Clemente I , papa († c.a. 97)
La comunidad cristiana de Corinto, radicada
en una de las ciudades más cosmopolitas, dio -mezclados con
muchas alegrías-, algunos motivos de preocupación; ya en
tiempos del apóstol Pablo que adoctrinó a los primeros hubo
problemas con algunos cristianos que perdían su fuerza por la
boca y se mostraron indisciplinados. Años después se repitió la
historia de los carismáticos que no aceptaban someterse a la
autoridad de los legítimos pastores. El papa Clemente tuvo que
intervenir en esos episodios poco agradables, molestos y
preocupantes; era preciso corregir la desunión y evitar el
peligro cismático.
Clemente I, obispo de Roma durante diez
años, mandó a aquellos fieles una espléndida carta que llevaron
Claudio Efebo, Valerio y Fortunato. Está escrita en griego, que
era entonces el idioma oficial, y transportaba a Corinto la
paternal recomendación de practicar la caridad fraterna. No
figura en el escrito el nombre de su autor, pero el análisis
interno induce a pensar casi con certeza que el autor, al ser
obispo y de Roma, debe ser el papa Clemente, el cuarto papa,
tercer sucesor de Pedro, después de Lino y Cleto, por eso se le
atribuye con toda probabilidad. De hecho, así lo entendieron
Eusebio de Cesarea que califica la carta como "universalmente
admitida, larga y admirable", Orígenes y el resto de los
escritores eclesiásticos.
Clemente está incluido en el Canon de la
Misa y aparece mencionado en los antiguos calendarios.
Algunas Actas legendarias -con toda
probabilidad falsas- lo presentan emparentado con la familia
imperial, como si fuera primo de Domiciano, o pariente de aquel
Flavio Clemente al que mandó matar el emperador por el crimen
de "ateísmo". Otros testimonios aducen su condición de liberto
de la casa Flavia; unos afirman que procedía del paganismo,
mientras que otros lo presentan con ascendencia judía. Hay
quien lo quiere identificar con el homónimo mencionado por al
Apóstol Pablo en la carta a los filipenses como colaborador
suyo, y hasta afirma alguno más que fue convertido en Roma por
la predicación de Pedro.
Sea como fuere, a través del escrito se
ve la fina figura de un papa conocedor del Antiguo y Nuevo
Testamento y bien experimentado en el espíritu de oración.
Habla de forma arrebatada de la fe, origen de la disposición
humilde de donde nace la aceptación de la autoridad; expone
-con la seguridad que dan las disposiciones divinas y no las
componendas humanas- la existencia de la autoridad jerárquica
proveniente de la voluntad fundacional de Cristo, y llama a la
comunidad universal de los creyentes "cuerpo de Cristo"
y "rebaño"; no falta el recurso a la "tradición
recibida" para llegar a la concordia de la fe y recuperar
la paz.
Es admirable descubrir con nitidez la
conciencia de su autoridad y de su obligación universal al
intervenir en uno de los primeros conflictos, en virtud de su
suprema autoridad. Con tono dignísimo y de gran solicitud
paternal, Roma ordenó y fue obedecida.
La carta se considera tan autorizada por
los destinatarios que sesenta años más tarde aún se leía a los
fieles, en la asamblea dominical, según consta por testimonio
de Dionisio de Corinto.
Párrafos de la carta de Clemente dan a
entender que se escribió al finalizar una de las persecuciones,
probablemente la de Domiciano, emperador al que el poder lo
cambió inesperadamente de pacífico a cruel.
Clemente murió mártir al final del siglo
I.
En torno a su muerte tampoco falta el
relato imaginativo de las actas tardías (s. IV) configuradas
con una frondosa literatura que intenta realzar la figura del
santo. Suponen que el emperador Trajano le desterró al
Quersoneso, en Crimea, condenándole a trabajos forzados en una
cantera, por negarse a dar culto a los ídolos. La leyenda
referirá abundancia de hechos prodigiosos como el haber sido
arrojado al agua en el mar Negro con un ancla atada a su
cuello; pero un ángel enviado por Dios hizo en el fondo del mar
un magnífico sepulcro de mármol; cada aniversario de su muerte
podían los fieles visitarlo a pie seco y cuando una madre
olvidó en una ocasión allí a su hijo, lo encontró al año
siguiente vivo.
El ancla que está presente en su
iconografía más bien nos sugiere la firmeza de la fe y la
seguridad de la unidad de las que fue Clemente eminente campeón
con su enérgica defensa al mantener el principio de la
autoridad primacial de la sede romana. En medio de las
persecuciones, es el obispo de Roma la indiscutible voz suprema
del magisterio.
Santa Lucrecia, mártir (c. 281 y 313)
Según el Martyrologium Usuardi († 877)
aparece distinta de su homónima, compañera de S. Eulogio de
Córdoba, celebrada en las "Kalendas Junii", el 23 de Noviembre.
El Martyrologium Romanum dice que sufrió
martirio en la persecución de Diocleciano, bajo "Daciano
praeside".
En otros tiempos fue muy venerada en la
ciudad, donde tenía una basílica dedicada, según el autor de
las "Vitas Sanctorum Patrum Emeritensium", Doctor D. Aquilino
Camacho.
No se ha identificado en la ciudad de
Mérida la iglesia de la santa. Es posible que esté en el
recinto de la alcazaba árabe. Para Moreno de Vargas es posible
que fuera la ermita de la advocación de Nuestra Señora de
Loreto, existente en su época.
Su devoción se extendió a la región de
Bráccara, apareciendo en los censales de algunas parroquias. Su
culto no se restablece después de la reconquista.
San Columbano, Abad († 615)
Nació en la primera mitad del siglo VI,
en Irlanda, y recibió una esmerada formación en ciencias
sagradas y profanas.
Se hizo monje. Fundó varios monasterios
en Francia, Alemania, Suiza e Italia que gobernó con una rígida
disciplina de austeridad que está descrita en las diversas
reglas que para ellos escribió.
Murió el año 615, en el monasterio de
Bobbio, después de haber llevado una vida ejemplar como
cristiano y como religioso.