Como una muñeca rota, como un juguete inservible, la niña fue
arrojada sin compasión al fondo de un aljibe lleno de agua.
Dicen que cuando la dejaron caer todavía tenía vida, con lo
que la dimensión del crimen tiene mayor alcance y destila
mayor repugnancia. Era el 7 de octubre de 1924. El hecho se
produjo en la localidad de San Vicente del Raspeig.
Carmencita, como todos los días, se levantó pronto, se arregló
ella solita y ella misma se preparó el desayuno, y, a eso de
las nueve y media, se dirigía al colegio, situado a no mucha
distancia del domicilio. Limpia y pulcra como cada día,
Carmencita, que era una niña preciosa, vestía su bata de
colegiala, sandalias y el pelo sujeto con un lazo blanco. En
el corsé, prendidas con un imperdible, cinco medallitas de la
Virgen y varios santos. En su cartera escolar guardaba los
libros, cuadernos, lápices y útiles de costura para realizar
las labores.
Pero ya no volvió a casa. Inquietud porque a la hora de comer,
Carmencita no aparecía. Llegó la tarde y tampoco. ¿Qué le
habrá ocurrido? Carmencita no tiene padre, murió cinco meses
antes de nacer. La madre regenta una tienda de comestibles en
la calle Salamanca. Rápidamente, la madre y los abuelos se
lanzaron a la calle en busca de la niña. La alarma crece
cuando la propia maestra les informa de que esa mañana no
acudió a clase. Se temía lo peor. Todavía estaba en el
recuerdo el rapto en Madrid de una niña que apareció
estrangulada. Si en un principio eran los familiares, en estos
momentos ya se habían sumado a la búsqueda los vecinos,
auxiliando a la Guardia Civil que inició batidas a pie y a
caballo por el pueblo y alrededores. No existía duda de que
Carmencita había sido llevada a algún sitio en contra de su
voluntad.
EL ESCENARIO
En el fondo de un aljibe
No habían transcurrido más de veinticuatro horas desde
la desaparición, cuando descubrieron el cuerpo de la niña,
pero sin vida. Las batidas de vecinos, guaridas civiles y
policías no dieron el resultado esperado. ¿Cómo iban a darlo,
si la pequeña fue arrojada a un pozo escondido entre
matorrales! En la mañana del día 8, el cadáver de la niña fue
encontrado. Su cuerpo sin vida flotaba en las aguas de la
angosta cisterna que tenía alrededor de un metro de altura.
Fue el propio dueño de la finca fue quien lo descubrió en el
momento en que se disponía a sacar agua del pozo e
inmediatamente dio parte a la Guardia Civil. Andrés fue
detenido como principal sospechoso. La noticia corrió como
reguero de pólvora y la indignación de los solidarios vecinos
de San Vicente del Raspeig fue inmediata y tremenda. El cuerpo
de la niña ya ha aparecido, pero faltaba descubrir al asesino
o los asesinos.
Como en estos casos ocurre, no faltaron las especulaciones.
Las hubo para todos los gustos. Había quienes aseguraban haber
visto a la niña acompañada de otras personas. Otros
describieron lugares por donde la habían visto pasar sin lugar
a dudas, y una mujer aseguró haber visto a una persona ajena
al pueblo que cogió de un puñado a la niña para llevársela con
él.
La casa de la calle Mayor 32 donde se ubica el pozo en cuyo
fondo apareció el cadáver de la niña, está habitada por unos
personajes extraños y siniestros. Su propietario, Andrés,
conocido por El Barbudo, de 46 años, se casó hace algún tiempo
y el matrimonio no duró nada.
No tuvieron hijos y parece que siente cierta aversión por las
mujeres, como lo demostró con el maltrato que le infligió en
los escasos meses que duró el matrimonio, por lo que se
sospechó hasta de su homosexualidad. Con él viven unos tíos
suyos algo mayores: Francisca, de unos 65 años, mujer
precedida de mala fama en su Monóvar natal; el marido de
ésta, Bartolomé, de 67, paralítico y ciego; una sirvienta del
matrimonio, llamada Benita, de 50 años, soltera y de muy
escasas luces; y Juan, soltero y sordomudo de nacimiento.
Completan la nómina dos sobrinas de cortas edad. Las
acusaciones al sordomudo fueron retiradas al poco de ser
detenido. Como principales presuntos autores de los delitos de
rapto y asesinato se acusa al matrimonio como autores
materiales, la sirvienta como cooperador necesario, y Andrés
como posible encubridor.
ANDRÉS
Quien menos sospechas despertó
Andrés era en principio el que menos sospechas
despertó. De ser el autor -se decía en su defensa- no hubiera
acudido a la Guardia Civil para denunciar el hallazgo del
cuerpo de la chiquilla. Se encontraba fuera de casa cuando se
desarrolló el repugnante hecho. Pero es que se trataba del
domicilio suyo y, además, en otro registro efectuado poco
después fueron hallados unos calzoncillo suyos con una pequeña
mancha de sangre. Las dos viejos eran de momento también
excluidas, dado que el marido de Francisca estaba impedido.
¿Pero, quién mató a la criatura?
El caso estaba totalmente embrollado, pero poco a poco fueron
desenredándose la madeja. ¿Por qué en otros registros llevados
a cabo anteriormente en la casa del crimen se dijo a la
Policía que no había más que dos pozos y se negó la existencia
de un tercero, que aparecía en un rincón menos frecuentado y
oculto con unos matorrales?
La autopsia reveló que Carmen Mendívil había sido violada y
arrojada viva a la cisterna. Los vecinos aseguraban que Andrés
era incapaz de hacer una cosa así. Francisca, sin embargo,
tenía antecedentes de malos tratos. Tras cumplir, años atrás,
una pena de destierro, regresó a Monóvar, su lugar de
nacimiento y anterior residencia. Allí fue sorprendida dando
una paliza a un niño de corta edad que le habían dejado para
cuidarlo. Tanto ella como la sirvienta eran supersticiosas
y realizaban prácticas de brujería. Y terminaron por cantar.
VERSIÓN INCREÍBLE
Un castigo
Primero ofrecieron una versión increíble: intentaban
castigar a una sobrina que había hecho una travesura, le
apretaron el cuello demasiado y al verla dolerse la arrojaron
al pozo. Entonces se dieron cuenta de que no era la sobrina,
sino Carmencita. ¿Pero, qué hacía allí la niña? Luego
cambiaron la versión. Bartolomé «está muy enfermo y la única
medicina que le podía curar la tenía una niña como Carmencita».
El matrimonio estaba obsesionado con la pérdida de la potencia
sexual del esposo. El crimen se cometió para satisfacer una
aberración sexual. Aquel 7 de octubre, Francisca fue al
encuentro de la pequeña y, con engaños, dándole unas
peladillas, se la llevó a su casa, con el pretexto de
enseñarle unos conejitos que tenía en el corral. Cuando todo
estaba preparado, apareció el tullido marido sobre su silla de
ruedas y aquí comenzaron las más repugnantes, repelentes,
asquerosas y duras escenas. Bartolomé, con la niña, recobró
por escasos minutos la virilidad, pero en seguida volvió al
estado en que se encontraba debido a la edad.
Cuando, esclarecido todo, eran conducidos a la cárcel, grupos
de personas concentradas a la puerta del Juzgado intentaron
linchar a los asesinos. Un periodista del Diario de Alicante
los visitó en la prisión. El director del centro le comentó
que Bartolomé seguía con sus asquerosa costumbres: «Practica a
diario el onanismo con la fruición de un simio».