Santos:
Pedro Damián, obispo y doctor
Maximiano y Severiano, Félix, Gundeberto, Paterio, Antimo, obispos
Zacarías, patriarca
Randoaldo, monje
Vérulo, Félix, Secundino, Saturnino, Fortunato, Siricio, Sérvulo,
Claudio, Sabino y Máximo, Pedro Mavimeno, mártires
Leonor, reina
Irene y Vitaliana, vírgenes

San Pedro Damiani, obispo y
doctor de la Iglesia (1007-1072)
Las dos facetas de su vida, reformador del
monacato occidental y legado político-religioso _de alta política
internacional_ de los papas, hicieron a Pedro Damián uno de los
hombres más excepcionales del siglo XI con una influencia
decisiva para poner orden en la maltrecha Iglesia de aquella
hora. Al lado de san Romualdo, fundador de los camaldulenses, san
Juan Gualberto, san Nilo y del monje Hildebrando _futuro Gregorio
VII_ fue uno de los hombres más beneméritos e insignes.
San Juan de Lodi, su sucesor como abad y luego obispo de Gobbio,
escribió su vida.
Pedro nació en Rávena en el año 1007 en una familia numerosa y
pobre. Fue el hijo último; pronto quedó huérfano y al cargo de
uno de sus hermanos mayores que lo trató con dureza extrema, casi
como a un esclavo, teniéndolo descalzo y a medio cubrir con
andrajos, encargado de cuidar de los animales de la granja. Visto
en esa situación lo tomó otro hermano a su cuidado; era Damián,
con corazón bueno; tan grande fue el cambio, que Pedro no
olvidará el gesto y añadirá en adelante, como su segundo nombre,
el de su hermano Damián.
Rávena, Faenza y Parma lo tuvieron como alumno. Sintió la llamada
poderosa e irresistible a la vida de entrega a Dios, se dedicó al
ayuno, a pasar vigilias en oración y a practicar esa
mortificación que asusta. ¿Más? Abandonó el mundo y se retiró al
monasterio de Fonte-Avellana _fundado por Landorfo, discípulo
directo de san Romualdo_ a buscar apartamiento absoluto entre los
camaldulenses sin importarle renunciar a la cátedra de Parma. Se
tomó tan a pecho la entrega que cayó enfermo y fue necesario
mitigar el rigor de la penitencia y dedicarse más al estudio de
la Sagrada Escritura. A la muerte de Landorfo lo eligieron abad.
No dejó Regla escrita, pero sí quedó patente entre los monjes su
espíritu: absoluto silencio, trabajo manual básico para vivir,
mezcla de vida solitaria en celdas separadas y algunos actos
comunes, mucha oración y abundante lectura espiritual. Fundó el
monasterio de Nuestra Señora de Sitria y otros cuatro centros
ermitaños más. El asceta, fundador y maestro de monjes, mantuvo
durante este tiempo contacto epistolar con otros monasterios y
con seglares; en sus cartas está siempre presente la misma
cadencia: exaltación de la vida austera y penitente y la
necesidad de corregir los vicios capitales que estaban haciendo
estragos en la sociedad y en la Iglesia.
La segunda parte de su vida está llena de encargos y legaciones
apostólicas; los papas recurren a él encomendándole asuntos que
le llevaron a una actividad incesante para contribuir a mejorar
la triste situación de la Iglesia del año 1044, después del
tristemente célebre papado de Benedicto IX (1032-1044), cuando
todo es una pandemia de simonía y concubinato.
En 1046, Pedro Damián asistió en Roma a la coronación de Enrique
III, emperador del Sacro Imperio romano, que puso
providencialmente término al actual estado de cosas. En 1047 está
presente en el concilio de Letrán que promulgó ya varios decretos
de reforma. Al regresar a Fonte-Avellana para recuperar su vida
de penitencia y soledad es cuando se hace palpable la influencia
de su espíritu y lo grande de su prestigio; escribió al papa
Clemente II para que dé impulso a la reforma, y escribe su libro
Gomorriano _recuerdo de Gomorra_ o de los Incontinentes con el
que anima a papas y dirigentes a poner remedio al mal.
El papa Esteban IX (1057-1058) lo nombró cardenal-obispo de Ostia
(decano del sagrado colegio de cardenales) en 1057, a pesar de su
resistencia; no tuvo el pobre Pedro Damián más remedio que ceder
para no incurrir en la excomunión con que se le amenazó si osaba
negarse una vez más. Prematuramente muere el papa y se van al
traste las esperanzas de reforma. Hay un intento de renuncia y de
refugiarse en Fonte-Avellana, pero el papa Nicolás II, en 1059,
lo hace legado para Milán; allí se soporta desde hace tiempo una
desesperada situación por la simonía y la lujuria de los
clérigos; convocó un sínodo y llegó a restablecerse el orden,
terminando con el escándalo.
El papa Alejandro III (1061-1070) aprovechó su celo y servicios
extraordinarios. Pedro Damián sacó abundantes escritos _irónicos,
iracundos, anatematizantes y apocalípticos_ a la asamblea de
Augsburgo para acabar con el cisma, porque hay antipapa.
Otra legación _acompañado ahora por Hugón de Cluny_, fue en 1063;
debía intentar poner freno a Drogon, obispo de Maçon, y
restablecer la justicia lesionada en la abadía de Bourgogne y
otras cluniacenses como Limoges, San Marcial y Sauvigny.
Se vio obligado a intervenir ante el joven rey Enrique IV en
defensa de los derechos pontificios.
No pretendía Pedro llevar una vida de incesante viajar. Pidió un
descanso merecido al papa Alejandro II y que se le aceptara la
renuncia a todas sus dignidades; pero Hildebrando _que era
cardenal desde que Gregorio VI echó mano de él para que le
apoyase en la necesaria reforma_, como sabe la calidad de Pedro
Damián y conoce sus cualidades, le puso todas las dificultades
posibles hasta llegar a amenazarle cariñosamente con "ponerle una
penitencia de cien años" que el buen monje-obispo-cardenal-legado
Pedro Damián acepta complacidísimo con tal de retirarse a Fonte-Avellana.
Ya estaba harto de gestiones, concilios, reyes, contubernios
eclesiásticos, cismas y _con todo respeto_ de papas débiles.
¿Más servicios? En 1066 se le vio, por mandato de la Santa Sede,
en Montecasino para solucionar el conflicto con los monjes de
Vallehumbrosa. Se desplazó a Alemania porque Enrique IV intentaba
su divorcio matrimonial y era preciso dejar claro _sin nefastas
transigencias_ ante el concilio los principios de moral
cristiana. También fue preciso arrimar el hombro para reconciliar
a su querida Rávena natal con el papa, lo hizo como legado, en
1072. Precisamente cuando iba a dar cuentas a Roma de ésta última
gestión se puso muy enfermo en Faenza, lo llevaron al monasterio
de Nuestra Señora de los Ángeles, donde murió el 21 de febrero de
1072.
Así, con sus escritos, (Damián fue uno de los más prolíficos y
elegantes escritores en latín del periodo medieval, y dejó un
extenso cuerpo de textos teológicos escritos en varios géneros,
sin que falten himnos que aún transmiten emoción y ternura,
siendo el que propagó la costumbre de consagrar el sábado a la
Virgen María _por todo ello León XII le declaró doc-tor de la
Iglesia _) y gracias a su vida ejemplar pudo ser el precursor de
la gran reforma llamada gregoriana por llevarla a término feliz
el papa Gregorio VII _antiguo monje Hildebrando_ desde que lo
elevaron a la sede de Pedro en 1073.
Quien se hubiera hecho la idea de que el monje es
un ser extraño, desconocedor de lo que pasa a su alrededor, un
tanto ignorante, más bien con cara de bobo y espíritu bonachón,
un ser pusilánime y apocado ante la dureza de los problemas que
trae la vida, y que deja todo en manos de la Providencia mientras
disfruta de la vida coloquial con Dios entre el murmullo del agua
del riachuelo y el trino de los pájaros, se ha equivocado de
plano. Sentir con la Iglesia y vivir en tensión de amor a Dios
hace que las preocupaciones y males de los otros se sientan más
crudamente y se esté dispuesto a poner con energía los medios
necesarios para hacer triunfar el Reino de Dios, aunque cueste la
misma vida. El eficaz Pedro Damián, monje como el más enamorado
del monacato, sirvió a la Iglesia intentando dar solución a los
más enrevesados problemas. Es palpable que la inmensa mayoría de
sus contemporáneos seglares no hubieran podido ni siquiera arañar
lo que él realizó, aunque ello le llevara a tener que fastidiarse
sin poder disfrutar de la soledad que por vocación le hubiera
gustado tener
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL
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