Sesenta y ocho años llenos
agitación en los que una mujer de las importantes quiso y
supo ser "testigo" de Cristo. Esta fue Adelaida o Alicia,
emperatriz en Italia.
Casada muy joven con el
rey de Italia Lotario, se le prometía una vida feliz con su
recién nacida hija Emma y probablemente el matrimonio deseaba
terminar sus días "comiendo perdices", como se pone fin a los
cuentos de princesas y príncipes que probablemente también en
su época se contaban. Pero a veces los planes de la
Providencia no coinciden con los de los hombres; se
complican, van y vienen por tortuosos senderos, en muchas
ocasiones imprevistos y en otras muy dolorosos, de los que el
Señor sabe sacar mayores bienes. Así pasó.
En realidad toda su vida
estuvo envuelta en las turbulencias políticas y militares
propias del tiempo. Cuando murió su primer marido sólo tiene
dieciocho años y, tan joven, ya es reina, madre y viuda. Otro
matrimonio, el segundo, la va a relacionar con la historia de
los tres primeros Otones: su marido, hijo y nieto. En su vida
están presentes los sufrimientos por cárcel y destierro.
También entendió mucho de intrigas de la Corte, de
confabulación, de envidias, de traiciones y de falsedades.
Inculpablemente tuvo que soportar la incomprensión de propios
y extraños porque la ambición y el poder ciega los ojos de
los que no son buenos.
Regente emperatriz, retoma
funciones de mando en tiempos de Otón III. Ahora muestra con
sus obras lo muerta que estaba para sí misma y que la
anterior piedad, la de toda su vida, fue un asunto sincero.
La emperatriz se dedica a hacer el bien. Protege, socorre y
consuela a los necesitados. Considera el poder como una carga
para ella y un servicio para el bien del pueblo. No es
injusta, ni vengativa con quienes le injuriaron en tiempo
pretérito. Muestra esmero infatigable en las tareas de
gobierno. Reza, se mortifica y expía por los pecados de su
pueblo. Magdeburgo es ejemplo de que propicia el resurgir de
los templos.
Tenida por santa, muere en
Salces, en la Alsacia, en el 999.