
San Jerónimo, Presbítero y Doctor de la Iglesia (c. 340-420)
Nació en Dalmacia alrededor del año 340 y estudió en Roma
donde recibió el bautismo.
Marchó a Oriente, vivió como monje y se ordenó sacerdote.
Regresó a Roma como secretario del papa Dámaso y, por encargo
suyo, tradujo la Biblia al latín.
También contribuyó a establecer el monacato en Occidente.
Retirado definitivamente en Belén a su vida penitente, culminó la
traducción de las Sagradas Escrituras, escribió numerosos
comentarios a la Palabra de Dios y otros tratados teológicos
plenos de espiritualidad y de ciencia.
Murió en el año 420
Texto: Archidiócesis de
Madrid
Uno de los cuatro Doctores originales de la Iglesia Latina. Padre
de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín.
Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato.
(343-420)
JERÓNIMO (Eusebius
Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió
las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon,
una población pequeña situada en los confines de la región
dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad
de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en
todos los aspectos de la religión y en los elementos de las
letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde,
en las escuelas de Roma. En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como
tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó
a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era
el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran
aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como
había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un
maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las
devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir
verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido
los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente
ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades,
lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente
años más tarde. Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no
fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años
)y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, "teníamos la costumbre,
mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los
domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos
metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan
las reliquias de los muertos". Después de haber pasado tres años
en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos
y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue
donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre
había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces,
su corazón se entregó enteramente a Dios.
En el año de 370,
Jerónimo se estableció temporalmente en Aquilea donde el obispo,
San Valeriano, se había atraído a tantos elementos valiosos, que
su clero era famoso en toda la Iglesia de occidente. Jerónimo
tuvo amistad con varios de aquellos clérigos, cuyos nombres
aparecen en sus escritos. Entre ellos se encontraba San Cromacio,
el sacerdote que sucedió a Valeriano en la sede episcopal, sus
dos hermanos, los diáconos Joviniano y Eusebio, San Heliodoro y
su sobrino Nepotiano y, sobre todo, se hallaba ahí Rufino, el que
fue, primero, amigo del alma de Jerónimo y, luego, su encarnizado
opositor. Ya para entonces, Rufino provocaba contradicciones y
violentas discusiones, con lo cual comenzaba a crearse enemigos.
Al cabo de dos años, algún conflicto, sin duda más grave que los
otros, disolvió al grupo de amigos, y Jerónimo decidió retirarse
a alguna comarca lejana ya que Bonoso, el que había sido
compañero suyo de estudios y de viajes desde la infancia, se fue
a vivir en una isla desierta del Adriático. Jerónimo, por su
parte, había conocido en Aquilea a Evagrio, un sacerdote de
Antioquía con merecida fama de ciencia y virtud, quien despertó
el interés del joven por el oriente, y hacia allá partió con sus
amigos Inocencio, Heliodoro e Hylas, éste último había sido
esclavo de Santa Melania.
Jerónimo llegó a
Antioquía en 374 y ahí permaneció durante cierto tiempo.
Inocencio e Hylas fueron atacados por una grave enfermedad y los
dos murieron; Jerónimo también estuvo enfermo, pero sanó. En una
de sus cartas a Santa Eustoquio le cuenta que en el delirio de su
fiebre tuvo un sueño en el que se vio ante el trono de Jesucristo
para ser juzgado. Al preguntársele quién era, repuso que un
cristiano. "¡Mientes!", le replicaron. "Tú eres un ciceroniano,
puesto que donde tienes tu tesoro está también tu corazón".
Aquella experiencia produjo un profundo efecto en su espíritu y
su encuentro con San Maleo, cuya extraña historia se relata en
esta obra en la fecha del 21 de octubre, ahondó todavía más el
sentimiento. Corno consecuencia de aquellas emociones, Jerónimo
se retiró a las salvajes soledades de Calquis, un yermo inhóspito
al sureste de Antioquía, donde pasó cuatro años en diálogo con su
alma. Ahí soportó grandes sufrimientos a causa de los quebrantos
de su salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones
carnales.
"En el rincón remoto
de un árido y salvaje desierto", escribió años más tarde a Santa
Eustoquio, "quemado por el calor de un sol tan despiadado que
asusta hasta a los monjes que allá viven, a mi me parecía
encontrarme en medio de los deleites y las muchedumbres de Roma
... En aquel exilio y prisión a los que, por temor al infierno,
yo me condené voluntariamente, sin más compañía que la de los
escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginé que
contemplaba las danzas de las bailarinas romanas, como si hubiese
estado frente a ellas. Tenía el rostro escuálido por el ayuno y,
sin embargo, mi voluntad sentía los ataques del deseo; en mi
cuerpo frío y en mi carne enjuta, que parecía muerta antes de
morir, la pasión tenía aún vida. A solas con aquel enemigo, me
arrojé en espíritu a los pies de Jesús, los bañé con mis lágrimas
y, al fin, pude domar mi carne con los ayunos durante semanas
enteras. No me avergüenzo al revelar mis tentaciones, pero sí
lamento que ya no sea yo ahora lo que entonces fui. Con mucha
frecuencia velaba del ocaso al alba entre llantos y golpes en el
pecho, hasta que volvía la calma". De esta manera pone Dios a
prueba a sus siervos, de vez en cuando; pero sin duda que la
existencia diaria de San Jerónimo en el desierto, era regular,
rnonótona y tranquila. Con el fin de contener y prevenir las
rebeliones de la carne, agregó a sus mortificaciones corporales
el trabajo del estudio constante y absorbente, con el que
esperaba frenar su imaginación desatada. Se propuso aprender el
hebreo. "Cuando mi alma ardía con los malos pensamientos", dijo
en una carta fechada en el año 411 y dirigida al monje Rústico,
"como último recurso, me hice alumno de un monje que había sido
judío, a fin de que me enseñara el alfabeto hebreo. Así, de las
juiciosas reglas de Quintiliano, la florida elocuencia de
Cicerón, el grave estilo de Fronto y la dulce suavidad de Plinio,
pasé a esta lengua de tono siseante y palabras entrecortadas.
¡Cuánto trabajo me costó aprenderla y cuántas dificultades tuve
que vencer! ¡Cuántas veces dejé el estudio, desesperado y cuántas
lo reanudé! Sólo yo que soporté la carga puedo ser testigo, yo y
también los que vivían junto a mí. Y ahora doy gracias al Señor
que me permite recoger los dulces frutos de la semilla que sembré
durante aquellos amargos estudios". No obstante su tenaz
aprendizaje del hebreo, de tanto en tanto se daba tiempo para
releer a los clásicos paganos.
Por aquel entonces,
la Iglesia de Antioquía sufría perturbaciones a causa de las
disputas doctrinales y disciplinarias. Los monjes del desierto de
Calquis también tomaron partido en aquellas disensiones e
insistían en que Jerónimo hiciese lo propio y se pronunciase
sobre los asuntos en discusión. El habría preferido mantenerse al
margen de las disputas, pero de todas maneras, escribió dos
cartas a San Dámaso, que ocupaba la sede pontificia desde el año
366, a fin de consultarle sobre el particular y preguntarle hacia
cuáles tendencias se inclinaba. En la primera de sus cartas dice:
"Estoy unido en comunión con vuestra santidad, o sea con la silla
de Pedro; yo sé que, sobre esa piedra, está construida la Iglesia
y quien coma al Cordero fuera de esa santa casa, es un profano.
El que no esté dentro del arca, perecerá en el diluvio. No
conozco a Vitalis; ignoro a Melesio; Paulino es extraño para mí.
Todo aquel que no recoge con vos, derrama, y el que no está con
Cristo, pertenece al anticristo... Ordenadme, si tenéis a bien,
lo que yo debo hacer". Como Jerónimo no recibiese pronto una
respuesta, envió una segunda carta sobre el mismo asunto. No
conocemos la contestación de San Dámaso, pero es cosa cierta que
el Papa y todo el occidente reconocieron a Paulino como obispo de
Antioquía y que Jerónimo recibió la ordenación sacerdotal de
manos del Pontífice, cuando al fin se decidió a abandonar el
desierto de Calquis. El no deseaba la ordenación (nunca celebró
el santo sacrificio) y, si consintió en recibirla, fue bajo la
condición de que no estaba obligado a servir a tal o cual iglesia
con el ejercicio de su ministerio; sus inclinaciones le llamaban
a la vida monástica de reclusión. Poco después de recibir las
órdenes, se trasladó a Constantinopla a fin de estudiar las
Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nazianceno.
En muchas partes de sus escritos Jerónimo se refiere con evidente
satisfacción y gratitud a aquel período en que tuvo el honor de
que tan gran maestro le explicase la divina palabra. En el año de
382, San Gregorio abandonó Constantinopla, y Jerónimo regresó a
Roma, junto con Paulino de Antioquía y San Epifanio, para tomar
parte en el concilio convocado por San Dámaso a fin de discutir
el cisma de Antioquía. Al término de la asamblea, el Papa lo
detuvo en Roma y lo empleó como a su secretario. A solicitud del
Pontífice y de acuerdo con los textos griegos, revisó la versión
latina de los Evangelios que "había sido desfigurada con
transcripciones falsas, correcciones mal hechas y añadiduras
descuidadas". Al mismo tiempo, hizo la primera revisión al
salterio en latín.
Al mismo tiempo que
desarrollaba aquellas actividades oficiales, alentaba y dirigía
el extraordinario florecimiento del ascetismo que tenía lugar
entre las más nobles damas romanas. Entre ellas se encuentran
muchos nombres famosos en la antigua cristiandad, corno el de
Santa Marcela, a quien nos referimos en esta obra el 31 de enero,
junto con su hermana Santa Asela y la madre de ambas, Santa
Albina; Santa Léa, Santa Melania la Mayor, la primera de aquellas
damas que hizo una peregrinación a Tierra Santa; Santa Fabiola
(27 de diciembre), Santa Paula (26 de enero) y sus hijas,
Santa Blesila y Santa Eustoquio (28 de septiembre). Pero al morir
San Dámaso, en el año de 384, el secretario quedó sin protección
y se encontró, de buenas a primeras, en una situación difícil. En
sus dos años de actuación pública, había causado profunda
impresión en Roma por su santidad personal, su ciencia y su
honradez, pero precisamente por eso, se había creado antipatías
entre los envidiosos, entre los paganos y gentes de mal vivir, a
quienes había condenado vigorosamente y también entre las gentes
sencillas y de buena voluntad, que se ofendían por las palabras
duras, claras y directas del santo y por sus ingeniosos
sarcasmos. Cuando hizo un escrito en defensa de la decisión de
Blesila, la viuda joven, rica y hermosa que súbitamente renunció
al mundo para consagrarse al servicio de Dios, Jerónimo satirizó
y criticó despiadadamente a la sociedad pagana y a la vida
mundana y, en contraste con la modestia y recato de que Blesila
hacía ostentación, atacó a aquellas damas "que se pintan las
mejillas con púrpura y los párpados con antimonio; las que se
echan tanta cantidad de polvos en la cara, que el rostro,
demasiado blanco, deja de ser humano para convertirse en el de un
ídolo y, si en un momento de descuido o de debilidad, derraman
una lágrima, fabrican con ella y sus afeites, una piedrecilla que
rueda sobre sus mejillas pintadas. Son esas mujeres a las que el
paso de los años no da la conveniente gravedad del porte, las que
cargan en sus cabezas el pelo de otras gentes, las que esmaltan y
barnizan su perdida juventud sobre las arrugas de la edad y
fingen timideces de doncella en medio del tropel de sus nietos".
No se mostró menos áspero en sus críticas a la sociedad
cristiana, como puede verse en la carta sobre la virginidad que
escribió a Santa Eustoquio, donde ataca con particular fiereza a
ciertos elementos del clero. "Todas sus ansiedades se hallan
concentradas en sus ropas ... Se les tomaría por novios y no por
clérigos; no piensan en otra cosa más que en los nombres de las
damas ricas, en el lujo de sus casas y en lo que hacen dentro de
ellas". Después de semejante proemio, describe a cierto clérigo
en particular, que detesta ayunar, gusta de oler los manjares que
va a engullir y usa su lengua en forma bárbara y despiadada.
Jerónimo escribió a Santa Marcela en relación con cierto
caballero que se suponía, erróneamente, blanco de sus ataques.
"Yo me divierto en grande y me río de la fealdad de los gusanos,
las lechuzas y los cocodrilos, pero él lo toma todo para sí mismo
... Es necesario darle un consejo: si por lo menos procurase
esconder su nariz y mantener quieta su lengua, podría pasar por
un hombre bien parecido y sabio".
A nadie le puede
extrañar que, por justificadas que fuesen sus críticas, causasen
resentimientos tan sólo por la manera de expresarlas. En
consecuencia, su propia reputación fue atacada con violencia y su
modestia, su sencillez, su manera de caminar y de sonreír fueron,
a su vez, blanco de los ataques de los demás. Ni la reconocida
virtud de las nobles damas que marchaban por el camino del bien
bajo su dirección, ni la forma absolutamente discreta de su
comportamiento, le salvaron de las calumnias. Por toda Roma
circularon las murmuraciones escandalosas respecto a las
relaciones de San Jerónimo con Santa Paula. Las cosas llegaron a
tal extremo, que el santo, en el colmo de la indignación, decidió
abandonar Roma y buscar algún retiro tranquilo en el oriente.
Antes de partir, escribió una hermosa apología en forma de carta
dirigida a Santa Asela. "Saluda a Paula y a Eustoquio, mías en
Cristo, lo quiera el mundo o no lo quiera", concluye aquella
epístola. "Diles que todos compareceremos ante el trono de
Jesucristo para ser juzgados, y entonces se verá en qué espíritu
vivió cada uno de nosotros". En el mes de agosto del año 385, se
embarcó en Porto y, nueve meses más tarde, se reunieron con él en
Antioquía, Paula, Eustoquio y las otras damas romanas que habían
resuelto compartir con él su exilio voluntario y vivir como
religiosas en Tierra Santa. Por indicaciones de Jerónimo,
aquellas mujeres se establecieron en Belén y Jerusalén, pero
antes de enclaustrarse, viajaron por Egipto para recibir consejo
de los monjes de Nitria y del famoso Dídimo, el maestro ciego de
la escuela de Alejandría.
Gracias a la
generosidad de Paula, se construyó un monasterio para hombres,
próximo a la basílica de la Natividad, en Belén, lo mismo que
otros edificios para tres comunidades de mujeres. El propio
Jerónimo moraba en una amplia caverna, vecina al sitio donde
nació el Salvador. En aquel mismo lugar estableció una escuela
gratuita para niños y una hostería, "de manera que", como dijo
Santa Paula, "si José y María visitaran de nuevo Belén, habría
donde hospedarlos". Ahí, por lo menos, transcurrieron algunos
años en completa paz. "Aquí se congregan los ilustres galos y tan
pronto como los británicos, tan alejados de nuestro mundo, hacen
algunos progresos en la religión, dejan las tierras donde viven y
acuden a éstas, a las que sólo conocen por relaciones y por la
lectura de las Sagradas Escrituras. Lo mismo sucede con los
armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía, de
Egipto, del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamia. Llegan en
tropel hasta aquí y nos ponen ejemplo en todas las virtudes. Las
lenguas difieren, pero la religión es la misma. Hay tantos grupos
corales para cantar los salmos como hay naciones ... Aquí tenemos
pan y las hortalizas que cultivamos con nuestras manos; tenemos
leche y los animales nos dan alimento sencillo y saludable. En el
verano, los árboles proporcionan sombra y frescura. En el otoño,
el viento frío que arrastra las hojas, nos da la sensación de
quietud. En primavera, nuestras salmodias son más dulces, porque
las acompañan los trinos de las aves. No nos falta leña cuando la
nieve y el frío del invierno, nos caen encima. Dejémosle a Roma
sus multitudes; le dejaremos sus arenas ensangrentadas, sus
circos enloquecidos, sus teatros empapados en sensualidad y, para
no olvidar a nuestros amigos, le dejaremos también el cortejo de
damas que, reciben sus diarias visita.
