Una civilización que se acaba
(Cuento de Navidad)
La galería que circunda el
vasto patio es de mármol blanco. De mármol blanco son las recias
columnas y de mármol blanco son las espaciosas losas del pavimento. En
el centro, entre arriates de mirtos, la taza de una fuente resalta en su
blanco mármol. Declina la tarde; llega el crepúsculo. El agua de la taza
se deshilacha con un dulce murmurio. El silencio es profundo. Aparecen
ya en el alto y limpio cielo los arreboles del crepúsculo. Las tintas de
las nubecillas son de oro, de nácar, de carmín. Y el murmullo del agua
que de la taza se derrama, con la noche que se acerca, se va haciendo
más sonoroso.
En una estancia, un hombre se
halla reclinado con la mejilla en la mano. Los ojos azules miran sin
ver, con expresión de suave tristeza. La barba rubia, espesa y corta
resalta en el blancor del traje. Hay en todo el continente de este
hombre un gesto de cansancio. De pronto suena un golpe seco y la puerta
se abre. El busto del caballero se yergue; en los ojos brilla otra luz,
y en los labios aflora una bondadosa sonrisa.
—Entra —dice el caballero—;
siéntate. Te he llamado para una misión importante. Llegan a mí todos
los días reclamaciones y protestas. Preciso es restablecer el orden. La
autoridad no puede ser violada. Hay que defender la propiedad y la
familia. La religión merece también, en primer término, nuestros
cuidados. Y religión, patria, propiedad, familia, orden, todo, todo está
amenazado por esos hombres ¿Los conoces tú? ¿Los has visto alguna vez?
Dicen que ponen en común sus bienes. Se mofan de nuestros dioses.
Declaman contra los ricos. Desprecian las riquezas. Viven una vida de
independencia y austeridad. El Imperio se vendría abajo si las ideas de
esos hombres triunfaran. Tú irás a España. Como tú irán otros emisarios
a todos los dominios del Imperio. Llevareis órdenes todos de que la
represión sea vigorosa. A todas las autoridades transmitiréis mis
órdenes.
Es media noche. Sobre una
columna de jaspe arde una lámpara de bronce. La estancia está casi en
tinieblas. Una voz dulce, sonora, dice:
—¿Me oyes? Estás soñolienta.
No te cansaré mucho. Pero quiero hacerte partícipe de mis dudas, de mis
inquietudes. ¿Has tropezado tú alguna vez con esas gentes que desprecian
las riquezas y se burlan de nuestros dioses? Un minuto nada más y me
despido. Te dejo sola y entregada al sueño. Pero yo dudo en estas horas
de soledad y de silencio, en que me encaro conmigo mismo. ¡No habrá en
las ideas de esa gente alguna partícula de verdad? ¿Crees tú que es
justo nuestro régimen de propiedad y nuestra organización de la familia?
Te lo digo a ti sola; no tengo fe. He perdido la fe. Voy a reprimir esas
ideas contrarias a la propiedad y al orden y me siento desasosegado.
Puedes dormir; me voy; descansa. ¿Podré yo descansar?
Por el Mediterráneo azul va
navegando blandamente la nave. El cielo es alto y limpio. En el azul del
mar y en el azul del cielo se recortan las velas blancas. Pronto se verá
la tierra de España. Sobre cubierta, en la noche estrellada, sereno el
mar, dos viajeros dialogan.
—Son momentos decisivos para
mí —dice uno de los viajeros—. La misión que se me ha confiado en grave.
A ti puedo descubrir el fondo de mi pensamiento. ¿Has tropezado tú
alguna vez con esos hombres? Dicen que atacan la propiedad y la familia.
Son partidarios de la comunidad de bienes. ¿No crees tú que en todo esto
hay una parte de justicia? Noto algo en mí que ha cambiado. No es la
misma mi fe. Transmitiré con todo rigor las órdenes que llevo. Pero en
lo más íntimo de mi corazón creeré que cometo una iniquidad.
