Nicolás de Flüe, confesor (1417-1497)
Suiza en los siglos XIV y XV está empapada de corrientes
espirituales que son propicias para la ascesis y para las
visiones. Y no solamente se dan entre los clérigos o en los
claustros de los monasterios; han trascendido también al laicado
y en cualquier esquina o iglesia puede uno toparse con gente que
transmita experiencias sobrenaturales habidas en la intimidad de
la oración.
Nicolás de Flue es un santo suizo y de esta época. Soporta
sobre su figura, no legendaria sino bien probada por la historia,
la dignidad nacional tanto por parte de los protestantes como de
los católicos, dada la curiosa complejidad que desde siglos lleva
consigo el pueblo suizo, aunque ciertamente unos y otros lo
tienen como personaje emblemático por distintos motivos; los que
se llaman reformadores lo miran desde la cara política y los
católicos añaden el matiz espiritual.
Nació en el 1417, justo el año en que termina el Cisma de
Occidente con la elección de Martín V como Papa por el concilio
de Constanza. En familia de católicos campesinos, se ocupa de los
trabajos del campo, pero es asiduo a la oración y practica el
ayuno como cosa habitual cuatro días por semana. Se casa cuando
tiene treinta años con Dorotea Wyss. La unidad familiar dura
veinte años, tienen 10 hijos, uno de ellos llega a frecuentar la
universidad y el mayor consigue ser presidente de la
Confederación. Siendo Nicolás un hombre de paz, tuvo que
intervenir en tres guerra, en la de liberación de Nüremberg, en
la vieja de Zurich y en la de Turgovia contra Segismundo.
En el año 1467 da comienzo la parte de su vida que, aunque
llena de contradicciones, es la forja de su santidad y de su
fecundidad política. Veámosla. Tiene cincuenta años y con el
permiso de su esposa y de sus hijos se retira a vivir como
eremita en la garganta de Ranft. Vive entregado a la meditación
preferentemente de la Pasión del Señor que contempla siguiendo
los distintos episodios, como hicieron Juan Ruysbroeck y Enrique
Suso. Obtiene un alto y profundo conocimiento de la Santísima
Trinidad. Hace notable penitencia y practica riguroso ayuno. La
celda que le han construido los paisanos solo dispone de una
ventana para ver los oficios del sacerdote y otra para contemplar
la naturaleza de Unterwald. El obispo de Constanza va a bendecir
el lugar que se convierte en centro de peregrinación. El
contenido será el culto a la Eucaristía y el motivo el hecho
milagroso del ayuno absoluto y prolongado de Nicolás. No prueba
bocado en veinte años; sólo ingiere la Eucaristía y una vez come
porque lo manda su obispo para probar su obediencia, humildad y
el carácter sobrenatural del ayuno. Aquí tiene visiones
sobrenaturales y de aquí arranca su energía y acierto para
enfocar los asuntos políticos que darán a Suiza estabilidad y
forma de gobierno peculiar.
El místico pacificador y salvador de la patria suiza fue juez
y consejero en su cantón; también Diputado en la Dieta federal en
1462 y rechazó la jefatura del Estado. En 1473 propicia y
consigue se firme el tratado de paz perpetua con Austria. En la
Dieta de Stans del 1478 evita la guerra civil, consiguiendo el
milagro de la reconciliación. Su obra política no fue sólo
coyuntural, sino que hizo técnicamente posible la realidad de la
patria común suiza.
Se cierra su vida con una enfermedad cargada de dolor y de
sufrimiento que lleva con paciencia tan grande como su pobreza.
Después de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, muere el 21
de marzo de 1487.
Desde el siglo XVI tanto los protestantes como los católicos
requieren su patronazgo; unos por sus recomendaciones de
mantenerse dentro de las fronteras, por los razonamientos que les
ayudan a lo mezclarse en políticas extranjeras y por la cuasi
prohibición de mostrar interés por la política europea; los
otros, por ser un gran político que saca su genio de la condición
de santo y fiel.
Sea como sea, Nicolás supo articular, unir y compaginar de un
modo asombrosamente original lo que a la mayoría de los mortales
nos parece un imposible contradictorio: Cuidó con esmero las
cosas de la tierra y amó intensamente las del cielo; fue un
hombre con una actividad incansablemente eficaz, sin dejar de ser
contemplativo; es a la vez casado y eremita; resulta al mismo
tiempo el primer político y el más grande santo; tiene la extraña
sabiduría que valora lo poco nuestro y la inmensidad de lo
divino.
Los católicos comenzaron en el 1591 el proceso de canonización
que no llega a promulgarse -un dato contradictorio más- hasta el
1947 por el papa Pío XII, el mismo día de la Ascensión. Han
pasado más de 350 años y es que la santidad, antes de ser
oficialmente reconocida, está supeditada a las contingencias
históricas