Álvaro de Córdoba, beato (†
1430)
No hay que confundirlo con el conocidísimo Álvaro
de Córdoba (Paulo) que vivió en el gran siglo IX de los mártires
cordobeses y que fue íntimo amigo del mártir san Eulogio,
desempeñando un gran papel de apologeta en la España mozárabe de
los Omeyas, carteándose con su maestro Espeaindeo, dejando
escritos -aunque en bajo latín- que defendían los misterios de la
fe cristiana con un apasionamiento y una fortaleza inusual aún
cuando ponía en peligro su vida. Éste fue un hombre casado y con
hijos, fuerte en la fe, íntegro en la verdad de la coherencia,
intelectual vibrante hasta el agotamiento que vivió practicando
la vida de fe que profesaba en un continuo alentar a los
creyentes en Cristo en tiempo realmente muy cuesta arriba que
llevó a bastantes, incluso a pastores cualificados, a la
apostasía de la fe. Nunca admitió la componenda ni el rebaje de
los compromisos adquiridos. Estuvo al lado de sus hermanos
sufrientes, minusvalorados, arrinconados, maltratados
socialmente, a veces perseguidos y algunos martirizados. Murió en
pobreza con la entereza de la fe. Quizá mereciera ser llevado a
los altares y servir de ejemplo y ayuda para los audaces que en
todo tiempo y en cualquier lugar del mundo se ven forzados a
defender su condición cristiana. Pero eso no nos corresponde a
nosotros. De hecho, la grandeza de este Álvaro es notable; pero
no ha sido invocado como santo en la Iglesia universal y no
aparece, a pesar de su grandeza, entre los santos de su tiempo
que pasaron por el martirio dejando su sangre. Pertenece al
numerosísimo grupo de santos anónimos que hicieron «los moros»
mientras tuvieron al cordobés dominado.
Álvaro de Córdoba, el beato, es otro no menos
insigne en sus obras, santidad y apostolado, no menos grande por
lo difícil que lo tuvo en las circunstancias del siglo XV, ni
menos incisivo en la repercusión posterior de su obra. Nació a
finales del siglo XIV y murió en el año 1430.
Pasa primero su vida entre el claustro y la
docencia en la Universidad de Salamanca. En los albores del siglo
XV deja la cátedra para recorrer los senderos de España,
Provenza, Saboya e Italia, vibrante de inquietud y con dinamismo
paulino, aguijoneado por la urgencia del apostolado. Los tiempos
son difíciles, malos; pasó la peste negra asolando Europa y
dejando los conventos vacíos que luego intentaron llenarse con
gente no preparada con lo que decayó la tensión religiosa. La
corrupción de costumbres es en hecho generalizado; los pastores
sestean. Hay, con ínfulas de legitimidad, tres tiaras; unos
obedecen como legítimo al papa de Avignón, otros al de Roma y
otros al que está en Pisa. A Álvaro le duele el alma; predica,
observa, reza y hace penitencia por la unidad tan deseada.
A su vuelta a España lo nombran confesor de la
reina Catalina de Lancáster y de su hijo Juan II. Pero Álvaro
deja pronto la corte porque anhela la reforma dominicana. Ya
obtiene los permisos para establecer conventos reformados en los
reinos de España; Martín V lo hace prior de todos los conventos
dominicos reformados en España; funda Escalaceli a siete
kilómetros de Córdoba, primero de los reformados de la Orden
dominicana que muy pronto se extenderá con Portaceli en Sevilla.
Enamorado de la Pasión de Cristo -la que le llevó a Tierra Santa-
planta pasos que recuerdan la Pasión de Jesús en la sierra de
Córdoba desde Getsemaní hasta la cruz del Gólgota; piadosamente
reza, medita y recorre una y otra vez los distintos momentos o
pasos o estaciones del itinerario doloroso del Señor.
Era para Álvaro y sus religiosos la Vía dolorosa
recordadora. Luego, el holandés Adricomio y el P. Daza darán la
forma y fijarán en catorce las estaciones al primer Via
Crucis que Leonardo de Porto Mauricio populizará más adelante
también en Italia, importándolo de España.
Escalaceli es centro de peregrinaciones de las
gentes que, cada vez desde sitios más distantes, pasan noches en
vela, rezan, lloran sus pecados, piden perdón, expían y luego
cantan. De ella recibió buen influjo y enseñanza la devoción del
pueblo andaluz por sus Macarenas, su Cristos crucificados y sus
«pasos» de Semana Santa. Sí, aquello abrió tan profundo surco en
la cristiana alma andaluza como las heridas que hicieron en la
madera las gumias de Martínez Montañés, Juan de Mesa y Cristóbal
de Mora
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL