Deogratias, confesor († 456)Con
el rey de los vándalos Genserico - hijo ilegítimo de Godegiselo-
al frente, los bárbaros pasan Hispania y llegan hasta África. Son
arrianos y frecuentemente calificados como gente cruel, dura,
inclemente y devastadora.
Cartago fue invadida en el año 439 y allí es el lugar
geográfico en donde tiene lugar nuestro relato hodierno. Los
nuevos dueños hacen según costumbre una limpieza general entre la
gente más influyente en el pueblo; a los nobles que no matan los
destierran; los obispos son considerados igualmente como un poder
digno de tener en cuenta a la hora de asentar los territorios
conquistados y se les pone más allá de las fronteras por lo poco;
los bienes materiales de unos y otros son incautados y pasan a
otras manos, porque para algo son las guerras. Ya el obispo
Quodvultdeus fue metido con otros en una nave a la deriva y
colocados en algún punto del amplio mar para morir sin remedio.
De este modo, estuvieron los fieles de Cartago sin pastor por
catorce años.
A ruegos del emperador Valentiniano III permitió Genserico que
fuera mandado a aquellos cristianos romanos un obispo; se llamaba
Deogracias y recibió la consagración en el año 453. Un hombre
probo, limpio, sabio y santo.
Roma era un fruto sumamente apetecido para los bárbaros.
Genserico le puso sitio con su ejército y la toma en el año 455.
Cada rincón de la Ciudad Santa muestra en los catorce días de
saqueo las consecuencias de la invasión bárbara; se ven incendios
y hay destrucción por todas partes. Los tesoros cambian de mano
porque son el botín y una parte de la población es llevada
cautiva a África. Los prisioneros se distribuyen entre los
vándalos y los mauritanos naturales del país produciéndose en
cada caso un drama personal: las familias han quedado rotas, los
padres son separados de sus hijos y las esposas están sin sus
maridos.
El obispo Deogracias realiza una labor humanitaria de primer
orden -que es obra de misericordia- en esta coyuntura de
emergencia. Vende los vasos sagrados de oro y plata que están al
servicio del altar para rescatar a los cautivos pagando su
precio; habilita los templos de san Fausto y san Severo para que
sirvan de hospital, asilo y residencia donde se pueda prestar un
socorro inmediato a los enfermos y a los más débiles; él mismo no
se dispensa de atender personalmente a los que están cerca con el
peso de la cruz a sus espaldas dándoles el apoyo y consuelo que
necesitan. Reza y hace; es lo que manda la caridad.
En Cartago se palpa lo evidente. Todos miran en Deogracias a
un adelantado de los derechos humanos que aún no se
habían inventado. Lo hizo tan bien al susurro de la caridad que
los envidiosos aún quisieron quitarlo de en medio sin que el buen
Dios les diera esa oportunidad porque se lo llevó antes, justo en
el año 456