Santos:
Pelayo niño, Salvio, Superio, mártires
Juan, Pablo, hermanos
Antelmo, Virgilio, Rodolfo, Constantino, Marciano, obispos
Majencio, presbítero
Perseveranda, virgen
David, eremita
José María Escrivá de Balaguer, fundador

Pelayo,
mártir (911- 925)
Su biógrafo dice que
era tardo para la sonrisa; sin razón ninguna para no
creerlo, aceptamos su testimonio y hasta puede ser que al
final de la hagiografía terminemos por darle la razón.
Nacido en Galicia a
orillas del Miño; solía jugar con los otros chicos en el
pórtico de la episcopal de Tuy. Era sobrino del obispo
Hermogio; por eso estudiaba gramática en la escuela junto
a la catedral, donde se iba aprendiendo el salterio día a
día; también en los días más solemnes se unía al canto
mozárabe y actuaba como monaguillo en las funciones
litúrgicas.
Pero aquello quedaba
lejos. Ahora lo habían metido en la cárcel de Córdoba,
donde los cuerpos de sus compañeros estaban sujetos con
cadenas y grilletes; aquellos esclavos daban un hedor
nauseabundo, pero a todo se acostumbra uno; un guardia
con látigo iba a por ellos para llevarlos a sus tareas de
arreglar jardines, limpiar mezquitas, atender los baños,
arrimar tierra y amontonar ladrillos para las
construcciones. Al regreso contaban que era inabarcable
el trabajo que había en aquella ciudad enorme. ?A Pelayo
le habían dicho que le llevaban a ver al tío, y no le
mintieron del todo, porque vio a Hermogio que estaba en
la prisión, ya enfermo y hecho un viejo. Lo habían
apresado el año anterior en la batalla de Val de Junquera
(920) y desde allí lo llevaron a Córdoba. Pelayo era su
rescate porque, al no llegar el oro, más valía un joven
que un viejo.
El niño pensó que
aquella situación acabaría pronto; así se lo aseguró su
tío, pero con lo enfermo que iba al pasar el Duero, nada
más llegó a saberse del obispo. Es verdad que de vez en
cuando venían oleadas de prisioneros nuevos; pero en los
cuatro años que pasó en la prisión, cada día repetía al
anterior y fijaba al de mañana. Pelayo tenía permitido
estar en otras estancias mientras sacaban a los mayores
para el trabajo diario; como no había alborotado, ni dado
un problema, ni se había unido a ninguna insurrección,
hasta se había ganado la confianza de sus guardianes;
pasaba bastante tiempo leyendo códices a escondidas y por
la noche preguntaba lo que o entendía a los clérigos
presos. Aprendió a discutir con carceleros y con los
dueños de las casas ricas donde lo pusieron a trabajar de
día; supo atraer su simpatía y respeto. Aquel chico valía
la promesa de dinero.
Comprendió la
corrupción generalizada de Córdoba, que a la vez era
fortaleza, poder, arte, libros, bullicio, mercado con una
gran cantidad de gente que compraba y vendía, reía,
vociferaba más que hablaba, estaba contenta, y con
frecuencia escuchaba a poetas que solían cantar las
gracias de los mancebos. Tuvo tiempo de ver la confusión
moral generalizada del lugar donde vivían hacinados los
trabajadores esclavos y los presos sometidos a condena, y
allí mismo necesitó energía heroica para guardar su
pureza. Por eso decía "Dios quiera que no me vea en
apuros más terribles". Porque allí se enteró de que
los altos cargos se compraban con la prostitución de las
conciencias; sí, al renegar de la religión venían sin
mucho esfuerzo las casas, los palacios con esclavos del
mediterráneo o judíos comerciantes de Alemania o de
Francia, oro y tierras. Era la política de Abderramán III,
que los hacía instrumentos útiles y manejables al cambiar
de religión y prestarle infames servicios.
El joven Pelayo no
cedió cuando lo llamaron a prestarlos aunque lo llevaran
con protocolo al fastuoso ambiente cortesano, donde había
alfombras y tapices, vasos de plata, aromas exóticos y
guardianes sudaneses. Iba todo bañado, limpio,
elegantemente vestido y perfumado; así lo presentaron
ante el emir Abderramán III, el Victorioso, hombre
dominado por la sensualidad, aunque los historiadores lo
alaben por su corazón bondadoso. Las promesas de honor,
riqueza y poder si se hacía musulmán se quedaron
pequeñas. Sus palabras: "Soy cristiano y lo seré. Tus
riquezas no valen nada. No voy a renegar de Cristo que es
mi Señor y el tuyo, aunque tú no lo quieras". Y "Atrás,
perro, (echándose para atrás, cuando intentaba tocar
su ropa aquel soberano) ¿crees que soy como esos
jóvenes infames que te acompañan?". Y rezó: "Señor,
líbrame de las manos de mis enemigos".
Una catapulta de
guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra
orilla del Guadalquivir; como aún vivía, un guardia negro
le cortó la cabeza con la espada. Era el primer cuarto
del siglo X.
Su cuerpo fue
trasladado a León, y más tarde a Oviedo, donde se veneran
actualmente sus reliquias en el monasterio de
benedictinos que lleva su nombre.
Los gays no se
inventaron en el siglo XXI. Ni los mártires. Ya ves,
Pelayo, cuando tanto invertido de uno y otro sexo campea
hoy gritando por sus derechos, tú te quedas en la
Historia como ejemplo de los que mueren por no querer
serlo.
Josemaría
Escrivá de Balaguer, fundador (1902-1975)
Nacido en Barbastro (Huesca) en
1902. Murió en Roma el 26 de junio de 1975. Hijo de José
y de Dolores, que se habían casado en 1898 y que tuvieron
seis hijos. En 1904 cayó gravemente enfermo y los médicos
lo desahuciaron; su madre hizo la promesa (frecuente en
las familias profundamente cristianas) de llevarlo en
peregrinación a Nuestra Señora de Torreciudad donde se
hallaba una ermita accesible sólo a pie o a lomos de mula
y se veneraba la talla de la Virgen del siglo XI, para
que lo salvara.
Estudió el
bachillerato en Barbastro. A los dieciséis años (9 de
enero de 1918) las huellas de un pie en la nieve que
había dejado un madrugador carmelita descalzo, le
hicieron ver que él tenía que hacer "algo" por Dios. Más
tarde llamará "barruntos" a estos pensamientos
persistentes. Dios pedía algo y él no sabía qué era. Rezó
por años pidiendo luz. Decidió hacerse sacerdote
diocesano para estar con plena disponibilidad al querer
divino sólo intuido. Alternó los estudios de Derecho en
la Universidad de Zaragoza con los de Filosofía y
Teología en el seminario. Se ordenó sacerdote el 28 de
marzo de 1925.
El 2 de octubre de
1928 fundó, por inspiración divina, en Madrid, el Opus
Dei, que abre un nuevo camino de santificación en medio
del mundo a través del trabajo profesional en el
cumplimiento heroico de los deberes personales,
familiares y sociales.
Se puso a trabajar con
la clara intención de poner en marcha aquel proyecto del
cielo consistente en mostrar a los cristianos de a pie,
de la calle, que todos están llamados a la santidad; que
no importa la situación económica, ni la edad, ni el
trabajo, ni la situación familiar, política, o social.
Allí donde estaba un cristiano, debía gestarse el santo.
Valía para hombres y mujeres, solteros, casados, viudos y
sacerdotes. ¡Qué más da! Y eso había que hacerlo siendo
uno mismo santo; no era sólo un mensaje, era una llamada
a vivir santamente y a transmitir con la vida propia la
vocación universal a la santidad.
La misión encomendada
era colosal, sólo limitada por la misma extensión del
mundo y por sus millones de habitantes. Aquello sólo era
posible con una profunda vida interior; hacía falta mucha
oración y abundante mortificación, con la compañía de los
más poderosos de la tierra: los enfermos de Madrid que
pudieron gozar de su ministerio sacerdotal tanto en sus
casas como en los hospitales, sin excluir los de
incurables e infecciosos.