Pero no por gozar de
aquella paz, podía Jerónimo quedarse callado y con los brazos
cruzados cuando la verdad cristiana estaba amenazada. En Roma
había escrito un libro contra Helvidio sobre la perpetua
virginidad de la Santísima Virgen María, ya que aquél sostenía
que, después del nacimiento de Cristo, Su Madre había tenido
otros hijos con José. Este y otros errores semejantes fueron de
nuevo puestos en boga por las doctrinas de un tal Joviniano. San
Pamaquio, yerno de Santa Paula, lo mismo que otros hombres
piadosos de Antioquía, se escandalizaron con aquellas ideas y
enviaron los escritos de Joviniano a San Jerónimo y éste, como
respuesta, escribió dos libros contra aquél en el año de 393. En
el primero, demostraba las excelencias de la virginidad cuando se
practicaba por amor a la virtud, lo que había sido negado por
Joviniano, y en el segundo atacó los otros errores. Los tratados
fueron escritos con el estilo recio, característico de Jerónimo,
y algunas de sus expresiones les parecieron a las gentes de Roma
demasiado duras y denigrantes para la dignidad del matrimonio.
San Pamaquio y otros con él, se sintieron ofendidos y así se lo
notificaron a Jerónimo; entonces, éste escribió la Apología a
Pamaquio, conocida también corno el tercer libro contra Joviniano,
en un tono que, seguramente, no dio ninguna satisfacción a sus
críticos. Pocos años más tarde, Jerónimo tuvo que dedicar su
atención a Vigilancio -a quien sarcásticamente llama Dormancio-,
un sacerdote galo romano que desacreditaba el celibato y
condenaba la veneración de las reliquias hasta el grado de llamar
a los que la practicaban, idólatras y adoradores de cenizas. En
su respuesta, Jerónimo le dijo: "Nosotros no adoramos las
reliquias de los mártires, pero sí honramos a aquellos que fueron
mártires de Cristo para poder adorarlo a El. Honramos a los
siervos para que el respeto que les tributamos se refleje en su
Señor". Protestó contra las acusaciones de que la adoración a los
mártires era idolatría, al demostrar que los cristianos jamás
adoraron a los mártires como a dioses y, a fin de probar que los
santos interceden por nosotros, escribió: "Si es cierto que
cuando los apóstoles y los mártires vivían aún sobre la tierra,
podían pedir por otros hombres, y con cuánta mayor eficacia
podrán rogar por ellos después de sus victorias! ¿Tienen acaso
menos poder ahora que están con Jesucristo?" Defendió el estado
monástico y dijo que, al huir de las ocasiones y los peligros, un
monje busca su seguridad porque desconfía de su propia debilidad
y porque sabe que un hombre no puede estar a salvo, si se acuesta
junto a una serpiente. Con frecuencia se refiere Jerónimo a los
santos que interceden por nosotros en el cielo. A Heliodoro lo
comprometió a rezar por él cuando estuviese en la gloria y a
Santa Paula le dijo, en ocasión de la muerte de su hija Blesila:
"Ahora eleva preces ante el Señor por ti y obtiene para mí el
perdón de mis culpas".
Del año 395 al 400,
San Jerónimo hizo la guerra a la doctrina de Orígenes y,
desgraciadamente, en el curso de la lucha, se rompió su amistad
de veinticinco años con Rufino. Tiempo atrás le había escrito a
éste la declaración de que "una amistad que puede morir nunca ha
sido verdadera", lo mismo que, mil doscientos años más tarde,
diría Shakespeare de esta manera:
... Love is not
love which alters when its alteration finds or bends with the
remover to remove.
(No es amor el amor
que se altera ante un tropiezo o se dobla ante el peligro)
Sin embargo, el
afecto de Jerónimo por Rufino debió ceder ante el celo del santo
por defender la verdad. Jerónimo, corno escritor, recurría
continuamente a Orígenes y era un gran admirador de su erudición
y de su estilo, pero tan pronto como descubrió que en el oriente
algunos se habían dejado seducir por el prestigio de su nombre y
habían caído en gravísimos errores, se unió a San Epifanio para
combatir con vehemencia el mal que amenazaba con extenderse.
Rufino, que vivía por entonces en un monasterio de Jerusalén,
había traducido muchas de las obras de Orígenes al latín y era un
entusiasta admirador suyo, aunque no por eso debe creerse que
estuviese dispuesto a sostener las herejías que, por lo menos
materialmente, se hallan en los escritos de Orígenes. San Agustín
fue uno de los hombres buenos que resultaron afectados por las
querellas entre Orígenes y Jerónimo, a pesar de que nadie mejor
que él estaba en posición de comprender suyas eran,
necesariamente, enemigos de la Iglesia. Al tratarse de defender
el bien y combatir el mal, no tenía el sentido de la moderación.
