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Ha fallecido un habitante de Monóvar de 125 años
En el año 1880 la burguesía monovera decide
fusionar las sociedades "Casino del Teatro" y
"Círculo Agrícola". Para construir la Sede compraron una huerta a las afueras
de la población. Higinio, el jardinero del Casino, plantó arbolado en
la antigua huerta, para crear lo que serían los Jardines del Casino, entre
otros, pinos y eucaliptos, de los que pronto destacó, fuerte y vigoroso, un
hermoso ejemplar. En los calurosos veranos, Higinio Pina, con su barba
recortada, llegaba hasta él con una regadera para paliar su sed. A los tres
años se construyó a su alrededor una valla de madera que permitía verlo a su
través, no como la que levantaron después, de cemento y alambre. En
fotografías de la época se le ve integrado en el campo monovero, pues desde él
hasta la Zafra apenas había cuatro o cinco casas.
Fue testigo de toda la historia moderna de
Monóvar. En su juventud, el pino del Casino no tenía cerca ningún edificio que
le estorbara la vista, y cuando las construcciones fueron creciendo en altura,
también él creció y creció, como en un desafío para ver quien destaca más.
Hasta él llegaban claramente, desde los
salones de la Sociedad, las notas que arrancaba al piano de cola el romántico
maestro Manuel
Tomé Palomar, "Shubert", que nació, como él, en 1880 y fue músico y pianista del
Casino de Monóvar por nueve años, desde 1906, hasta que la Asamblea General
decidió, por unanimidad, prescindir de sus servicios, a causa de la grave
crisis económica, que fue como denominaron los poderes fácticos a sus amoríos
con la joven Casta Verdú.
A su sombra florecieron estos amoríos y
muchos otros. Hubo épocas en que sobre sus raíces podía verse un delicado lago
artificial rodeado de jardines versallescos y otras una impenetrable selva de
maleza.
Fueron pasando los años y continuó
creciendo desafiante. Testigo mudo. A sus pies una industriosa ciudad atravesó
toda suerte de avatares. Épocas de progreso y esperanza, y otras tristes y
oscuras. Repúblicas, guerras, dictaduras, democracias… Fiestas y duelos.
Soportó inundaciones en las que cayeron
algunos compañeros cercanos de más de metro y medio de diámetro, pero aguantó
y siguió creciendo. Vio como levantaban hermosos edificios y como los tiraban
para construir pisos y más pisos que lo fueron cercando.
La ciudad se extendió imparable. Y resultó
que el pino había crecido demasiado. Sus enormes ramas amenazaban las
edificaciones que habían construido a su alrededor. Le subieron encima una y
otra vez con cuerdas, hachas y sierras. Poco a poco le fueron cortando los
brazos. Lo dejaron con el largo tronco liso y lleno de cicatrices, y un
penacho a modo de cabeza encanecida. Hasta que el ser vivo más alto de
Monóvar, el gigante de madera, murió de pena, derrotado, pues a pesar de su
altura, a su alrededor sólo veía cemento.
Aún podéis verlo, muerto pero en pie, como
el Cid, esperando que el hombre remate su faena y lo convierta en astillas,
antes de que sus raíces no aguanten más y se deje caer vengativo llevándose
alguien por delante.
Luis Andrés, sobre una
idea de Antonio Román