
Por circunstancias que no hacen al caso, durante mi infancia, juventud
y buena parte de la madurez he vivido en diversos pueblos y ciudades de
la Comunidad Valenciana; a la que entonces aún no se llamaba así. Creo
que resulta ocioso decir que he disfrutado de la amistad de un
considerable número de personas, al tiempo que les ofrecía la mía.
Interesada o desinteresada, que ya se sabe como funcionamos los
llamados seres humanos.
No voy a contarles mi vida, pues ello no sólo provocaría el que ustedes
se pasaran rápidamente a las páginas deportivas, a las de sucesos o
incluso a las de anuncios por palabras, sino que haría peligrar mi
continuidad en esta miranda semanal. Mas no quisiera pasar por alto mi
convencimiento, nacido de la experiencia, de que el pueblo valenciano
es -en general, con las inevitables excepciones- amable, cortés y
hospitalario. Al contrario de lo que ocurre en otros lugares, los
valencianos no hacemos de nuestra bendita tierra, de nuestras
tradiciones y de nuestra lengua autónoma -quienes la tenemos, pues no
hay que olvidar a ese cincuenta por ciento de valencianos de pura cepa
que sólo hablan español- un elemento de discordia o una creencia de
superioridad. Hasta el punto de que, habitualmente, nos hemos abstenido
de hablar en valenciano cuando en una reunión hubiera aunque solamente
fuera una persona que lo desconociera. Y si lo hemos hecho, ha sido
pidiendo disculpas previas al intruso. Esta, y no otra, es la actitud
natural de los valencianos. La que nos han inculcado nuestros mayores.
La que adoptamos de modo espontáneo.
No es de extrañar pues que me produzca una honda vergüenza, no exenta
de indignación, la lamentable -por falsa- imagen que los presentadores
de Canal 9 dan del pueblo valenciano cuando se dirigen a todo quisque
en ese extraño batiburrillo lingüístico marca de la casa, que ellos
llaman valenciano con una desfachatez inconmensurable. Supongo que
estarán convencidos de que así fomentan el uso de la lengua vernácula.
No los creo tan malintencionados como para empeñarse en mantener tal
actitud a sabiendas de que con ella despiertan la antipatía, cuando no
el enojo y la animadversión, de sus interlocutores no valenciano
hablantes. Seguro que creen que los forasteros -¿qué carga de racismo y
discriminación en la palabra!- consideran poco menos que un honor lo
que en el fondo no es más que una vergonzosa muestra de paletería y
mala educación. Claro que ellos distinguen muy bien con quien se juegan
los cuartos y únicamente actúan así con personas simples -que creen no
pasar por tales haciendo como que comprenden- o con las que saben que,
en cierto modo, les va el pan cotidiano en adoptar una actitud rebelde.
Y es bien conocido que el alimento bíblico no resulta nada aconsejable
como elemento lúdico.
Cuando les sale la fámula respondona, es decir, gentes que no toleran
imposiciones, bien que se preocupan de hablarles en español. Lo que
-qué cosas, ya ven ustedes- hasta resulta un alivio para los locutores,
quienes no son más que traductores directos del español al idioma de
Canal 9, como ya dije en una ocasión y probablemente vuelva a señalar
en el futuro. A sabiendas de que clamo en el desierto, mi candidez
tiene un límite.
Pues no, señores míos, no ofrecen ustedes la imagen del pueblo
valenciano. La verdadera, la fetén que diría el castizo, la daba -y
esto es un ejemplo entre millones- aquel amable, obsequioso y
educadísimo labrador alicantino que estaba a mi lado en la plaza de
toros de Benidorm, presenciando un mano a mano entre Joselito y Enrique
Ponce. Al preguntarle una turista francesa, vecina de localidad, quién
era aquel torero vestido de grana y oro que estaba dando una de sus
muchas tardes triunfales, el hombre le respondió, hablando muy
despacio, casi silabeando: «Ese es el mejor. Es Enrique Ponce».
Y, como pareció no quedarse muy convencido de que la señora lo hubiera
comprendido, añadió, ahora en francés: «Anrí Pons».
Cortesía valenciana en estado puro, sí señor. Como debe ser.