
San Cleofás, discípulo del Señor (s. I)
Dos veces aparece este nombre en los Evangelios. Una en San
Lucas cuando habla de los dos discípulos que marchaban a Emaús y
la otra en San Juan cuando habla de una "María, la mujer de
Cleofás" que estaba presente en el Calvario, acompañando a la
Virgen, la tarde en que fue crucificado y moría Jesús. Sin que
pueda establecerse con certeza que estos dos personajes fueran
marido y mujer, ya que varones llamados Cleofás debía haber
bastantes en Jerusalén, sí parece que el esposo de esa María del
Calvario debía ser un cristiano bastante conocido entre los
discípulos, cuando San Juan escribe su evangelio y también que
ambos estuvieron muy cerca de los acontecimientos que hoy
narramos.
Es la alborada del Domingo. Unas mujeres enamoradas de Jesús
quieren envolver en lienzos el cuerpo y poner perfumes preciosos,
a la usanza judía, en el cadáver que no pudo prepararse con
finura el viernes por la tarde cuando lo pusieron en el sepulcro.
En aquel momento hubo tanto... tanto dolor y tan poco tiempo que
la noche se echaba encima y solo pudieron improvisar. Hoy,
pensaban, con la luminosidad del día, podremos demostrar con
obras el amor que le tuvimos sin miedo a que sea un obstáculo el
tiempo; sí, hoy será distinto.
El sepulcro está vacío, no tiene cuerpo dentro. Unos ángeles
avisan que está vivo el muerto. Las mujeres, locas de alegría,
nerviosas, corren y transmiten la nueva a los discípulos. Pedro y
los demás no pueden creer ese inusitado acaecimiento.
La distancia de Jerusalén a Emaús es de algo más de diez
kilómetros. Hacia Emaús caminan ese mismo día dos discípulos del
Maestro. Uno de ellos responde al nombre de Cleofás. Van
comentando entre ellos los acontecimientos del fracaso de Jesús
en los días pasados. Como los hombres también lloran, aún
mantienen sus ojos la hinchazón y rojez de abundantes lágrimas
derramadas a moco tendido no hace mucho tiempo, quizá cuando se
despidieron de sus compañeros. Las pisadas son pesadas porque
llevan la amargura en el pecho. Son tantos años juntos, tantas
ilusiones truncadas, tantas promesas secas, tantas alegrías
cegadas... hasta los proyectos del Reino se esfumaron con los
clavos, la cruz y la lanza. Con Jesús muerto mal se anda.
Se les unió un caminante como compañero de camino. Ellos
temían "ofuscada la mirada". Al preguntar qué les pasa, Cleofás
con tono enojado casi le regañó por no estar al día de lo que ha
pasado en la Ciudad Santa. Cuando resumen los hechos tan trágicos
e impresionantes, el viajero les recordó que ya estaba previsto
por los profetas.
Al acercarse a la aldea, el caminante hace intención de
proseguir. Cleofás y su amigo le insistieron: "Quédate con
nosotros, que el día ya declina". El caminante accedió, entró con
ellos en la casa, se sentó a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo
partió en trozos, y se lo dio. En este instante le reconocieron.
Ahora, desandar lo andado para decirle a los hermanos que las
mujeres mañaneras tenían razón no es pesado, es alegría; avanzan
en la noche tan seguros como a pleno día porque lucen mucho las
estrellas, los pasos se han tornado ágiles y firmes, el corazón
late con fuerza, el gozo se ha hecho vida. Notan la vehemencia de
decir pronto a los otros que Jesús sí es el Mesías. Con Jesús
Vivo bien se camina
Texto: Archidiócesis de
Madrid
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