Santa Cecilia, virgen y mártir († s.
III)
La antigüedad de su
martirio y la amplitud de su recuerdo hicieron que su
nombre esté presente en el canon de la Misa. También por
este motivo, son numerosas las dedicaciones de templos a su
nombre y puestos bajo su protección.
Lo extraño es que a pesar de tanta y
tan notoria devoción se sepa tan poco de su vida; y digo
saber, porque lo que nos ha llegado contado sobre su
martirio en la "pasión", escrita muy tardíamente (s.
VI), no es fiable desde el punto de vista histórico.
Suelen presentarla como perteneciente
a una familia ilustre, de la nobleza romana, del linaje de
los Cecilios, anteriores a Cristo y emparentados con
Metelos y Pomponios. A Cecilia le señalan como antepasadas
a Caya Cecilia y a Cecilia Metea, sin que en realidad sean
estos datos demostrables; colocarla dentro de la flor y
nata de los patricios romanos podría deberse al vivo deseo
de ensalzar la figura de la santa o a la necesidad de
cubrir la ausencia de datos con una mera posibilidad.
Dicen que se quedó huérfana desde
pequeña, que la instruyó en la fe el obispo Urbano y que se
bautizó a los trece años. La presentan los escritos
dedicada a la oración, con obras de penitencia y asistiendo
a los oficios de culto sin remilgos ni disimulos, aunque
los tiempos no estaban para muchos aspavientos. ¡Qué otra
cosa podían hacer los dados a la hagiografía si tienen que
hablar de la vida de una santa y no disponen de materiales
que le sirvan para su intento! Es lógico que apliquen a su
figura todas las virtudes que son concebibles en su vida
cristiana y quizá también deseen hablar de las que deberían
tener los lectores de su vida para sentirse animados a su
imitación. Se muestran extremadamente explícitos en hacer
mención de la generosidad que Cecilia demostraba con las
colas de pobres que se acercaban a la puerta de su casa en
la Vía Apia donde siempre había un plato de sopa caliente y
unas limosnas. Y aún son más las alabanzas a la santa
cuando se explayan en poner de relieve la radicalidad de su
fe hasta el punto de formular en su temprana edad un voto
de castidad que puso bajo la custodia de su Ángel.
Lo sorprendente para el hombre de
nuestro tiempo tan refinado y culto es que contrajo
matrimonio con Valeriano y fue en la misma noche de bodas,
después de las capitulaciones matrimoniales, cuando
manifestó a su esposo el voto de virginidad que había hecho
y lo importante que era respetarlo porque era nada menos
que su ángel quien la defendería ante cualquier atropello.
Pero lo más insólito del caso es que Valeriano -mucho debía
amarla- no se sintiera defraudado por tal planteamiento y
aceptara la condición de buen grado.
Valeriano y su hermano Tiburcio son
dos mártires bien documentados en la iglesia de Roma. Se
convirtieron del paganismo a la fe y dieron su vida por
ella. Igual que Cecilia que fue condenada a muerte por
decapitación, probablemente en tiempos de Marco Aurelio,
sin que los primeros golpes de hacha sobre su cuello le
llegaran a hacer daño.
Tampoco se sabe muy bien de dónde le
viene a la santa su patronazgo sobre la música ni su
protección a los amantes de las corcheas. ¿Sería por
aquello de que "cantaba a Dios en su corazón"? Eso es lo
que sucede cada vez que se reza a Dios con toda el alma.
Quizá alguien, al leerlo en su passio, llegó a
pensar en Cecilia, soprano acompañada de instrumentos
musicales, y luego se decidió a divulgar la figura
pintándola con su órgano.
Aunque no siempre fue así; Stefano
Maderna, artista no muy conocido, esculpió la figura de
santa Cecilia en mármol de Carrara, haciendo una estatua
yacente, con las manos entrelazadas, mostrando una el dedo
índice y la otra tres, simbolizando la fe inquebrantable en
la unidad divina y en la trinidad de personas. En el altar
mayor de la iglesia de su nombre, en el Trastévere romano,
puede contemplarse la efigie junto a las reliquias
milagrosas de la santa.
Como Cecilia ya trasciende el tiempo
y está por encima de los defectos humanos que ella sabe
comprender y disculpar, atenderá la súplica de los aún
viandantes para formar parte un día del maravilloso coro
del cielo, sin importarle mucho que seamos sordomudos,
tengamos mal oído o no seamos capaces de disfrutar del
pentagrama.
Texto:
Archidiócesis de Madrid