Leandro, obispo (c.a. 535-601)
¿Qué secreto poseía aquella familia de Cartagena
que supo poner en los altares a sus tres hijos? Porque no hay
duda de la influencia de los padres en la vida de sus hijos tanto
para bien como para mal. Eso no quiere decir que los hijos que
han nacido en buena y cristiana familia tengan una póliza de
seguro que les garantice la fidelidad a los principios que
mamaron ni tampoco que quienes conocieron a unos padres mediocres
estén condenados irreparablemente a la desgracia moral. No. Pero,
hechas las salvedades y sabiendo que el uso de la libertad es
privado y personal, no cabe duda -es testigo la historia- de la
impronta que deja en los retoños el estilo de quienes los
engendraron y educaron. En este caso, Leandro tuvo otros dos
hermanos que están como él en los altares, Isidoro que le sucedió
en el arzobispado de Sevilla, y santa Florentina.
Su nacimiento fue en torno al 535. La familia
emigra a Sevilla y, cuando tiene la edad, Leandro entra el un
monasterio. Es nombrado metropolitano de Sevilla. Funda una
escuela de artes y ciencia que la concibe como instrumento para
difundir la doctrina ortodoxa en medio de una España que está
inficcionada de arrianismo, particularmente en la corte visigoda.
Dos hijos del rey arriano Leovigildo están formándose en su
escuela, Hermenegildo y Recaredo.
Leovigildo asienta en Toledo la capital del reino
visigodo. Su hijo Hermenegildo será su igual en la Bética y
residirá en Sevilla; por su ciencia, bondad y celo Hermenegildo
se convierte a la fe nicena con el ejemplo y apoyo de su esposa
Igunda. Pero en Toledo hay reales aires de grandeza; el rey
piensa que el principio de unidad y estabilidad está en la
religión arriana; se enciende la persecución contra la fe
católica con fuego y espada, incluidos los territorios de la
Bética, en la que su propio hijo Hermenegildo morirá mártir.
Leandro ha sido obligado a abandonar su Iglesia y
su patria. Aprovecha el destierro para pedir ayuda al emperador
de Bizancio. En Constantinopla se encuentra con Gregorio, que ha
sido enviado por el papa Pelagio -lo sucederá luego en la Sede
romana- con quien traba una gran amistad; le anima a poner por
escrito los libros Morales -comentario al libro de Job-
que influirán de un modo decisivo en la ascética de todo el
Medievo.
Vuelve a Sevilla su Arzobispo al disminuir la
tensión del rey Leovigildo y lo verá morir. Leandro, en el 589,
convoca el III Concilio de Toledo donde Recaredo, que ha sucedido
a su padre en el trono, abjura de los errores arrianos y hace
profesión de fe católica lográndose la unidad del reino visigodo
y la paz. Sobreviene como esperada consecuencia una renovación en
la vida religiosa, un resurgir de las letras y una fresca
ganancia en el terreno de las artes. La conversión paulatina a la
fe católica de los arrianos visigodos del reino es sincera y la
deseada unidad ha encontrado el vínculo de cohesión en la unidad
de la fe. Lo que intuyó el rey Leovigildo, pero con signo
contrario; en esta ocasión, triunfó la verdad.
Ahora y hasta su muerte en el año 601, el sabio y
santo Arzobispo deja de ser un hombre influyente en la política
del reino. Le ocupa el alma el ansia de hacer el bien. Mucha
oración, atención a las obligaciones pastorales, estudio de la
Sagrada Escritura, penitencia por los pecados de su vida, y la
carta que escribe a su hermana Florentina que llega a servir de
pauta para la vida monástica femenina hasta el punto de ser
llamada «la regla de San Alejandro» le llenaron su tiempo.
Sevilla tiene motivos para mostrar orgullo con un
santo así ¿verdad? Hay quien afirma que los santos pertenecen a
todos y posiblemente no les falte razón, pero ¿no podrán
pertenecer a algunos un poco más?
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL