Euquerio, obispo (c.a. 690-743)
Natural de Francia y nacido de familia noble
alrededor del año 690, en Orleáns.
Dice la leyenda que su madre era piadosísima y
que poco antes de tener al hijo tuvo un sueño angelical. Sí, una
criatura celeste le anunciaba que iba a ser madre de un futuro
obispo muy santo. Y es que hubo un tiempo en que las biografías
de santos tenían poco «gancho» si no se presentaba su figura con
títulos de gran alcurnia y con abundancia de datos
sobrenaturales.
Normalmente las cosas de Dios suelen ser más
simples y sencillas y el santo se forja en el continuo juego de
la correspondencia a la gracia, teniendo con frecuencia los
altibajos que dependen tanto de los dones otorgados -y esto sólo
lo puede medir el Espíritu Santo- como de la generosidad en la
respuesta del que los recibe -siendo esto cosa muy difícil de
calibrar.
El caso es que nació como todos los niños y con
la acción de gracias de los padres, como es lo normal. De niño se
inicia en el conocimiento de las letras y cuando joven le
entusiasman los conocimientos propios del saber de la época; se
adentra en las artes y en las ciencias; le gusta la filosofía y
prefiere ante todo la teología. Al calor de la devoción sincera
con la Virgen comienzan a señalarse rasgos de profundidad en la
virtud.
Cuando Leodoberdo es obispo abraza el estado
clerical. Luego se hace monje en el monasterio de Jumièges, a
orillas del Sena, cerca de Ruan; al parecer es uno de los lugares
santos de más estricta observancia. A la oración y la penitencia
propia del monasterio añade el estudio de los sagrados cánones y
de los santos Padres. Recibe el Orden Sacerdotal y se adentra en
la Eucaristía con lágrimas en los ojos.
Muerto Severo, obispo de Orleáns, es propuesto
para obispo de la sede vacante. Tiene que ser Carlos Martel, el
rey merovingio hijo bastardo de Pipino de Heristal, quien casi le
obligue a aceptar, una vez vencida la resistencia personal a
abandonar el silencio del claustro y la compañía de sus hermanos
monjes. Pensaba en aquel momento que las «dignidades» bien
podrían ser causa de condenación.
Parece que le va bien el oficio de obispo, un
tanto extraño para un monje. Desempeña su ministerio con un celo
poco usual. Cuentan los cronicones que entra de lleno en cuidar
la disciplina eclesiástica ya que está convencido de que el buen
ejemplo es la primera predicación al pueblo. Y así sucedió. Con
un clero bien dispuesto, llegan tempranos los frutos que pudo
recoger: hay reforma en las costumbres del pueblo; se da una
vuelta a la piedad sincera. Incluso se traspasan los límites de
la diócesis de Orleáns que agradece de modo ostensible el
recibimiento a su obispo-padre hasta en los lugares más remotos.
No iba a estar exenta esta santa vida y labor de
cruces que purifican ni de la acción de los que padecen el tic de
la envidia que siempre y en todo lugar fueron muchos. Aquí
también. Soliviantan los ánimos de Carlos Martel, cuando regresa
de Aquitania, volviéndolos en contra de su protegido de otro
tiempo porque tuvo el valor de enfrentarse el rey franco
defendiendo los bienes de la Iglesia al utilizarlos como fondos
para sus campañas guerreras. Los envidiosos supieron aprovechar
bien el momento y echaron leña al fuego hasta levantar una
hoguera de tamaño natural. El resultado fue el destierro del
obispo Euquerio que muere el 20 de febrero del año 743 en la
abadía de Tron donde pasó en humilde y escondida santidad sus
últimos seis años
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL