Avito,
abad († 530)
La lejana historia de Avito la conoce
plenamente sólo Dios; los documentos que tenemos hoy
muestran el núcleo histórico de su existencia santa, pero a
falta de otros datos, los relatos posteriores hablan de él
con los adornos añadidos por la fábula y la devoción
popular menos exigente con la verdad histórica y más
condescendiente con los efluvios de la piedad.
Se dice de él que nació en la zona de
Orleáns, teniendo por padres a unos cristianos pobres y
que, cuando era pequeño conoció a los monjes de la abadía
de Micy que está próxima a la ciudad; llevado de la
curiosidad propia de los niños, les preguntó, quienes eran,
qué hacían, por qué vivían lejos de la gente y para qué
servían. Esas preguntas, contestadas con simpatía y
desparpajo por alguno de aquellos frailes que tenía gracejo
y estaba lleno de sentido sobrenatural, dichas al alcance
de una cabecita pequeña dieron fruto con el paso de los
años. Un buen día, aquella curiosidad se convirtió en deseo
de imitarlos, pero con tal gana y empeño que el joven Avito
ruega al abad Maximino o Mesmino que le admita en el
monasterio y que si no puede ser como monje, que lo admita
como criado. Está dispuesto a no dejar la puerta del
convento y a morir de frío y de hambre hasta conseguir lo
que pide.
Cuentan de él que la primera época de
fraile la vivió tan amable, servicial y obediente que su
sencillez y deseos de agradar a la comunidad a veces fue
considerado por algunos como una actitud que rayaba con lo
estúpido.
De todos modos, el abad experimentado
descubre el regalo que les ha llegado del cielo; el abad le
encomienda muy pronto el oficio de ecónomo y pasa a ser el
responsable de preparar las cosas que atañen en el convento
al alimento de los frailes; debe cuidar de que no les falte
el alimento necesario, ha de disponer el orden de las
comidas, cuidar del pobre almacén, reponer alimentos y
reservar una parte para los pobres cosa en la que siempre
se mostró lleno de generosidad. Que lo hiciera bien o mal
en preparar la intendencia sólo Dios lo sabe, pero el
resultado fue la continua crítica y murmuración que provocó
en los compañeros de salmos.
La situación de aparente fracaso le llevó a
replantearse con mayor seriedad sus deseos de soledad.
Resuelve el asunto, después de haberlo rezado y pensando
Dios le pedía un cambio; organiza una trama nocturna
consistente en introducirse en la celda del abad, esperar a
que lo rinda el sueño y meter bajo su almohada las llaves
de ecónomo, simbolizando con ello su renuncia al cargo. Se
marcha del monasterio. Ahora sí que podrá en el bosque
cercano dedicarse a la oración y penitencia a sus anchas
sin necesidad de escuchar las protestas de sus hermanos y
dando cuenta al abad de su vida de vez en cuando. Intentará
imitar a los ermitaños comiendo la yerba, raíces y frutas
que encuentre por el campo.
Hizo falta el ruego de los frailes y la
intervención del obispo de Orleáns para sacarlo del retiro
de Solaña y conseguir que aceptara el gobierno de la
abadía, en el año 520, después de la muerte de Maximiano.
El nuevo abad hace más con humildad y ejemplo que con
mandatos; pero por su medio se restablece la primera
disciplina y se eleva el tono sobrenatural del monasterio.
Las cosas marchan bien, pero a él le sigue hormigueando en
el alma el run-run de la soledad.
Ahora será Percha, más distante y menos
accesible el nuevo lugar donde plantará su residencia entre
cuevas o chozas de ramas de árboles. Allí no será fácil que
le encuentren los monjes en caso de que le busquen; ha
llevado con él a otro fraile que también tenía las mismas
ansias de soledad. Vivirán como en la primera época en la
contemplación y penitencia, metidos en el alejamiento y el
silencio. Sólo que no pudo ser por mucho tiempo porque lo
descubrió el milagro de Avito: un porquero mudo desde niño,
por mandato del santo ha comenzado a hablar, y ya es
imposible hacerlo callar. Y la gente se entera ¡Adiós
soledad! La noticia del hecho se transmite y la gente acude
a ver y a tocar; él catequiza, enseña, reza y hace rezar.
Vienen discípulos y, sin quererlo, no hay más remedio que
fundar el monasterio que con el tiempo llevará su nombre.
Dicen que a ruegos de Avito, llegaron a
soltar en Orleáns a los presos de la cárcel. Y además
hablan del ciego curado milagrosamente; y el mismo Lubin,
el obispo de Chartres, relata la resurrección de un monje.
Y con el rey Clodomiro, el hijo de Clodoveo y Clotilde,
tiene palabras de paz intercediendo por el preso rey de
Borgoña, Segismundo y su familia.
Después de muerto, refieren de él muchos
milagros y le atribuyen bastantes victorias guerreras
logradas por su intercesión.
Avito terminó sus días el 17 de junio del
año 530. Chateaudrum y Orleáns se distribuirán
posteriormente sus preciosas reliquias