Ramón Nonato,
religioso (1200-1240)
Nació en los mismos comienzos del
siglo XIII.
Su nombre deja boquiabierto a quien
lo oye o lo lee por primera vez. Nonnato
-Nonato por más breve- sugiere a un santo sólo
potencial; como si la palabra fuera un slogan
publicitario que estuviera invitando a quien lo lee
o escucha a que se decidiera a iniciar una programa
que acabara con la santidad del guión
preestablecido. De hecho, significa no-nacido.
¿Pretenderá decir el extraño nombre que, por no
haber nacido todavía el santo que rellene el
expediente completo de sus cualidades y virtudes,
está como esperando la Iglesia a que haya uno que
se decida de una vez a reproducirlas? Eso sería,
lógicamente, confundir la santidad como algo que
brota de la voluntad y decisión humana, cuando ella
es en verdad el resultado de la acción del Espíritu
Santo con quien se coopera libremente. Sería
sencillamente pelagianismo.
El calificativo -que ha pasado ya a
ser nombre- le viene a Ramón por el hecho de haber
sido sacado del claustro materno, por medio de una
intervención quirúrgica, cuando ya había muerto su
madre. Por so no nació como nacen normalmente los
niños, lo extrajeron. Fue en Portell, en Lérida,
cuando se iniciaba el siglo.
La buena y alta situación de su
padre le posibilitó crecer en buen ambiente y
formación, aunque sin el cariño y los cuidados de
una madre. Cuentan de su primera juventud la
devoción especialísima a la santísima Virgen que le
llevaba con frecuencia a visitar la ermita de san
Nicolás donde pasaba ratos mientras sus rebaños
pastaban. Luego su padre quiso irlo incorporando
poco a poco a las tareas de administración de sus
posesiones y esa fue la razón por la que se le
encuentra en Barcelona en el intento de aprender
letras y números. Allí tuvo ocasión de trabar
amistad con Pedro Nolasco -que por aquel entonces
era comerciante- y de compartir mutuamente los
deseos de fidelidad a la fe cristiana vivida con
radicalidad, llegando incluso a considerar la
posibilidad de entrar en el estado clerical.
Como el padre disfruta de un gran
sentido práctico, lo reincorpora al terruño de
Portell y le encarga la explotación de varias de
sus fincas. Pero, sigue diciendo la antigua
crónica, que la misma Virgen María le comunica su
deseo de que ingrese en la recién fundada Orden de
la Merced y allí está de nuevo en Barcelona puesto
a disposición completa en las manos de su antes
amigo Pedro Nolasco.
Noviciado, profesión, ordenación
sacerdotal y ministerio en el hospital de santa
Eulalia se suceden con la normalidad propia de
quien tiene prisa para cumplir el cuarto voto
mercedario consistente en redimir a los cautivos y
servir de rehén en su lugar si procede.
En el norte del continente negro
predica, consuela, cura, fortalece, atiende y
transmite paciencia a los cautivos de los piratas
berberiscos; comprende bien su situación y se hace
cargo de que están rodeados de todos los peligros
para su fe. Incluso él mismo tuvo que soportar
cárcel y la tortura de que sellaran sus labios por
ocho meses con un candado para impedirle la
predicación.
A su vuelta a España entre el
clamor de las multitudes, lo nombra Cardenal de la
Iglesia el papa Gregorio IX, reconociendo sus
méritos y virtud de la caridad practicada de modo
heroico; pero no le dio tiempo a llegar a Roma por
morir, antes de cumplir los cuarenta años, cuando
se disponía a hacerlo.
Por el empeño de hacerse cargo de
su cuerpo tanto los frailes mercedarios como los
nobles señores de Cardona, decidieron de común
acuerdo darle sepultura allá donde lo decidiera una
mula ciega que lo llevó a lomos hasta que quiso
pararse ante la ermita de San Nicolás, de Portell.
Desaparecieron las reliquias,
irrecuperables ya para la veneración, en el año
1936.
Lo que no ha sido relegado al
olvido por sus paisanos es la figura del santo y su
acción caritativa. Esa devoción secular que se
refleja incluso en las fiestas y en el folklore. No
digamos nada sobre la devoción que le profean todas
las parturientas que lo tienen como especial patrón
para su trance.
Se divulgó por el mundo la pintura
que lo muestra con la Custodia en la mano derecha
expresando así la fuente de su caridad con los
hombres