Benigno, presbítero y mártir († 303)
Dicen que un fraile, en un arrebato de falsa devoción, quiso
llevarse a su convento -eso que se llama robar una cosa sagrada y
como agravante en un sitio también sagrado- la cabeza del santo
que reposaba dentro de un relicario de plata en el monasterio de
benedictinas que se llama «De las Milicias», en Todes. En su
intento, y sin saber muy bien lo que pasaba, no pudo salir del
templo por no poder localizar las puertas hasta poco antes tan
expeditas. Así, se vio obligado a depositar la reliquia de san
Benigno en el sitio que le correspondía.
Todes es una de las primeras ciudades
evangelizadas de Hungría. Benigno vive en la segunda mitad del
siglo III. Y se ha dado conocer entre los suyos como un insigne
propagador de la fe cristiana; lo hace con alegría y con notable
entusiasmo. El obispo Ponciano conoce su afán apostólico y está
al tanto de la sinceridad de su vida; un día lo consagra
presbítero para apoyarse en él en el cumplimiento obligado de
atender a su grey y de extender la Salvación.
Llegada la persecución de Maximiano y Diocleciano,
la comunidad de creyentes está confortada por la atención
espiritual que con riesgo constante de su vida le presta el buen
sacerdote Benigno. Socorre a los confesores de la fe presos en
las cárceles; visita las casas de los débiles y les busca por los
campos que los cobijan para darles aliento; y se las arregla para
estar cerca de los que son torturados, acompañando hasta donde es
posible humanamente a los que se disponen al martirio.
Pasado el peor momento de estupor, se llena de la
audacia del Espíritu Santo y comienza a predicar con fortaleza de
Jesucristo. Ahora lo hace públicamente en el intento de convertir
a los paganos que están en el terrible error de la idolatría. El
principal foco de atención de su discurso es hacerles comprender
que los ídolos son una necedad y el culto que se les tributa
supone una verdadera ofensa al único Dios que merece adoración y
puede darles la salvación ofrecida a todos los hombres sin
excepción. Ya no le importa su vida. Se sabe portador de la
verdad y conoce bien que ella no es exclusivamente para él. Sólo
Jesús es el Señor y todos han de servirle.
Lo que era presumible con ese comportamiento se
hace realidad. Es apresado y obligado a apostatar, siendo
inútiles los tormentos que tuvo que soportar el fiel y valiente
discípulo. Por fin, muere el 13 de febrero del año 303 con la
cabeza cortada, aquella que el fraile quiso cambiar de sitio.
La catequesis, es decir, llevar a Cristo a los
demás, comporta la responsabilidad de ser fiel a lo que se
propone y ni que decir tiene que en este contexto la vida humana
no es ningún valor absoluto. ¡Qué bien lo supo hacer san Benigno
sin tener que darle vueltas a los textos de las bibliotecas de
las universidades que aún no se habían inventado! Fue
sencillamente el don del Espíritu Santo. Hoy también hacen
bastante falta sacerdotes -no sólo en Hungría- cuidadosos menos
de su propia vida que de la Salvación que ofrecen y ¡obispos que
los descubran!
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL