San Mauricio y compañeros mártires (s. III)
San Euquero, muerto a mediados del siglo V, quiso
recoger por escrito las tradiciones orales para
"salvar del olvido las acciones de estos mártires".
Su relato está escrito a la distancia de siglo y
medio adelante de los hechos descritos que siempre
fueron propuestos con valor de ejemplaridad y por
cristianos que cantan las glorias de sus héroes. Es
decir el relato euqueriano presenta algunos
elementos del género épico, pero es innegable que
la verdad cruda, histórica y real aparece bajo la
depuración de los elementos innecesarios.
¿Qué fue lo que pasó?
Diocleciano ha asociado a su Imperio a Maximiano
Hércules. Ambos son acérrimos enemigos del nombre
cristiano y decretaron la más terrible de las
persecuciones.
En las Galias se produce una rebelión y
Maximiano acude a sofocarla. Entre sus tropas se
encuentra la legión Tebea procedente de Egipto y
compuesta por cristianos. Su jefe es Mauricio que
antes de incorporarse a su destino ha visitado en
Roma al papa Marcelo. En los Alpes suizos, antes de
introducirse por los desfiladeros, Maximiano ordena
un sacrificio a los dioses para impetrar su
protección en la campaña emprendida.
Los componentes de la legión Tebea rehusan
sacrificar, se apartan del resto del ejército y van
a acampar a Agauna, entre las montañas y el Ródano,
no lejos del lado oriental del lago Leman.
Maximiano, al conocer el motivo de la deserción,
manda diezmar a los legionarios rebeldes,
pasándolos a espada. Los sobrevivientes se
reafirman en su decisión y se animan a sufrir todos
los tormentos antes que renegar de la verdadera
religión.
Maximiano, cruel como una fiera enfurecida,
manda diezmar una segunda vez la legión formada por
soldados cristianos y doblegarla. Mientras se lleva
a cabo la orden imperial, el resto de los tebanos
se exhortan entre sí a perseverar animados por sus
jefes: Mauricio ("negro" o "moro"), Cándido
("blanco") y Exuperio ("levantado en alto").
Encendidos con tales exhortaciones, los soldados
envían una delegación a Maximiano para exponerle su
resolución: que obedecerán al emperador siempre que
su fe no se lo impida, y que, si determina hacerlos
perecer, renunciarán a defenderse, como hicieron
sus camaradas, cuya suerte no temen seguir.
Viendo el emperador su inflexibilidad, da
órdenes a su ejército para eliminar a la legión de
Tebea que se deja degollar como mansos corderos. En
el campo corren arroyos de sangre como nunca se vió
en las más cruentas batallas.
Victor ("victorioso"), un veterano licenciado de
otra legión, pasa por el lugar mientras los
verdugos están celebrando su crueldad. Al
informarse de los hechos se lamenta de no haber
podido acompañar a sus hermanos en la fe. Los
verdugos le sacrifican junto con los demás.
Sólo conocemos el nombre de estos cuatro
mártires, los otros nombres Dios los conoce. Según
San Euquero la legión estaba formada por 6.600
soldados.
Ya en el siglo IV se daba culto en la región a
los mártires de Tebea. Luego, la horrenda matanza
de militares que se dejó martirizar por su fe en
Cristo dio la vuelta al mundo entre los bautizados.
Los que por su oficio tuvieron que pelear mucho, a
lo largo de los siglos se acogieron a San Mauricio
y a sus compañeros en las batallas (el piadoso rey
Segismundo, Carlomagno, Carlos Martel, la Casa de
Sabolla, las Órdenes de San Lázaro y la del Toison
de Oro, el mismo Felipe II...). Y hasta el mundo
del arte dejó para la posteridad, en los pinceles
del Greco, la gesta de quienes habían aprendido
aquello de que es preciso obedecer a Dios antes
que a los hombres y prefirieron
consecuentemente perder la vida a traicionar su fe