Elena, madre del
emperador Constantino (c.a. 248 - c.a. 329)
En un mesón propiedad de sus padres
en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de
una familia pagana. Allí pudo, en su juventud,
contemplar los efectos de las persecuciones
mandadas desde Roma: vió a los cristianos que eran
tomados presos y metidos en las cárceles de donde
salían para ser atormentados cruelmente, quemados
vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió;
ella conocía a algunos de ellos y alguna de las
cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal
hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo
podía asegurar que eran personas excelentes.
San Ambrosio, que vivió en época
inmediatamente posterior, la describe como una
mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza
de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de
ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de
Cloro por el color pálido de su tez, general
valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano.
Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En
Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del
274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano
como Galerio lo fue de Diocleciano.
Pero no todo fueron alegrías. Elena
fue repudiada por motivos políticos en el 292 para
poder casarse Constancio con la hijastra de
Maximiano y llegar a establecer así el parentesco
imprescindible entre los miembros de la tetrarquía.
Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder
de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el
hecho de verse separada de su hijo Constantino que
pasó a educarse en el palacio junto a su padre y
donde se reveló como un fantástico organizador y
estratega.
Muerto Constancio Cloro en el 306,
Constantino decide llevarse a su madre a vivir con
él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay
certeza histórica de que su madre fuera cristiana.
Sí, cuando -por testimonio de Eusebio de Cesarea-
aparezca sobre el sol el signo de la cruz con
motivo de la batalla de Saxa Rubra y la
leyenda "con este signo vencerás" que dio el
triunfo a Constantino y lo hizo único Emperador de
Roma, en el 312.
Aunque el emperador retrasará su
bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con
la condición de cristiana que tiene su madre que
daba sonados ejemplos de humildad y caridad.
Incluso parece descubrirse la influencia materna
tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución
de los cristianos y los edictos posteriores que
terminan vetando el culto a los dioses lares.
Agasaja a su madre haciéndola Augusta, acuña
monedas con su efigie y le facilita levantar
iglesias.
En el 326 Elena está con su hijo en
Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima
ya a los setenta años alienta en su espíritu un
deseo altamente repensado y nunca confesado, pero
que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela
ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde
Cristo entregó su vida por todos los hombres.
Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo
relato se mezclan todos los elementos imaginables
pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse
del desplazamiento de la primera dama del Imperio a
los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió,
sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo
lo que de fantástico pueda haber en los relatos,
fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo,
Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo
refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la
Santa Cruz con resultados negativos entre los
cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria
a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a
indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal
Judas que le revela el secreto rigurosamente
guardado entre una facción de ellos que, para
privar a los cristianos de su símbolo, decidieron
arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo
cegaron luego con tierra.
Las excavaciones resultaron con
éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo
de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la
grave dificultad de llegar a determinar aquella en
la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo
Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión
solemne, con toda la veneración que el asunto
requería, rezando plegarias y cantando salmodias,
para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo
de una cristiana moribunda por si Dios quisiera
mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser
colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las
cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente
la salud.
Tres partes mandó hacer Elena de la
Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó
en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se
conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de
Jerusalén.
No han faltado autores que
atribuyan a la fábula el hecho de la invención
por Elena basándose principalmente en que no hay
noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un
siglo después. Ciertamente es así, pero lo
resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente
histórica que relata los acontecimientos es el
historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que
en su Vita Constantini sólo le interesan los
acontecimientos realizados por Constantino, bien
porque sigue los cánones de la historia
contemporánea, o quizá porque sólo le interesa
adular a su anfitrión.
Murió Elena sin que sepamos el
sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso
trasladar sus restos con gran solemnidad a la
Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la
iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena,
la mujer que dejó testimonio tangible y visible en
unos maderos del paso salvador por la tierra de
Jesús, el Hijo de Dios encarnado