Modesto († 486)
Su apelativo bien pronunciado indica al poseedor
de una virtud altamente costosa de conseguir y dice mucho con
relación a la templanza que ayuda al perfecto dominio de sí. Buen
servicio hizo esta virtud al santo que la llevó en su nombre.
El pastor de Tréveris trabaja y se desvive por
los fieles de Jesucristo, allá por el siglo V. Lo presentan los
escritos narradores de su vida adornado con todas las virtudes
que debe llevar consigo un obispo.
Al leer el relato, uno va comprobando que, con
modalidades diversas, el hombre continúa siendo el mismo a lo
largo de la historia. No cambia en su esencia, no son distintos
sus vicios y ni siquiera se puede decir que no sea un indigente
de los mismos remedios ayer que hoy. Precisamente en el orden de
la sobrenatural, las necesidades corren parejas por el mismo
sendero, las virtudes a adquirir son siempre las mismas y los
medios disponibles son idénticos. Fueron inventados hace mucho
tiempo y el hombre ha cambiado poco y siempre por fuera.
Modesto es un buen obispo que se encuentra con un
pueblo invadido y su población asolada por los reyes francos
Merboco y Quildeberto. A su gente le pasa lo que suele suceder
como consecuencia del desastre de las guerras. Soportan todas las
consecuencias del desorden, del desaliento, del dolor de los
muertos y de la indigencia. Están descaminados los usos y
costumbres de los cristianos; abunda el vicio, el desarreglo y
libertinaje. Para colmo de males, si la comunidad cristiana está
deshecha, el estado en que se encuentra el clero es aún más
deplorable. En su mayor parte, están desviados, sumidos en el
error y algunos nadan en la corrupción.
El obispo está al borde del desaliento; lleno de
dolor y con el alma encogida por lo que ve y oye. Es muy difícil
poner de nuevo en tal desierto la semilla del Evangelio.
Humanamente la tarea se presenta con dificultades que parecen
insuperables.
Reacciona haciendo cada día más suyo el camino
que bien sabía habían tomado con éxito los santos. Se refugia en
la oración; allí gime en la presencia de Dios, pidiendo y
suplicando que aplaque su ira. Apoya el ruego con generosa
penitencia; llora los pecados de su pueblo y ayuna. Sí, son
muchas las horas pasadas con el Señor como confidente y
recordándole que, al fin y al cabo, las almas son suyas.
No deja otros medios que están a su alcance y que
forman parte del ministerio. También predica. Va poco a poco en
una labor lenta; comienza a visitar las casas y a conocer en
directo a su gente. Sobre todo, los pobres se benefician
primeramente de su generosidad. En esas conversaciones de hogar
instruye, anima, da ejemplo y empuja en el caminar.
Lo que parecía imposible se realiza. Hay un
cambio entre los fieles que supo ganar con paciencia y
amabilidad. Ahora es el pueblo quien busca a su obispo porque
quiere gustar más de los misterios de la fe. Ya estuvieron
sobrado tiempo siendo rudos, ignorantes y groseros.
Murió -y la gente decía que era un santo el que
se iba- el 24 de febrero del año 486.
El relato reafirma juntamente la pequeñez del
hombre -el de ayer y el de hoy- y su grandeza
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL