Sixto III, papa (fin s. IV-440)
Fue elegido papa a la muerte de san Celestino I, en el año 432, y
ocupó la sede de Pedro por ocho años que fueron muy llenos de
exigencias.
Durante su vida se vió envuelto casi de modo permanente en la
lucha doctrinal contra los pelagianos, siendo uno de los que
primeramente detectó el mal y combatió la herejía que había de
condenar al papa Zósimo. De hecho, Sixto escribió dos cartas
sobre este asunto enviándolas a Aurelio, obispo que condenó a
Celestio en el concilio de Cartago, y a san Agustín. Se libraba
en la Iglesia la gran controversia sobre la Gracia sobrenatural y
su necesidad tanto para realizar buenas obras como para conseguir
la salvación.
Pelagio fue un monje procedente de las islas Británicas. Vivió
en Roma varios años ganándose el respeto y la admiración de
muchos por su vida ascética y por su doctrina de tipo estoico,
según la cual el hombre es capaz de alcanzar la perfección por el
propio esfuerzo, con la ayuda de Dios solamente extrínseca
-buenos ejemplos, orientaciones y normas disciplinares, etc.,-
¡era un voluntarista! Además, la doctrina llevaba aneja la
negación del pecado original. Y consecuentemente rechaza la
necesidad de la redención de Jesucristo. De ahí se deriva a la
ineficacia sacramentaria. Todo un monumental lío teológico basado
en principios falsos que naturalmente Roma no podía permitir.
Y no fue sólo esto. El Nestorianismo acaba de ser condenado en
el concilio de Éfeso, en el 431, un año antes de ser elegido papa
Sixto III; pero aquella doctrina equivocada sobre Jesucristo
había sido sembrada y las consecuencias no desaparecerían con las
resoluciones conciliares. Nestorio procedía de Antioquía y fue
obispo de Constantinopla. Mantuvo una cristología imprecisa en la
terminología y errónea en lo conceptual, afirmando que en Cristo
hay dos personas y negando la maternidad divina de la Virgen
María; fue condenada su enseñanza por contradecir la fe
cristiana; depuesto de su sede, recluido o desterrado al
monasterio de san Eutropio, en Antioquía, muriendo impenitente
fuera de la comunión de la Iglesia. El papa Sixto III intentó con
notable esfuerzo reducirlo a la fe sin conseguirlo y a pesar de
sus inútiles esfuerzos tergiversaron los nestorianos sus palabras
afirmando que el papa no les era contrario.
Llovieron al papa las calumnias de sus detractores. El propio
emperador Valentiniano y su madre Plácida impulsaron un concilio
para devolverle la fama y el honor que estaba en entredicho. Baso
-uno de los principales promotores del alboroto que privaba
injustamente de la fama al Sumo Pontífice- muere arrepentido y
tan perdonado que el propio Sixto le atiende espiritualmente al
final de su vida y le reconforta con los sacramentos.
Como todo santo ha de ser piadoso, también se ocupó antes de
su muerte -en el año 440 y en Roma-, de reparar y ennoblecer la
antigua basílica de Santa María la Mayor que mandó construir el
papa Liberio, la de San Pedro y la de San Lorenzo
Texto: Archidiócesis de
Madrid -
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