores, educadores o lo que diablos sean, que debían haber
evitado aquello, y no lo hicieron.
Pero lo de Fuenterrabía ya no tiene remedio, y en realidad yo
quería más bien quedarme con la copla. El caso del chico
acosado y sometido a vejaciones por sus compañeros, su
silencio para que no lo llamasen chivato, su desesperación al
no verse defendido por los compañeros o por los profesores, es
viejo y se repite cada día, en numerosos centros escolares.
Recuerdo bien a otro crío de doce o trece años –ahora debe de
tener cincuenta y tres, más o menos– que era solitario e iba a
su rollo, y en circunstancias similares pasó un tiempo
ganándose con los puños el respeto de ciertos compañeros de
clase. Pero eso no siempre es posible, ni aconsejable.
No
todo el mundo tiene la suerte de poder convertir su soledad en
grito de pelea. No todos los jovencitos son duros, ni el
colegio es el patio del talego. Para montárselo de autónomo
hace falta mucha seguridad en uno mismo, y estar dispuesto a
pagar el precio; sobre todo ahora, que esa murga del buen
rollito, la integración y la pandilla guay del Paraguay sale
en la tele y está de moda. Son otros tiempos, además: el
estilo bajuno se impone en todas partes, y a tales padres
corresponden tales hijos. Tampoco los profesores tienen medios
para mantener la disciplina, y este absurdo sistema educativo
en el que nos pudrimos lo pone más difícil todavía.
Hasta hace poco, un viejo amigo mío, profesor, antes de
encerrarse con un alumno conflictivo lo cacheaba por si
llevaba navaja; y luego, cuando le pegaba dos hostias,
procuraba hacerlo sin dejarle señales y sin testigos. Ahora ya
ni eso vale. No hablo ya, dice, de darles una simple colleja;
los miras mal y vas listo. Los pequeños cabroncetes se las
saben todas. Y los padres son como el perro del hortelano: ni
educan, ni dejan educar. Así que paso mucho, oye. Cada
sociedad tiene lo que se gana a pulso.
Y una última reflexión. No sé ustedes, pero yo empiezo a estar
harto de tanta lagrimita, tanto osito de peluche, tanta velita
encendida y tanto cuento lagrimeante a toro pasado. Aquí todo
lo arreglamos con póstumas mariconadas –otra metáfora, hoy
estoy que las vendo–, manifestándonos cogidos de la mano muy
compungidos y llorosos, haciendo unos altarcitos iluminados,
floridos y primorosos que luego los turistas fotografían
mientras dicen: hay que ver qué solidarios son estos españoles
de mis huevos.
Lo mismo después de la tragedia de un instituto, que con
una mujer asesinada por su marido o con la víctima de un
atentado terrorista. Perdónanos, Manolo, discúlpanos, Concha,
excúsanos, Ceferino. Sabíamos y no hicimos nada, oímos y nos
tapamos las orejas, vimos y nos tapamos los ojos, olimos y nos
tapamos la nariz. Fuimos amigos, vecinos, profesores, jueces,
concejales, alcaldes, y no quisimos complicarnos la vida.
Gobernamos y fuimos incapaces de prever. Snif. Nadie es
perfecto. Así que lo siento mucho: pancarta, vela encendida al
canto, ego me absolvo. Amén.
Las lágrimas de cocodrilo siempre fueron baratas.