Dositeo, eremita ( s. IV )
Los años bisiestos tienen el inconveniente de
celebrar un tanto aislada en clara desventaja con respecto a los
demás santos la fiesta de los que el santoral coloca en este día.
Menos mal que desde la altura de la santidad esa situación
peculiar, debida a las imperfecciones humanas que no encuentran
otra forma para medir el tiempo, a mí se me antoja que puede ser
una más de las oportunidades que en el Cielo deben tener los
bienaventurados para bromear entre ellos aquello de la gloria
accidental y para ejercer su función de intercesores al
compadecerse mejor de las flaquezas tan comprobables de los
hombres.
Es el caso de Dositeo. Cuenta una antiquísima
biografía suya que pasó los años de su juventud alineado en las
filas del ejército, peleón como el primero y entusiasta de las
victorias como el que más. Era cristiano. Entre guerra y guerra
tuvo la oportunidad de visitar los Santos Lugares; peregrino
piadoso, fue rememorando los acontecimientos de la Salvación que
allí se realizaron; su amor a Jesucristo fue creciendo entre las
piedras que ahora podía tocar y besar; en Getsemaní se quedó
profundamente impresionado ante la visión de un cuadro que
representaba los tormentos del Infierno. Aquello fue la ocasión
para que diera un vuelco su vida. Decidió abandonar sus bien
estudiados planes de futuro y los cambió por hacerse monje en
Gaza (Palestina); desde entonces, intentó poner en juego todas
sus energías con el fin de lograr la más perfecta imitación de
Jesucristo, bajo la dirección del abad san Doroteo.
Desprendimiento es la palabra-clave desde
entonces.
Comprendió con claridad que cualquier persona,
cosa y situación de la tierra podría servirle de enredo y estorbo
para el anhelo del Cielo. Y con el paso del tiempo cuentan sus
biógrafos, logró un desapego completo y perfecto de todas las
cosas, manifestado incluso en el desprendimiento de los libros
para los rezos y de las herramientas con las que trabajaba su
huerto.
Debían tener razón, porque ¡tantas veces se
oculta el apegamiento detrás de la razonable excusa de poseer las
cosas consideradas imprescindibles para el ejercicio de la
profesión, o de las que son un medio para vivir! De esta manera,
se presenta al asceta san Dositeo como un inmenso mazo de amor a
Dios, un hombre cuya voluntad está plena deseos, de ansias, de
anhelos de vivir en exclusiva para el Señor, con la decisión de
entrar en su eterna posesión sin la rémora o lastre que pueda
suponer el más ínfimo cariño a las cosas terrenas.
Pensándolo bien, no es extraño que con esa
desnudez heroica de afectos a lo que la mayoría de los mortales
aprecian, Dositeo haya dado una prueba más al acertar a morirse
en el día del año que sólo cada cuatro llega. Así, ni siquiera
está apegado a su recuerdo.
Gregorio de Narek, confesor (c.a. 944-1010)
Se le supone nacido en Armenia hacia el 944, y
murió en Narek, sobre el lago Van (Turquía), en 1010.
Fue hijo del obispo de Ansevatsik, que se llamaba
Cosroes.
Desde muy pequeño lo tomó bajo su protección su
tío materno, Ananías el Filósofo, que era abad del monasterio de
Narek. Allí fue instruido de modo especial en el conocimiento de
las Santas Escrituras, se distinguió por su rigor ascético, y por
su espíritu de oración. Gregorio pasó toda su vida tras los muros
del monasterio.
Después de ser ordenado sacerdote, lo hicieron
formador de los novicios que deseaban entrar en la vida
monástica. Su fama de santidad y sabiduría trascendió las paredes
de Narek, pasó a los monasterios vecinos y se convirtió sin
pretenderlo en reformador de monjes.
Por la envidia de su sabiduría, y debido también
a la estricta observancia de las normas de vida conventual, se
ganó la enemistad de algunos que abrieron contra él una auténtica
persecución; le llegaron a acusar injustamente de herejía, y
aquella campaña terminó con la deposición de sus cargos.
Es uno de los grandes poetas de la literatura
universal. Su obra poético-literaria se encuentra dispersa en el
extensísimo Libro de oraciones; sus más de veinte mil
versos los compuso en poco más de tres años.
Cuenta el sinaxario armenio que los obispos
desearon conocer la clase de herejía que profesaba Gregorio de
Narek; comisionaron a dos monjes sabios de su total confianza
para que se entrevistaran con él y descubrieran sus errores.
Aquellos buenos delegados temían una entrevista formal con quien
tenía fama de recto y sabio; prefirieron hacer otras cuentas y
someterlo a una especie de juicio de Dios. Idearon hacerle un
exquisito paté de pichón y dárselo a comer en cuaresma; el asunto
consistía en que, si Gregorio se comía el paté, sería hereje; si
lo rechazaba, demostraría su fidelidad a la doctrina.
Se refiere que, nada más verlos entrar en su
celda, Gregorio dejó su oración, se puso en pié, abrió la ventana
y dio unas palmadas en el aire, mientras gritaba a los pájaros:
"Venid, pajaritos, a jugar con el pescado que se come hoy".
Entendieron aquellos monjes que el modo de resolverse la trampa
era testimonio más que evidente de su santidad, y tomaron buena
cuenta de su inocencia, porque un hereje nunca hubiera podido
realizar tal gesto.
Y bien pudo ser así; porque, aunque el premio
prometido comienza a disfrutarse detrás de los linderos de esta
vida, algunas veces el buen Dios concede un anticipo tanto para
mostrar su grandeza, como para dar un respiro de justicia a los
que le son fieles.
Augusto Chapdelaine, mártir (1814-1856)
Nació en La Rochelle (Manche) francesa en 1814.
Se ordenó sacerdote en 1843. En 1851 ingresó en el Instituto de
las Misiones Extranjeras de París y en 1852 embarcó para China.
Fundó una comunidad cristiana en Kuang-Si, que a
su muerte contaba con varios centenares de cristianos.
Por sus cartas se sabe que esperaba como la cosa
más natural del mundo su muerte al estilo de los mártires. En
esos escritos aparece con una serenidad fuera de lo común,
apoyada sólo en lo sobrenatural y con una perseverancia heroica.
Varias veces fue apresado y encarcelado y otras
tantas puesto en libertad. Es más, mientras estaba prisionero,
solía entrar en salir de la prisión, según el buen humor de los
funcionarios locales, yendo y viniendo a atender a sus fieles con
los sacramentos y la predicación.
Hasta que un día, uno de los jefes lo torturó con
el refinamiento reservado a los criminales. Como al día siguiente
aún respiraba, lo mandó decapitar y colgar su cabeza de las ramas
de un árbol gigante.
Los niños, se peleaban entre ellos para tirarle
piedras hasta conseguir caerla.
Y esto, sin más precisión, sucedió en los últimos
días de febrero
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL