Leonardo de Porto Maurizio, religioso
(1676-1751)
Paolo-Girolamo de
Casa-Nuova, genovés, vivió en el siglo XVIII, siglo de la
Ilustración, racionalista, frívolo y de decadencia en el que la
piedad cristiana languidece atenazada por el jansenismo frío e
hipócrita. A las ideas de su contemporáneo Voltaire él —sin
conocerlo— presentará el testimonio de una praxis santa.
Nació en la Riviera italiana, el 20 de
diciembre de 1676, en Porto Maurizio. Estudió en Roma en el
Colegio Romano y frecuenta el Oratorio felipista donde recibe
una sólida formación acompañado espiritualmente por el P.
Caravita.
Toma el hábito franciscano en 1697 y se
ordena sacerdote en 1702.
Le encargan enseñar filosofía pero una
grave enfermedad pulmonar lo tiene apartado de actividad por
cinco años. Según lo pensó siempre Leonardo, fue la Virgen
quien le curó de su tisis. Después recomienza la actividad.
Participa en la reforma de la Orden franciscana propiciando la
observancia estricta en toda su pureza. La intimidad con
Jesucristo y la penitencia son los pilares donde se apoya su
vida centrada en la Eucaristía.
Las misiones populares son un capítulo
aparte en la actividad apostólica hacia fuera aprovechando el
tiempo que le ha regalado Nuestra Señora. Emplea un lenguaje
inusitado en aquella época de ridículo barroquismo y de
oratoria despersonalizada en la predicación; su modo de decir
es sencillo, directo e inteligible; llega a los oyentes y
penetra en las almas que la gracia del Espíritu Santo remueve
hacia una conversión. El contenido es de peso: la Pasión de
Jesucristo —vivida de modo popular con el Via-Crucis que tanto
divulgó—, los novísimos, la gravedad del pecado, el escándalo,
la crítica irónica del galanteo que prima en el siglo morboso y
sensual. Con los pecadores es comprensivo, sereno, jovial y
benigno. El fin principal al que tiende siempre la misión es
una buena confesión.
Alterna las misiones de cada ciudad con
charlas al clero y ejercicios espirituales a religiosas.
En sus cuarenta y cuatro años de
misionero ambulante recorre incansable, con los pies descalzos,
el norte y centro de Italia. Han sido más de trescientas
misiones predicadas entre las que sobresalen por su intensidad
y fruto las de Roma de 1740, en el Jubileo extraordinario, y en
1750, en el Año Santo.
Muere este "gran cazador del Paraíso",
como le llama su amigo el papa Benedicto XIV, el 26 de
Noviembre de 1751 en el convento de san Buenaventura, en Roma,
que guarda sus reliquias.
No es extraño que un hombre de esta talla
haya sido nombrado patrono de los sacerdotes que se dedican a
predicar misiones populares.