Flora y María († 851)
Los martirologios de Adón, Usuardo,
Maurolico, del obispo Equilino y el Romano hacen memoria de
estas dos vírgenes mártires de Córdoba lo que hace pensar en la
repercusión que debió tener el doble martirio en toda la España
del siglo IX y explicar la rápida difusión de su culto.
Flora es hija de madre cristiana y padre
musulmán. Fue educada por su madre desde pequeña en el amor a
Jesucristo y aprendió de sus labios el valor relativo de las
cosas de este mundo. Tiene un hermano —musulmán fanático— que
la denuncia como cristiana en la presencia del cadí. Allí es
azotada cruelmente para hacerla renegar, pero se mantiene firme
en la fe. El cadí la pone bajo la custodia de su hermano que
ahora tiene el encargo de la autoridad para hacerla cambiar de
actitud. Soporta todas las vejaciones y ultrajes a que la
somete su hermano siempre con la intención de pervertirla.
María es hija de cristianos que han
puesto a su hijo Walabonso bajo la custodia de un sacerdote con
el encargo de educarlo en un monasterio; mientras ella entra en
el cenobio de Cuteclara. Muerto mártir su hermano, se dirige
ahora a la iglesia de san Acisclo después de haber tomado una
firme resolución.
Las dos jóvenes coinciden a los pies de
san Acisclo. El saludo de la paz les ha facilitado abrirse
mutuamente las almas y se encuentran en comunión de
sentimientos, deseos y resoluciones. Se juran amistad para
siempre, una caridad que dura hasta el Cielo.
Se encaminan con valentía al palacio del
cadí y hacen ante él pública profesión de fe cristiana.
Encarceladas junto con prostitutas y
gente de mal vivir, son condenadas por los jueces a morir
decapitadas, no sin el consuelo, ánimo y bendición de san
Eulogio que las conoció. Hecha la señal de la cruz, primero
será la cabeza de Flora la cortada por el alfanje, después
rueda la de María. Sus cuerpos quedan expuestos, para disuasión
de cristianos y demostración de poder musulmán, a las aves y
los perros. Al día siguiente los arrojaron al Guadalquivir.
Sus cabezas se depositaron en la iglesia
de san Acisclo
Texto:
Archidiócesis de Madrid
SAN ANDRÉS DUNG-LAC Y COMPAÑEROS (1820-1862)
Cuando
miramos el firmamento nocturno, vemos cúmulos estelares. Los
santos vienen también en cúmulos. Uno de tales cúmulos de santos
es el de los 117 mártires vietnamitas canonizados en 1988. Al
menos tres oleadas de persecución tuvieron lugar en Vietnam entre
1820 y 1862, cuando un tratado con Francia dio libertad religiosa
a los católicos. De los 117 mártires, 96 eran vietnamitas, 11
españoles y 10 franceses. Cincuenta y nueve eran católicos laicos
y 58 clérigos. San Andrés Dung-Lac, cuyo nombre es citado el
primero en el día de su fiesta, era un cura de parroquia.
Una de las cosas más atractivas de los santos es que provienen de
todos los continentes (excepto la Antártida). Más aún, provienen
de todos los órdenes de la vida, desde los sirvientes hasta la
realeza. Y provienen de toda nacionalidad. Todo tipo posible de
personalidad está representado. Dicho en pocas palabras, los
santos son una completa sección transversal de la humanidad.
Pese a sus enormes diferencias, los santos tienen ciertas
características comunes. La primera es su enorme amor por Dios.
En primer lugar, y ante todo, están enamorados de la divinidad.
En segundo lugar, los santos nos dicen constantemente que no
tengamos miedo. Una y otra vez dicen que mientras Dios esté con
nosotros, ¿quién podría estar contra nosotros? Finalmente, los
santos nos animan a convertirnos en los individuos únicos que
fuimos creados a ser. Ninguno de ellos es igual que otro, y
tampoco deberíamos nosotros ser ninguno, salvo nosotros mismos.
Texto:
Diócesis de Tui -
Vigo