Era fácil que se dejase arrastrar por la cólera o por la
indignación, pero también se arrepentía con extraordinaria
rapidez de sus exabruptos. Hay una anécdota referente a cierta
ocasión en la que el Papa Sixto V contemplaba una pintura donde
aparecía el santo cuando se golpeaba el pecho con una piedra.
"Haces bien en utilizar esa piedra", dijo el Pontífice a la
imagen, "porque sin ella, la Iglesia nunca te hubiese
canonizado".
Pero sus denuncias,
alegatos y controversias, por muy necesarios y brillantes que
hayan sido, no constituyen la parte más importante de sus
actividades. Nada dio tanta fama a San Jerónimo como sus obras
críticas sobre las Sagradas Escrituras. Por eso, la Iglesia le
reconoce como a un hombre especialmente elegido por Dios y le
tiene por el mayor de sus grandes doctores en la exposición, la
explicación y el comentario de la divina palabra. El Papa
Clemente VIII no tuvo escrúpulos en afirmar que Jerónimo tuvo la
asistencia divina al traducir la Biblia. Por otra parte, nadie
mejor dotado que él para semejante trabajo: durante muchos años
había vivido en el escenario mismo de las Sagradas Escrituras,
donde los nombres de las localidades y las costumbres de las
gentes eran todavía los mismos. Sin duda que muchas veces obtuvo
en Tierra Santa una clara representación de diversos
acontecimientos registrados en las Escrituras. Conocía el griego
y el arameo, lenguas vivas por aquel entonces y, también sabía el
hebreo que, si bien había dejado de ser un idioma de uso
corriente desde el cautiverio de los judíos, aún se hablaba entre
los doctores de la ley. A ellos recurrió Jerónimo para una mejor
comprensión de los libros santos e incluso tuvo por maestro a un
doctor y famoso judío llamado Bar Ananías, el cual acudía a
instruirle por las noches y con toda clase de precauciones para
no provocar la indignación de los otros doctores de la ley. Pero
no hay duda de que, además de todo eso, Jerónimo recibió la ayuda
del cielo para obtener el espíritu, el temperamento y la gracia
indispensables para ser admitido en el santuario de la divina
sabiduría y comprenderla. Además, la pureza de corazón y toda una
vida de penitencia y contemplación, habían preparado a Jerónimo
para recibir aquella gracia. Ya vimos que, bajo el patrocinio del
Papa San Dámaso, revisó en Roma la antigua versión latina de los
Evangelios y los salmos, así como el resto del Nuevo Testamento.
La traducción de la mayoría de los libros del Antiguo Testamento
escritos en hebreo, fue la obra que realizó durante sus años de
retiro en Belén, a solicitud de todos sus amigos y discípulos más
fieles e ilustres y por voluntad propia, ya que le interesaba
hacer la traducción del original y no de otra versión cualquiera.
No comenzó a traducir los libros por orden, sino que se ocupó
primero del Libro de los Reyes y siguió con los demás, sin
elegirlos. Las únicas partes de la Biblia en latín conocida como
la Vulgata que no fueron traducidas por San Jerónimo, son los
libros de la Sabiduría, el Eclesiástico, el de Baruch y los dos
libros de los Macabeos. Hizo una segunda revisión de los salmos,
con la ayuda del Hexapla de Orígenes y los textos hebreos, y esa
segunda versión es la que está incluida en la Vulgata y la que se
usa en los oficios divinos. La primera versión, conocida como el
Salterio Romano, se usa todavía en el salmo de invitación de los
maitines y en todo el misal, así como para los oficios divinos en
San Pedro de Roma, San Marcos de Venecia y los ritos milaneses.
El Concilio de Trento designó a la Vulgata de San Jerónimo, como
el texto bíblico latino auténtico o autorizado por la Iglesia
católica, sin implicar por ello alguna preferencia por esta
versión sobre el texto original u otras versiones en otras
lenguas. En 1907, el Papa Pío X confió a los monjes benedictinos
la tarea de restaurar en lo posible los textos de San Jerónimo en
la Vulgata ya que, al cabo de quince siglos de uso, habían sido
considerablemente modificados y corregidos.
En el año de 404, San
Jerónimo tuvo la gran pena de ver morir a su inseparable amiga
Santa Paula y, pocos años después, cuando Roma fue saqueada por
las huestes de Alarico, gran número de romanos huyeron y se
refugiaron en el oriente. En aquella ocasión, San Jerónimo les
escribió de esta manera: ¿Quién hubiese pensado que las hijas de
esa poderosa ciudad tendrían que vagar un día, como siervas o
como esclavas, por las costas de Egipto y del Africa? ¿Quién se
imaginaba que Belén iba a recibir a diario a nobles romanas,
damas distinguidas criadas en la abundancia y reducidas a la
miseria? No a todas puedo ayudarlas, pero con todas me lamento y
lloro y, completamente entregado a los deberes que la caridad me
impone para con ellas, he dejado a un lado mis comentarios sobre
Ezequiel y casi todos mis estudios. Porque ahora es necesario
traducir las palabras de la Escritura en hechos y, en vez de
pronunciar frases santas, debemos actuarlas".
De nuevo, cuando su
vida estaba a punto de terminar, tuvo que interrumpir sus
estudios por una incursión de los bárbaros y, algún tiempo
después, por las violencias y persecuciones de los pelagianos,
quienes enviaron a Belén a una horda de rufianes para atacar a
los monjes y las monjas que ahí moraban bajo la dirección y la
protección de San Jerónimo, el cual había atacado a Pelagio en
sus escritos. Durante aquella incursión, algunos religiosos y
religiosas fueron maltratados, un diácono resultó muerto y casi
todos los monasterios fueron incendiados. Al año siguiente, murió
Santa Eustoquio y, pocos días más tarde, San Jerónimo la siguió a
la tumba. El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo
extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la
voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la
iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio,
pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio
donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la
Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San
Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios
que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan
junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas
fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata.
La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría
ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente
defensor de la fe.
En los últimos años
se hicieron muchos progresos en el estudio y la investigación de
la vida de San Jerónimo. Es particularmente valioso el volumen
Miscellanea Geronimiana, publicado en Roma en 1920, en
ocasión de celebrarse el décimo quinto centenario de su muerte.
Gran número de ilustres investigadores, corno Duchesne, Batifol,
Lanzoni, Zeiller y Bulic, colaboraron en la formación de ese
libro con diversos estudios sobre puntos de particular interés en
relación con el santo. En 1922, hizo su aparición la mejor de sus
modernas biografías, la de F. Cavallara, Saint Jéróme, sa vie et
son ceuvre (1922, 2 vols). También se deben consultar las notas
críticas M padre Peeters en Analecia Bollandiana, Vol. XLIII, PP.
180-184. En fechas anteriores, tenemos el descubrimiento hecho
por G. Morin de los Comentarioli et Tractatus de San Jerónimo
sobre los salmos, así como otros hallazgos (ver a Morin en Études,
textes, découverts, pp. 17-25). Un artículo muy completo sobre
San Jerónimo, escrito por H. Leclercq, aparece en el DAC., vol.
vii, ec. 2235-3304, así como otro de J. Forget, en DTC., vol.
viii (1924), ce. 894-983. En el siglo dieciocho Vallarsi y los
bolandistas (septiembre, vol. viii) escribieron sendas obras
minuciosas sobre el santo. Los escritos más antiguos sobre San
Jerónimo, a excepción de la crónica de Marcelino (editado por
Mominsen en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. ii, pp. 47 y ss.),
carecen de valor. La correspondencia y las obras de San Jerónimo
fueron, son y serán siempre la fuente principal para el estudio
de su vida. Ver también a P. Monceaux, en St. Jerome: the early
years (1935) ; a J. Duff, en Letters of St. Jerome (1942) ; A.
Penna, en S. Girolamo (1949) ; a P. Antin, en Essai sur S. Jeróme
(1951) y el Monument to St. Jerome (1952), un ensayo de F. X.
Murphy.
Texto:
Adaptado de "Vidas de los
Santos" de Butler, ed. española. La versión electrónica del
documento la realizaron Las Siervas de los Corazones Traspasados
de Jesús y María. SCTJM
SANTORAL
-
VIDAS DE SANTOS