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08 septiembre 04 - Miércoles |

Josefa Illán
Congreso Mundial : "Movimientos
Humanos e Inmigración" Barcelona. Dias 2 al 5 de Sep. Fórum Universal de
las Culturas. Presidente : Muy Honorable Sr. Pascual Maragall, Presidente de
la Generalitat de Catalunya.
Conferencia Inaugural : " METÁFORAS DE LA
MIGRACIÓN " del Sr. Juan Goytisolo. Escritor. Enviado por Josefa
Illán.
METÁFORAS DE LA MIGRACIÓN
Para Marco Kuntz
Enlaces relacionados
Se oye hablar mucho de raíces en nuestra península y fuera de
ella. De raíces de nuestras sociedades y comunidades históricas. De nuestro
arraigo en determinados espacios geográficos desde la noche de los tiempos. De
que el hombre, como los vegetales, es producto de la tierra, de unas
coordenadas atemporales cuyas características determinan su idiosincrasia y
carácter. De ahí la aspiración de algunos individuos y grupos a crear
identidades fijas, esencias perennes, etnocentrismos inmutables. Hay lo
nuestro y lo ajeno, y las diferencias entre lo uno y lo otro nos son
presentadas como contrapuestas e insalvables. Los mitos nacionales, étnicos,
religiosos, se fundan en esta presunta identidad "a prueba de milenios"
afincada para siempre en algún punto del minúsculo planeta en el que vivimos.
Pero el hombre no es un árbol: carece de raíces, tiene pies,
camina. Desde los tiempos del
homo erectus circula en busca de
pastos, de climas más benignos, de lugares en los que resguardarse de las
inclemencias del tiempo y de la brutalidad de sus semejantes. El espacio
convida al movimiento y se inscribe en un ámbito mucho más vasto y en continua
expansión, en el que astros y planetas trazan sus trayectorias y órbitas,
dibujan polígonos y constelaciones arborescentes, expresiones algebraicas y
silabarios. Nuestros antecesores deambulan bajo esa cúpula protectora y le
confían sus destinos a lo largo de sus erranzas.
Todo indica la movilidad de nuestros ancestros. Sus
emigraciones colectivas de sur a norte y viceversa. Por toda la rosa de los
vientos. A pie, sin guía ni brújula. Impulsados tan sólo por su instinto
de vida y el anhelo de un entorno propicio a la satisfacción de sus
necesidades elementales: caza, pastoreo, albergue nocturno, concavidad
protectora del clan. Los progresos técnicos, de la Edad de Piedra a las del
Hierro y Bronce, se acompañan, como sabemos, de nuevas formas de violencia.
Hay una relación directa entre la aparición de civilizaciones más avanzadas y
el incremento de aquella. Los pueblos y comunidades no sólo emigran al azar de
sus necesidades: subyugan o aniquilan a civilizaciones ajenas, construyen un
mundo nuevo sobre las ruinas del anterior. Los cinco mil años de la historia
humana se cifran en una lectura en palimpsesto: esa estratigrafía que nos
permite la lectura acrónica de las grandes ciudades, desde Estambul a México.
Se desplazan los hombres y con ellos las palabras: la
infinidad de relatos orales que se metamorfosean al hilo de su canje y
circulación. Algunos cuajan en las leyendas fundacionales de las religiones
monoteístas. La mayoría evita el anquilosamiento y se dispersa en una galaxia
de cuentos, en los que no se vindica la autoría sino la transmisión. Fábulas y
relatos mutantes, de infinitas posibilidades adaptadoras que, como los musgos,
líquenes y helechos, pasan de China a India, de ésta a Persia, de Babilonia a
Grecia, de Egipto a Roma, por esas "autopistas de viento" que diseminan las
semillas de las palabras a tierras remotas, mediante una forma más vasta de
abejeo y polinización.
Matizo: los hombres y mujeres pueden arraigar en el suelo que
consideran propio, pero abandonarlo también en busca de mejor vida o de
libertad, por afán de lucro o por menester. La navegación y la brújula
acortaron los espacios, certificaron nuestra pequeñez y esfericidad. Durante
más de cuatro siglos, los europeos pusimos la planta en todos los continentes,
islas y archipiélagos del planeta. Llevamos allí nuestro saber y nuestros
adelantos técnicos, pero también nuestros dogmas y preceptos impuestos por la
fuerza. En pocas palabras, la creatividad y la grandeza, y con ellas, las
tropelías y oprobio de la llamada aventura colonial. Sobrecogedoras proezas
arquitectónicas e invenciones urbanas, y a la par, una esclavitud y
explotación, a escala mundial, que empequeñecían las de las civilizaciones
anteriores, decadentes o rezagadas. La Declaración Universal de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano de 1789 fue una lábil lucecilla que no puso coto a
las guerras de conquista ni al sometimiento de continentes enteros ni a
genocidios, como el descrito en
El corazón de las tinieblas
por Conrad.
Nuestra civilización lleva consigo los dos grandes mitos
literarios del viaje: el de Ulises en
La Odisea
y el de Robinson Crusoe en la isla de Más a
Tierra. El del periplo del esposo de Penélope antes de su regreso a Itaca, y
el del héroe de Daniel Defoe, enfrentado al reto de construir su mundo a
redropelo en un entorno hostil. Si el primero ha sido la semilla –conocida o
no– de los grandes libros de viajes, desde los de Ibn Battuta y Marco Polo a
la pléyade de relatos de los dos últimos siglos –género degradado hoy por la
facilidad de los medios de transporte y el turismo de masas– el marino escocés
protagonista de la obra de Daniel Defoe busca no la aventura sino la
supervivencia, víctima de su azaroso destino. El relato del náufrago es hoy el
de decenas de millones de mujeres, hombres y niños hundidos a pique en el mar
de miseria, opresión y brutalidad de los países piadosa, engañosamente
llamados en vías de desarrollo. Todos son robinsones. Todos buscan tenazmente
su subsistencia a costa de numerosas fatigas y del riesgo de perecer en el
intento.
Los movimientos migratorios –no ya de conquista, sino a
consecuencia del hundimiento de numerosas sociedades de un mundo globalizado,
cuyos amos actúan como los encomenderos de las antiguas haciendas coloniales–
son objeto de percepciones y metáforas que reactualizan a su modo las viejas
fábulas de animales. Unos los ven como "nubes de langosta africana", termitas
voraces, múridos de imparable multiplicación. Yo prefiero acogerme al
imaginario de las leyendas beréberes sobre las cigüeñas, conforme hice en un
capítulo de una de mis novelas. Como advirtió Domenec Badía –quien, disfrazado
de príncipe abasí, viajó por Marruecos hace doscientos años– las cigüeñas eran
respetadas entonces como seres humanos y cuidadas en hospicios expresamente
fundados para ellas. Hombres que, a fin de viajar y conocer el mundo, se
transformaban en aves, volaban a Europa y se establecían temporalmente
en sus tierras, antes de volver a su país natal y recuperar su forma antigua.
Hoy, las cigüeñas emigran a la Fortaleza Europea y, desde sus nidos de las
murallas de Marraquech, vuelan por el espacio de Schengen, pero los hombres y
mujeres que las contemplan no.
Vivimos en la época en que bienes, capitales y mercancías
circulan sin trabas y las personas sueñan en un visado imposible o se juegan
el pellejo para alcanzar la orilla vedada. Muchos son atrapados en las costas
españolas e italianas, y otros, menos afortunados, yacen en el fondo del mar.
Las cigüeñas tienen más suerte que ellos: la metáfora de su migración es aquí
la de un sueño inaccesible o roto. Todos queremos ser cigüeñas, pero muchos no
pueden. Y quienes lo consiguen son vistos por muchos como invasores: metáforas
xenófobas de la langosta, de la termita o el ratón que corroen nuestras
estructuras comunitarias, contaminan nuestro suelo con su perturbadora
alteridad.
Somos desmemoriados. Nosotros también emigramos. No ya como
aventureros ni conquistadores, sino en busca de una vida mejor y más digna.
Expulsados a la fuerza por nuestros propios compatriotas en 1939 o víctimas
del subdesarrollo subsiguiente a los destrozos materiales y humanos de la
Guerra Civil y a la implacable dictadura que la sucedió. Cuando cumplí mi
sueño de ir a París y de disfrutar allí de una libertad y unos derechos que la
autocracia de entonces me negaba, lo hice en un tren atestado de compatriotas.
París estaba lleno de españoles. Los varones trabajaban en la construcción y
en las fábricas; las mujeres servían de asistentas en las familias burguesas:
las llamaban entonces, condescendientemente,
conchitas.
Y lo mismo sucedía en Ginebra, Bruselas y las grandes ciudades alemanas.
Éramos hombres-cigüeña, aunque algunos nos percibieran como langostas, ratones
o termitas.
Plasmado el sueño europeo,
la mayoría de nuestros emigrantes regresaron al cabo de veinte años y se
integraron en la dinámica de las grandes transformaciones sociales que
arrumbaron, como una antigualla, la estrategia continuista de los sucesores
del dictador.
"El mundo es la casa de los que no la tienen", leemos en
Las mil y una noches,
y los que carecían de ella o no soportaban sus límites avariciosos,
aprendieron a viajar, a transmutarse en otros ante sí mismos y ante los demás.
Descentrados, periféricos, descubrieron poco a poco usos y costumbres nuevos:
no sólo los de la urbe en la que moraban, sino también las de otras
comunidades foráneas establecidas en ellas. Africanos, árabes, antillanos,
turcos e hindúes que, en oleadas migratorias sucesivas, trataban de
construirse una vida como robinsones.
Yo viví durante décadas en
este mundo y aprendí tanto de él como de la lectura de Cervantes. El
movimiento de los cuerpos cambia el espacio. Mi barrio se transformaba
regularmente sin dejar de ser el mismo. Asistía a la emergencia continua de
personas, lenguajes, vestimentas, costumbres, prácticas culinarias. A fuerza
de empeño, descifraba nuevos idiomas y alfabetos; comprobaba mi creciente
mescolanza interior, mi complejidad preciosamente adquirida. Las urbes
homogéneas, compactas, me resultaron desde entonces desaboridas y ajenas. En
mis barrios preferidos de París, Berlín y Nueva York, comprobé la vigencia de
la bellísima frase de Elie Faure: "la espiritualidad no ha brotado nunca de
los concilios, los preceptos ni los dogmas, sino de las entrañas de la vida en
creación y movimiento".
Movimientos, migraciones, transmisión de prácticas y saberes,
sin los cuales la civilización no existiría. Nos congregamos en las grandes
urbes, pero venimos de sitios distintos y con experiencias diversas.
Aprendemos a leer las realidades urbanas, como nos enseñó Baudelaire, desde la
perspectiva desestabilizadora del cambio. Al mundo como un proceso continuo de
deconstrucción y construcción. A la cultura, como la suma de las influencias
que recibe a lo largo de su historia. Exactamente en los antípodas de las
esencias atemporales e identidades fijas.
El movimiento, las migraciones, son imparables y los medios de
comunicación de masas los estimulan. Millones y millones de antenas
parabólicas brindan imágenes de un mundo que parece al alcance de la mano, un
mundo de riqueza ostentosa y bienestar mirífico, en las que, como dijo un
albanés detenido al desembarcar en la costa italiana, "dan de comer a los
perros con cucharillas de plata". Frente al magnetismo avasallador de las
parabólicas, parábolas y palabras carecen de relevancia. En Iberoamérica, el
Magreb, África subsahariana, Oriente Próximo, el subcontinente hindú y la
lejanísima China, los náufragos de la miseria quieren ser robinsones y volar
como las cigüeñas a la Fortaleza Europea. Saben que deberán sortear con éxito
las difíciles pruebas a las que les someten los dioses, con la esperanza de
encontrar tarde o temprano un hueco para anidar.
La naturaleza tiene horror al vacío, y los puestos de trabajo
no cubiertos por los nativos lo serán inevitablemente por quienes emigran.
¿Quiero decir con ello que debemos abrir sin tasa nuestras fronteras y acoger
por razones humanitarias a cuantos aspiran a trabajar en nuestro suelo? Eso
sería tan contraproducente y utópico como la revisada de continuo Ley de
Extranjería, aplicada de forma cicatera y caótica durante los mandatos del
Partido Popular. El interés propio y el respeto a las leyes y reglamentaciones
laborales europeas aconsejan facilitar en cambio una migración legal, de
inmigrantes con derechos y deberes claramente establecidos y evitar así la
acumulación de aberraciones y disparates de los últimos años, como la no
renovación sistemática de decenas de millares de permisos de residencia y
trabajo que convertía en ilegales a quienes disponían anteriormente de ellos,
y una política antimagrebí, basada en la promoción de supuestas "afinidades
culturales" –léase religiosas– que, como escribí recientemente, convertiría
Lituania o Ucrania, risum
teneatis, en dos países con
mayores lazos históricos y culturales con España que nuestros vecinos del sur.
El espacio cambia con el movimiento de las poblaciones. Las
migraciones que han llegado, llegan y llegarán a nuestra Península polinizarán
nuestro suelo con los musgos, líquenes y helechos de sus lenguas, costumbres,
música, condimentos, guisos. La Barcelona de El Raval, La Rambla o La Ribera
es ya la de los distritos parisienses que frecuentaba hace cuarenta años o del
Kreusberg turcoberlinés en el que acampé unos meses en 1981. Las semillas y
esporas de las "autopistas del viento" fecundan el espacio urbano y crean
nuevas formas de vida. Según mi propia experiencia, la convivencia en el
interior del tejido urbano se convierte en un banco de pruebas del que todos
podemos sacar provecho.
Expulsar a la inmigración del centro de las ciudades en donde
ha hallado un hueco para enviarla a las barriadas que se convertirán pronto en
guetos es sacrificar la convivencia social en aras de una especulación ciega.
Lo que acaece hoy en la
banlieue conflictiva de París,
Lyon y Marsella es una clara advertencia para todos. La marginación es el
caldo de cultivo de la delincuencia y del salto atrás al mito.
Los inmigrantes pueden y deben aprender mucho de nosotros: el
concepto de ciudadanía, la igualdad de sexos, los derechos humanos
universalmente reconocidos pero escasamente aplicados en sus países de origen.
Pero también nosotros podemos aprender de ellos en esos espacios urbanos
fluctuantes, porosos, cuyo equilibrio se funda en la existencia de dinámicas
no sólo distintas sino a veces contrapuestas. De ellos brotará la cultura del
futuro –si es que nuestro esquilmado planeta lo tiene–: la que hace veinte
años, precisamente en Bruselas, llamé de "los europeos en más". La del país de
acogida, en el que con mayor o menor éxito se habrán integrado, y la suya
propia, la que han traído consigo tras una travesía llena de turbulencias.
Vuelvo a Las
mil y una noches. A lo del mundo
es la casa de los que no la tienen. No pongamos puertas al campo ni afrontemos
las migraciones en términos estrictamente policiales. Todos somos emigrantes,
hijos y nietos de emigrantes.
El mundo es heterogéneo, mutante, y lo será cada vez más. Los
encierros identitarios, los nacionalismos ahistóricos, que sólo miran atrás y
cultivan lo privativo, vuelven la espalda al movimiento imparable de personas,
lenguas, usos, expresiones artísticas. Todos podemos ser otros, y aprender de
ello. Los desastres de la mundialización al servicio del egoísmo desenfrenado
y suicida del orbe de los ricos agudizarán las contradicciones creadas por la
libre circulación de capitales y bienes, y las fronteras defensivas, erizadas
de vallas protectoras de nuestra Fortaleza. Por ello, y con mayor razón,
debemos comprender y vindicar nuestra posible identidad de robinsones. Todos
podemos ser potencialmente náufragos y añorar el libre vuelo de las cigüeñas.
Paradojas en serie: en la época de la actual revolución
tecnológica y multiplicación de sistemas de comunicación instantánea a
distancia (Internet, teléfonos móviles, etcétera), comprobamos que los
espacios de comunicación real se ven amenazados por una creciente especulación
del suelo urbano, y que una cultura uniformizada obliga a algunos gobiernos a
invocar la excepción cultural para preservar la diversidad tanto de las
lenguas como de la alta cultura.
Como advirtió Octavio Paz, nuestra época será también la de la
venganza de los particularismos: la de una interacción entre le afán
asimilador de los Estados y unas reacciones excéntricas que se resisten a
ella.
En su luminoso y aguijador ensayo
Perpetuum mobile,
la antropóloga belga Christiane Stallaert, se esfuerza con desvirtuar "la
ilusión de que las estrategias étnicas y las de convivencia [estatales] se
encaminen linealmente hacia un punto de reposo o de que las fronteras
políticas declaradas inamovibles sean capaces de detener el movimiento
caprichoso de la creación e interacción identitaria colectiva". Para ello,
añade, hay que "abandonar una visión utópica de convivencia multiétnica y
multicultural y encarar el futuro con realismo, desde la conciencia de que los
procesos identitarios y de socialización implicados en tal convivencia se
encuentran envueltos en un movimiento perpetuo, sin fin".
Esto es el gran reto que afrontamos: no el de la utopía
multiculturalista ni el del etnicismo homogéneo, sino el de algo más frágil y
sometido contínuamente a revisión. El de una dinámica creada por la
permeabilidad de los modelos supuestamente antagónicos, capaz de evitar el
enquistamiento del gueto y los peligros inherentes a la marginación.
Barcelona y Madrid se asemejan cada vez más a París,
Berlín o Bruselas. Los frutos coloridos de la diversidad humana muestran que
si el negro es una mancha entre los blancos, también el blanco, como observó
Quevedo, es una mancha entre los negros. Nuestro proyecto de convivencia debe
someterse a una constante revisión crítica. La larga historia de genocidios y
expulsiones en todos los ámbitos del planeta nos muestra la necesidad de
compromisos y acuerdos circunstanciales. Nadie logrará así imponer unas
utopías potencialmente mortíferas. Todos tenemos que ser robinsones en seno de
la comunidad y reconstruirla día a día. No en el marco de gigantescos
proyectos especulativos urbanos sino mediante el intercambio fructífero de
experiencias y conocimientos –paralelos a las tensiones y roces– en el
interior del tejido social de la ciudad.
Barcelona, con sus inmigrantes venidos primero del resto de la
Península y luego América, Magreb, Pakistán, Filipinas y África subsahariana,
nos revela la gran variedad de situaciones existentes entre los proyectos
asimiladores y las estrategias centrífugas. Los
charnegos
que se establecieron en ella fueron un día
"los otros catalanes" y algunos de ellos siguen siéndolo. Quienes llegaron en
la última década, se enfrentan, como en Bruselas o en Québec, a unas fronteras
culturales y étnicas desdibujadas y porosas. Unos buscarán la integración –no
una asimilación casi imposible– a través del aprendizaje y dominio del
catalán, y recibirán por ello el apoyo de la Generalitat y de sus
instituciones educativas y sociales. Otros aprenderán el castellano, con las
ventajas que ello procura en las demás comunidades y regiones de España. Unos
y otros se verán inducidos a definirse lingüísticamente, aunque el problema
identitario nacional no les concierna. Habrá magrebíes y subsaharianos que
hablen catalán y ciudadanos españoles que se resistan a ello. Muchos viejos y
nuevos catalanes, afines o no a sus identidades étnicas o lingüísticas, harán
frente común contra los recién llegados de países islámicos, objeto hoy, como
sabemos, de los ataques de un núcleo duro de "pensadores aznarianos"
–perdóneseme el oxímoron–, que repiten, tal vez sin saberlo, los tópicos más
manidos del antisemitismo europeo de los dos últimos siglos. La resistencia a
dichas reacciones étnico-religiosas provocará a su vez enquistamientos
identitarios en los guetos y barriadas conflictivas, con el consiguiente
mecanismo de rechazo de los demás sectores de la población.
Todo ello será fuente de tensiones de muy diverso grado y
color, que no se resolverán con decretos ni leyes, sino mediante compromisos
tácticos. La dinámica social y cultural de la ciudad creará mecanismos
amortiguadores en el seno de la sociedad civil, que paliarán los efectos del
mal llamado conflicto de civilizaciones. Tendremos que reinventar a diario
nuevas formas de convivencia, convertirnos en robinsones de unos espacios
urbanos en perpetuo movimiento.
El tejido social y asociativo de los barrios mestizos acuerda
lo dispar y concierta lo opuesto. Hay que sumar, siempre sumar, decía Gaudí.
Rechacemos pues las metáforas venenosas que se deslizan de las diferencias
lingüísticas a las étnicas y de éstas a las crudamente racistas. La vida del
hombre, aunque no se mueva es una continua rotación. Todos somos
potencialmente hombres-cigüeña o hijos y nietos de ellos. No añadamos trabas
discriminatorias para los que han aterrizado ya en nuestro suelo.
Juan Goytisolo

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