Juan de Ribera, obispo († 1611)
Tan mal estaban las
cosas en su época que los herejes y los infieles disfrutaban
esperando la pronta disolución de la Iglesia. Juan sintió fervor
por los santos reformadores que el Espíritu Santo suscitó,
también en ese tiempo, para aliviar las penas de su pueblo.
Nace en Sevilla cuando era la puerta de entrada y salida para
el Nuevo Mundo y pertenece a la mejor prosapia. Hijo de don Pedro
Afán Enríquez de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares,
duque de Alcalá, Virrey de Nápoles y antes de Cataluña. Su madre,
doña Teresa de los Pinelos, murió muy pronto. La familia, con sus
títulos nobles, es conocida en la ciudad por su generosidad y
amor a los pobres.
Estudia en la Universidad de Salamanca cuando el Claustro
salmanticense vive un periodo áureo entre las lecciones de
Vitoria y los teólogos que tienen mucho que ver con Trento,
porque son tiempos en los que la infidelidad y la herejía se
combaten con las espadas y con la pluma. Allí termina los
estudios y tiene cátedra.
El papa Pío IV lo nombra obispo de Badajoz, cuando aún no ha
cumplido treinta años; no hay que olvidar que es hijo del Virrey
de Nápoles y esas cosas tenían mucho peso por aquel entonces. Da
comienzo a su andadura como prelado enviando seis predicadores
con San Juan de Ávila para preparar las almas a la reforma que se
postula desde Trento. Por su parte, no se queda quieto: predica
con entusiasmo, se pone como un confesor más en el confesonario,
visita y atiende con los sacramentos a los enfermos y, a veces,
le toca dormir sobre sacos de sarmientos. Y hasta vende la
vajilla de plata para remediar a los pobres. Escribe normas para
la reforma de la vida de los obispos, primeras en España en su
género. Para disgusto de los pacenses, les dura poco este obispo
como pastor.
Ahora es Valencia la que disfrutará de su gobierno. Le ha
precedido un santo que puso las metas muy altas. Fue Santo Tomás
de Villanueva, el fraile que dio un vuelco a Valencia que por un
siglo no ha disfrutado de la presencia de sus obispos. Allá va
Juan como Arzobispo, después de haber dejado en Badajoz,
repartidos entre los pobres, sus dineros, bienes y alhajas.
Madruga, reza, estudia, recibe a la gente sin trabas ni excesos
de respeto; es parco en la comida, rompe frecuentemente los
moldes usuales de la época, siendo suficiente en ocasiones los
higos secos, uvas, o frutas del tiempo. Va haciendo acopio de
libros como intelectual sin remedio. La Misa le dura con
frecuencia dos horas... y con lágrimas, después de despedir al
acólito para estar a gusto con el Señor después de la
consagración y entrar en diálogo íntimo, personal e intenso.
Suenan las disciplinas y guarda los cilicios en lugar recóndito
que siempre descubre su perspicaz asistente.
La meta marcada en su trabajo es poner en marcha la reforma de
Trento. Sufre el problema de la abundante morisca a la que no
consiguió convertir. Celebró siete sínodos. Las continuas visitas
pastorales son el quicio de su pastoral junto con la atención a
su clero al que adoctrina, anima, corrige o amonesta, siempre
dándole ejemplo. Burjasot le ha visto en su plaza explicando el
catecismo a los niños. En su propio palacio monta una escuela
para los hijos de los nobles porque afirma que es obispo de
todos: allí se forman bien los alumnos, se educan, pasan a la
universidad, ayudan en los pontificales; aquello se parece por la
piedad y los buenos modos a un seminario y, de hecho, salen de la
institución cardenales, arzobispos y altos eclesiásticos.
Felipe III lo hace Virrey de Valencia y desde entonces las
cosas marchan mejor, sobre todo la recta administración de la
justicia.
Fundó en la ciudad el Colegio y Seminario del Corpus Christi.
Y falleció en su amado colegio el 6 de Enero de 1611. En Valencia
se festeja el día 14 y en Badajoz el 19, ambos en Enero.
Con hombres tan íntegros y apostólicos la Iglesia superó el
obstáculo de herejes y de infieles. No hizo San Juan sino lo que
es propio de un obispo, pero hacerlo en aquel tiempo fue mucho
mérito
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL