El Mundo, 2 de diciembre - Martín Prieto
Un mensaje corre por los telefoninos: «Por el boicot de Carod-Rovira,
estas Navidades no compres cava. Pásalo». Lo voy a hacer mío y voy a gastar en
champán francés y, si estuviera corto, en sidra El Gaitero, que
es la espuma de los menesterosos.
Cuando veo enarcar las cejas al odio, recurro a estas anécdotas del pueblo,
que son tan inocentes y sabias que no las puede asumir la clase política
infatuada. Claro es que los fabricantes de cava no tienen la culpa de las
tontunas del independentista irredento, pero si tuvieran un ensayo de la pérdida
del mercado español, tan odiado, correrían a darle de capones por bocón.
El odio es una enfermedad terminal que se consume a sí misma, avejenta y
mata porque no tiene cura ni resuelve nada. El odio mata el alma y disminuye el
cociente intelectual. Es gas mostaza.
Se ha visto en la reaparición de Aznar mucho odio en los
comentarios y hasta se le ha vuelto a tildar de asesino con manos
ensangrentadas.«Matón» es lo más suave que le ha llamado el PSOE.
El ex presidente ha estado como solía: hosco, seco, de ironía cortante, pétreo
en la dúplica, antipático.
Ni la universidad estadounidense le va a cambiar. Pero estuvo convincente y
de las dudas que sembró, y que tanto se le reprochan como tinta de calamar, sólo
pidió que se investigaran (algo que no va a suceder por bloqueo de la mayoría
parlamentaria) por lo que no vamos a ponerle al pie del árbol del ahorcado.
Si el brazo armado de Prisa (la Ser) admite
haber emitido noticias falsas durante aquellos fatídicos días, ¿por qué no
tolerar que el Gobierno errara informando bajo presión? Las dudas de entonces de
Aznar y Acebes sobre la sombra de ETA
se han acrecentado en estos meses gracias a este periódico, y pese a lo obtuso
de la Comisión Parlamentaria que cerrará en falso como estaba previsto porque
hay algunas cosas que no se quieren saber, y hasta al juez Del Olmo
le van a apretar las crujías para que no se pase de independiente.
Aznar gestionó bien sus gobiernos y aportó mayor prosperidad al
país. No es cosa de odiarle tanto ni ha mandado matar a nadie, como otros.
Zapatero escaló La Moncloa subiéndose a 192 muertos y a
miríadas de heridos. Con su programa hilvanado no lo hubiera hecho nunca por
mucho talante que nos endosara.
Es metafísicamente imposible disociar el 11-M del vuelco electoral. Esa
vergüenza de origen no sólo ruboriza a los socialistas sino que les hace
destilar un odio hacia Aznar al que pretenden erradicar como
una mala hierba aunque no es ni diputado ni existen datos ciertos de que vaya a
regresar a la política activa, aunque el tiempo es como el palo de un gallinero:
largo y lleno de mierda. Es un testigo al que desacreditar.
La constatación del odio es que el PSOE ha perdido el
sentido del humor (ahí están Moratinos, Rubalcaba
o Teresa Fernández de la Vega, una pantera posando) y hasta ZP
que circula humilde como el doncel de don Enrique el doliente. Acabarán
entendiendo que el odio a Aznar no genera réditos. De momento
busquemos la alegría etílica fuera del cava.