En el salón de un recio
palacio, tierra adentro de España, el emisario va exponiendo las órdenes
que trae de Roma a la más alta autoridad. Se divisa a lo lejos una
montaña. Desde la lejanía hasta esta ventana se extiende un boscaje
verde. El color es intenso. A trechos, entre el verdor vivo aparece la
mancha rojiza, amarillenta, de la tierra labrada.
—Las órdenes son
terminantes. Esas gentes ha de ser perseguidas. Lo van a ser ahora con
más rigor que antes en todo el Imperio. Laboran contra el orden y contra
la propiedad. No creen en nuestra religión. Predican la comunidad de
bienes. La represión debe ser enérgica. Estas órdenes que traigo deben
ser transmitidas a todas la autoridades subalternas de España.
La ciudad reposa. En el recio
caserón la luz de una lámpara ilumina una estancia. Es la hora de las
confidencias. Es estos momentos de expansión íntima se descubren los más
recónditos pensamientos.
—Hoy me han traído unas
órdenes rigurosas —dice una voz—. No sé si tú habrás encontrado alguna
vez a esas gentes. Si te he de decir la verdad, yo sí he hablado con
alguno de esos hombres. No es lo que el vulgo dice. Desprecian la
riqueza: viven pobremente. Su hablar es dulce, y su humildad sincera.
¿Es que se acabaría el mundo si ellos triunfaran? Surgiría otro mundo.
¿Será cierto que con su triunfo desaparecería la civilización? Nacería
otra. Voy a transmitir las órdenes de persecución a todas las
autoridades de España y mi corazón se rebela. A ti, en esta hora de las
confidencias, cuando no nos escucha nadie, te lo digo. No tengo fe.
Las autoridades de todas las
circunscripciones de España han retornado ya a los territorios de su
mando. Llevan las órdenes de represión. Cada una de esas autoridades
reúne, para transmitir esas órdenes, a las autoridades locales de su
circunscripción. Se han reunido en una ciudad todas las autoridades de
los pueblos. Las órdenes han sido terminantes. El orden y la autoridad
han de ser mantenidas a todo trance. Es preciso que las nuevas ideas
disolventes no puedan ser propagadas. Y por la noche, en otra estancia
silenciosa, en los momentos de las conversaciones íntimas, surge otra
vez la inquietante interrogación. ¿No habrá un átomo de justicia en lo
que proclaman esos hombres? ¿Dónde está la fe de antaño? ¿No será inicuo
este régimen de propiedad? ¿No podrá darse otro Derecho y otra
organización social?
En un pueblecito perdido en
las fragosidades de una montaña, un hombre medita. Ha retornado de
recibir las rigurosas órdenes. Ese hombre es la autoridad del pueblo. En
este pueblo, como en casi todos los pueblos, hay individuos que predican
la fraternidad y el desprecio de las riquezas. No creen en la vieja
religión. Su religión es otra. La primera autoridad del pueblo medita
dolorosamente. Piensa este hombre que va a cumplir unas órdenes de
represión enérgicas. "Pero no tengo fe —dice en su pensamiento—. No
tengo fe. Esas órdenes vienen de Roma a través de todas las autoridades
que hay por encima de mí. Llegan hasta mí, de eslabón en eslabón, desde
el emperador. Y todos, desde el emperador abajo, tienen fe en la
represión. Todos, desde el emperador, creen firmemente en nuestro
régimen de propiedad, en nuestra organización de la familia, en nuestra
religión. Ellos tienen todos una fe robusta y yo, ¡ay! no la tengo.
¿Cómo me gobernaré yo en este trance? Desfallezco y mi alma está en
mortal congoja. ¡Si yo tuviera una partícula nada más de la confianza
indestructible que los demás tienen!"
Cuando se anunció el alba, la
vaga claridad dejaba ver en un árbol, pendiente de una rama, un rígido
cuerpo humano.
AZORIN (Diario Ahora, Jueves 27 de diciembre 1934)