San Maximiliano
Kolbe, presbítero y mártir (1894-1941)
Nació en el año 1894 en Pabjanice
(Polonia).
Fue religioso franciscano,
estudió filosofía y teología en Roma. Desarrolló
múltiples inniciativas apostólicas en Roma,
Polonia y Japón, mostrando como centro de su
apostolado la devoción a la Virgen Santísima.
Preso en un campo de
concentración nazi en la segunda guerra mundial,
se prestó a morir en lugar de un padre de familia
condenado a morir de hambre.
Murió en 1941.
Tarsicio,
mártir († 258)
Murió mártir durante la
persecución de Valeriano. Su figura de niño héroe
cristiano ha servido de estímulo y ejemplo
durante dieciocho siglos a las generaciones de
bautizados desde que han ido despertando a la fe.
Su generosidad en la ayuda al prójimo y su
disposición al servicio, impregnado de un amor
generoso a Jesucristo en la Eucaristía han
ayudado a la fantasía de los creyentes
posteriores a renovar su veneración al Santísimo
Sacramento. También los mayores han aprendido de
él a vivir con coherencia la fe eucarística y a
vigorizar las actitudes de adoración y culto que
secularmente han practicado los discípulos del
Señor.
El relato de los hechos -con
todos los rasgos de verosimilitud histórica- es
así.
Los cristianos no podían vivir la
fe con manifestaciones externas. No tenían
derecho a expresar la jubilosa explosión de
felicidad que tenían dentro por saberse hijos de
Dios con un culto externo. Era preciso esconderse
para alabar al único Dios verdadero como
discípulos del Señor Jesucristo; por no disponer
de locales amplios donde pudieran reunirse, lo
hacían a la orilla del Tiber, en los cementerios.
Galerías largas y muy entrecruzadas; de vez en
cuando se ve una lámpara encendida donde
recordaban que se encontraba el cadáver de un
mártir, la lámpara era la señal. Ellos conocían
bien los largos corredores y los múltiples
vericuetos; allí, en un ensanchamiento han tenido
el buen gusto de poner en la piedra alguna
inscripción y la figura del Pastor cargando una
oveja en sus hombros; más adelante, en otro
lugar, puede verse en la roca algo que se parece
a un cestillo lleno de panes y peces; son
símbolos de una historia pasada que se hace viva
cada domingo y da más vida, alegría y fuerza a
los discípulos de Jesús. Ahora se ve una especie
de sala espaciosa, agrandada por las galerías que
en ella convergen, donde hay una mesa grande
cubierta por manteles muy blancos, con unos
cirios encendidos sobre unos candelabros de plata
o al menos, así lo parece.
Es un día especial. Sixto es el
sacerdote; sí, lo nombraron como sucesor del
pontífice Esteban al que habían matado los
perseguidores. Todos cantan salmos, en medio de
un gran silencio se leen algunos trozos del
Evangelio y hace Sixto una sabia reflexión. El
diácono Lorenzo pone pan y vino sobre la mesa y
el anciano sacerdote comienza la fórmula de la
consagración. Antes de comulgar todos se dan el
ósculo de la paz.
Poco antes de dispersarse hay un
recuerdo para los encarcelados; son los
confesores de la fe; no han querido renegar; aman
a Jesús más que a sus vidas. Es conveniente rezar
por ellos y ayudar a sus familiares en la
tribulación. Es también preciso hacerles
partícipes de los santos misterios para que le
sirvan de fortaleza en la pasión y en los
tormentos.
¿Quién puede y quiere afrontar el
peligro? Hace falta un alma generosa. Todos
quieren; lo piden con los ojos: ancianos,
maduros, mujeres y muchachas jóvenes con el
rostro cubierto con un velo. Delante del nuevo
papa Sixto un niño ha extendido la mano; hay
cierta extrañeza en el sacerdote que parece no
comprender tamaña decisión, a simple vista
disparatada. "¿Y por qué no, Padre? Nadie
sospechará con mis pocos años".
Jesús eucaristizado es envuelto
en un fino lienzo y depositado en las manos del
niño Tarsicio que sólo tiene once años y es bien
conocido en el grupo por su fe y su piedad; no se
ha amilanado en la furia de la persecución por
más que vió aquella noche cómo mataban al papa
Esteban mientras hacía los misterios del Señor.
Por entre las alamedas del Tiber
va como portador de Cristo, se sabe un sagrario
vivo, es una sensación extraña en él -entre el
gozo y el orgullo- que nunca había experimentado.
Pasa, sin saludar, embelesado con su tesoro. Unos
amigos le invitan a participar en el juego;
Tarsicio rehúsa; ellos se le acercan; Tarsicio
oprime el envoltorio; le hacen un cerco y llega
la temida pregunta: "¿Qué llevas ahí? Queremos
verlo". Aterrado quiere echar a correr, pero es
tarde. Lo agarran y fuerzan a soltar el atadijo
que cada vez agarra con más tesón y fuerza, lo
zarandean y lo tiran al suelo, le dan pescozones
y puntapiés pero no quiere por nada del mundo
dejar al descubierto al Señor; entre las injurias
y amenazas acompañadas de empellones y puños,
Tarsicio sigue diciendo "¡Jamás, jamás!". Uno de
los que se ha acercado al grupo del alboroto se
hace cargo de la situación y dice: "Es un
cristiano que lleva sortilegios a los presos".
Pequeños y mayores emplean ahora, bajo excusa de
la curiosidad, con furia y saña, palos y piedras.
Recogieron el cuerpo destrozado
de Tarsicio y lo enterraron en la catacumba de
Calixto.
Cuando pasó la persecución, el
papa Dámaso mandó poner sobre su tumba estos
versos: