Martin Dumiense, confesor (c.a. 515-580)
Dumio, situado geográficamente cerca de Braga - la capital del
reino de los suevos-, distingue del otro Martín de Francia a
nuestro Martín. Fue el apóstol de los suevos a los que convirtió
al catolicismo. El testimonio de san Isidoro de Sevilla señala el
560 como fecha de la conversión. Eran los suevos un pueblo
indomable y el terror de Roma; atravesaron las Provincias y
pasaron sus fronteras; se trasladaron de las riberas del Rhin a
las del Miño; arrasaron a los francos y pasaron el Pirineo; luego
se reparten las tierras de Galecia y ponen su capital en Braga;
llegaron a bajar hasta la Bética y conquistaron Sevilla en las
tierras llanas. Transcurre la vida del santo en el siglo VI.
San Martín Dumiense, según conocemos por el epitafio de su
tumba que escribió él mismo, era oriundo de Panonia, en la actual
Hungría. Debió nacer entre el 510 y el 520. Quiso vivir el don de
la fe en las mismas fuentes. Peregrina a Palestina con la avidez
de conocer, pisar, besar y tocar la tierra de Cristo; allí
aprovecha su tiempo entre oración, mortificación, y el estudio
del griego que le contacta con los santos Padres primeros. Luego
pasa por Roma, donde murió y vive Pedro. Atraviesa el reino de
los francos donde se encuentra con los suevos y aprovecha la
oportunidad de hacer apostolado con este pueblo.
Karriarico, rey suevo arriano -habían caído los suevos en el
arrianismo por la actividad del gálata Ayax, enviado por
Teodorico- mandó embajada noble para pedir en la afamada y
milagrosa tumba de san Martín de Tours el portento de la curación
de su hijo. Era ya la segunda vez que lo hacía, la primera misión
no dio el resultado apetecido; ahora manda la ofrenda del peso de
su hijo en oro y plata y presenta la promesa de conversión si
obtiene del santo de Tours lo que humildemente pide. Y se cura el
vástago del rey suevo. Es la ocasión para dejar el arrianismo.
San Gregorio de Tours narrará, como testigo presencial, --dejando
en el relato el polvo de la leyenda-- el ruego de la doble
embajada y la posterior conversión del bravo pueblo suevo.
Así fue como pasó el presbítero húngaro Martín a Galecia, de
mano de sus casi-paisanos, los belicosos emigrantes
centroeuropeos. En Dumio funda un monasterio para la alabanza
divina, la oración, el recogimiento, la difusión de la fe y la
atención del pueblo ¡Bien conocida tiene la necesidad de la
oración para extender el Evangelio! Quizás conoció el estilo de
Arlés y posiblemente tuvo referencias de la regla de san Benito,
pero aquí los monjes se gobiernan al ritmo que marca el abad --y
ya obispo-- Martín de Dumio.
Regula la vida del clero formándoles según los cánones y los
acuerdos de los concilios españoles y africanos; atiende celoso
al campesinado donde abundan las supersticiones paganas, célticas
y germánicas. Encarga a su monje Pascasio la traducción de "Las
palabras de los ancianos" y él mismo traduce "Las
sentencias de los Padres egipcios"; escribe para los suyos
otras sabrosas obras de piedad, ascéticas y doctrinales, --Formula
vitae honestae y De correctione rusticorum-- como
tratados cortos y monográficos que rezuman sabiduría humana al
estilo de Séneca y espíritu cristiano.
Contribuyó a la conversión de los suevos al catolicismo. En el
concilio de Braga del 561 --como un precursor de san Ildefonso en
el III de Toledo-- se ha logrado la conversión del rey y del
pueblo, se establece la unidad y se tiene el gozo de escuchar la
fórmula del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo".
Murió en el año 580