Santo Tomás de Aquino,
presbítero y doctor de la Iglesia (c.a. 1225-1274)
Nació alrededor del año 1225, de una familia
noble napolitana.
En contra de la voluntad de su familia, ingresó
en la Orden de Predicadores.
Pronto descolló por sus dotes intelectuales y su
sencillez. Completó sus estudios en París y en Colonia, donde
tuvo a San Alberto Magno como maestro.
Su gran producción literaria y la profundidad de
sus escritos en el campo de la filosofía y de la teología han
sido alabadas en continuas ocasiones por los Papas, señalándolas
como punto de referencia seguro para la enseñanza de la fe y de
la investigación teológica.
Murió cerca de Terracina, en plena madurez de su
producción científica, el día 7 de Marzo de 1274.
Su memoria se celebra el día 28 de enero, porque
en esta fecha tuvo lugar, el año 1369 el traslado de su cuerpo a
Tolosa del Languedoc.
Julián, obispo († 1208)
Fue el segundo obispo de Cuenca -desde el 1198 al
1208-, después de D. Juan Yáñez.
Nació a mediados del siglo XII. En familia noble
burgalesa, cuando Burgos era la cabeza de Castilla. Inicia su
educación en la escuela catedralicia de la época, donde se
refugia la ciencia junto al clérigo del monasterio, aplicándose
con esmero a las artes liberales.
En Palencia cursa estudios superiores. Estudioso,
serio y formal, impresiona a los profesores y se hace notar entre
los alumnos por su ciencia y piedad. Terminados sus estudios es
nombrado profesor de filosofía y teología cuando solamente tiene
24 años. Esta situación es un caso excepcional en el centro que
el obispo Poncio convirtió en Estudio, Alfonso VIII elevó
a la categoría de Universidad y el papa Urbano VI enriqueció con
todos los privilegios de la universidad de París. En la docencia
quemará diez años de su vida. Ocupa una habitación funcional que
es a la vez lugar de reposo-estudio-oratorio, y allí hace además
cestillos que son parte de su limosna a los pobres; los da para
que con su venta se ayuden a vivir.
A los 35 años se retira a Burgos con la intención
de prepararse al sacerdocio abandonando la fama, el honor y
prestigio que se ha bien ganado con la docencia. Vive con el fiel
criado Lesmes a orillas del Arlanzón en intensa vida de oración,
mortificación y estudio hasta que en 1166 es ordenado sacerdote.
Los alrededores de la capital burgalesa son los primeros
beneficiados de su apostolado.
Pero al poco tiempo decide ampliar el campo de su
predicación. Con un crucifijo, una estampa de la Virgen y una
muda está convertido en misionero tierras abajo hasta la Córdoba
averroista ¡Cuánto bien hizo con su bien formada cabeza! Está
misionando en Toledo cuando el arzobispo Don Martín López le
nombra arcediano de la catedral. La excursión misionera ha durado
veinte años. Ahora, en la nueva situación, alterna las tareas de
gobierno con la predicación, la administración de los
sacramentos, y la santa manía de fabricar cestillas para los
pobres, junto a la oración y penitencia que ama vivamente y a las
que se dedica de modo especial una temporada en determinados días
cada año.
Alfonso VIII lo obliga a aceptar la diócesis de
Cuenca a la muerte de su primer obispo. En 1196 es consagrado
obispo vencida su resistencia. Y comienza un nuevo cargo pastoral
en la hosca y brava sierra, el altozano de la Alcarria y los
llanos de la Mancha donde ha de cuidar del complejo mosaico de
musulmanes, judíos y cristianos que su diócesis encierra. Se
preocupó de modo exquisito de los sacerdotes que son su mano
larga para llevar a Cristo al pueblo. La caridad con los pobres,
y la atención a los descarriados destacan bases que consiguen
para Dios una parcela cristiana. Los biógrafos hacen sobresalir
dos momentos de su vida de pastor en los que demostró virtudes
heroicas: la hambruna y la peste que sufrió el pueblo y en las
que su generosidad y entrega no tuvo límite a favor de sus
fieles.
Murió en el 1208.
Sus atributos son con propiedad episcopales, la
mitra y el báculo al que se añade un cestillo testigo de su
caridad. Ordinariamente se le representa sentado ante su mesa de
trabajo.
A lo largo de su vida se complementan lo
intelectual y lo pastoral, la teoría se hace práctica, el
espíritu informa a la vida, y las palabras no se quedan huecas
sino que se colman con las obras. Fue el hombre de Dios que
sirvió a la Iglesia estando donde se le necesitaba y en el
momento oportuno. Aparte quedan los fastos apócrifos que adornan
su vida con prodigios sobrenaturales desde su entrada en el mundo
y existentes sólo en la imaginación de quien tuvo la sana
pretensión de exaltar la figura del santo. San Julián no los
necesitaba
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL