Abrahám, solitario y eremita († 367)
Los que escriben acerca de su vida, principalmente san Efrén con
quien le unió una estrecha amistad, no mencionan el lugar de su
vida de anacoreta, sí el territorio: Mesopotamia y,
probablemente, en la cercanía de Edesa. Pasó más de cincuenta
años en el desierto.
Hijo de padres ricos que también sabían ser buenos. Ven a su
hijo tan bueno y leal que deciden casarlo con hija de buena
familia escogida entre sus amistades y comprometen su matrimonio
hasta que tengan la edad y puedan contraerlo. Parece que a
Abrahán no le agrada la idea lo más mínimo y que hasta la
desprecia porque sus planes futuros van por otro derrotero. Pero
el tiempo pasó y llegó la hora de casarse sin más dilaciones; ha
pedido a su padre que lo libere del compromiso, mas no hay medio
que haga desistir al progenitor de la palabra dada; el respeto
paterno puede más que sus propios deseos.
Lo que sucedió la noche de bodas, después de haber celebrado
la fiesta con la grandiosidad propia de gente pudiente, fue lo
imprevisto. Se escapa de casa huyendo; parece ser que sólo Dios
ocupa su corazón y a él quiere entregarlo. No ha mediado una sola
palabra ni ha dado explicación; lo ha hecho en secreto. Sólo
tiene ganas de esconderse y lo hace en una cueva cercana que
encontró.
Todos han pasado diecisiete días de trajín andando en su
búsqueda, removiendo matojos y adentrándose en los agujeros de
las peñas. Al encontrarlo, todo son ruegos, lágrimas, caricias y
hasta amenazas, pero el que no supo imponerse en su momento
mantiene ahora una actitud inflexible. Consigue de la esposa
defraudada el consentimiento de una perpetua separación y del
autoritario padre la promesa de no interrumpir en adelante su
voluntario retiro.
Con veinte años ha comenzado su vida de soledad. Vive en una
celda con ventanilla al campo y allí se entrega a la oración y a
la penitencia. Sus bienes son una escudilla de madera para comer
y beber, una estera de juncos, un manto y un cilicio; el alimento
ordinario son las hierbas y raíces que el campo le da. La gente
empieza a tener noticia de la existencia del solitario penitente
en aquellos contornos; primero por curiosidad y luego por interés
espiritual se le van aproximando los vecinos que transmiten más y
más sus méritos y santidad. Siempre le vieron alegre y con
carácter apacible.
El obispo de Lampsaco (ahora la ciudad turca de Lapseki)
conoce su virtud y santidad y como tiene en su territorio un
poblado en donde no sólo impera el paganismo, no ha pensado en
mejor varón para convertirles que en Abrahám y por eso le da el
encargo de predicarles a Cristo después de hacerlo sacerdote.
El santo penitente deja su celda por amor a la Iglesia que no
por gusto personal. Lo primero que hace al llegar a su destino es
edificar un templo