Como empezó a unírsele
gente de toda clase y condición, fue viéndose necesario
darle una estructura jurídica a aquél pequeño pero
prometedor número de católicos convencidos de su vocación
a transmitir a sus contemporáneos que Dios los quería
santos "de altar" en medio de las ocupaciones normales y
a través del trabajo profesional. No lo tuvo fácil. El
desarrollo de la labor que Dios quería que hiciera no
tenía camino jurídico dentro del organismo de la Iglesia.
Era un proyecto universal eminentemente laical, y hasta
entonces el derecho eclesiástico se limitaba en lo
universal a la regulación de las familias clericales o de
religiosos; sin embargo, la misión que Dios le
encomendaba era la de promover entre la gente normal ,la
que vive en medio del mundo y en la calle, la conciencia
viva y práctica de estar llamados a la santidad por el
hecho de ser bautizados, y, como consecuencia,
comprometidos a publicar a todos sus hermanos en la fe
que no sólo era posible sino necesario pelear en el sitio
propio de cada uno por la fidelidad al Evangelio; una
verdad que a pesar de ser tan vieja como el cristianismo,
estaba oscurecida en la vida práctica del fiel y en la
teórica de muchos eclesiásticos, porque el ejercicio
heroico de las virtudes , todas, era considerado como
algo elitista, propio y exclusivo de los religiosos y, si
acaso, de algún clérigo.
Desarrolló una
prodigiosa actividad , por más de cuarenta años, en medio
de numerosas dificultades de todo tipo, donde no faltaron
incomprensiones y calumnias; sufrió el recelo de personas
, principalmente entre los eclesiásticos no habituados a
ese modo claro, exigente y recto, que lo juzgaron muchas
veces como malintencionado y en busca de inconfesables
fines; sí, las celotipias de algunos religiosos
conceptuaron poco menos que herética aquella novedad
después proclamada con solemnidad por la Iglesia como
algo perteneciente al genuino ser cristiano, o vieron en
el dinamismo contagioso del Padre y de quienes le seguían
unos rivales o competidores que venían a quitarles la
clientela.
Su enamoramiento de
Jesucristo en la Eucaristía, la filial devoción a la
Virgen santísima y a san José, y la complicidad de los
Ángeles hicieron posible que llevara con fe, alegría y
buen humor esta "persecución de los buenos" como él la
llamó. Su amor incondicional a la Iglesia le fortaleció
en formidable fidelidad frente a los errores, y, en los
últimos años de su vida, le hizo llorar como un niño por
los males de quienes la maltrataban.
Hoy día el Opus Dei es
una Prelatura Personal; consta de un prelado que,
asistido por su presbiterio, pastorea a decenas de miles
de fieles repartidos por los cinco continentes. Los
hombres y mujeres de la Prelatura son de toda clase y
condición; se esfuerzan para ser coherentes con la fe
católica en las circunstancias personales en que cada uno
está; el inalienable deber apostólico lo lleva a cabo
cada uno a la práctica en su entorno, y la vinculación
con la Prelatura se asienta por parte del fiel en el
compromiso de vivir las virtudes cristianas según el
carismático espíritu laical, y por parte de la Prelatura
de prestar a sus fieles la atención espiritual personal y
colectiva necesarias, con metodología peculiar, para
cumplir sus fines sobrenaturales, siempre en perfecta
comunión con la Jerarquía.
La Prelatura del Opus
Dei está extendida por los cinco continentes y cientos de
miles de fieles acuden a la intercesión del beato
Josemaría, que dejó, además de sus libros La Abadesa
de las Huelgas (estudio histórico-jurídico),
Camino, Surco, Forja, Amigos de Dios,
Es Cristo que pasa y numerosas Cartas, un
millar de hijos suyos sacerdotes a su muerte, y...
¿sabes?, le gustaba bendecir las guitarras de los jóvenes
Texto: Archidiócesis de
Madrid -
SANTORAL
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