Eulalia de Barcelona, virgen y
mártir († 304)
Dos ciudades, Mérida y Barcelona, se glorían de
tener entre sus antecesores egregios una santa mártir con el
mismo nombre. Hay quien soluciona un posible problema histórico
con la consideración de que la santa barcelonesa es un doblete de
la santa emeritense. Cierto que las circunstancias en las que
tuvo lugar el martirio, la época, las personas, el mismo nombre
de la santa, su juventud y las mismas referencias consecuentes a
su partida del mundo de los vivos, propician considerarla como un
único martirio narrado en dos lugares diferentes y contrapuestos
en la geografía hispana, unificando la persona de la mártir. Si
esto fuera así, significaría el gran impacto social que debió
causar el acontecimiento y la ejemplaridad que proporcionó a la
sufrida comunidad cristiana en aquellos tiempos difíciles. No
obstante, esto no daría explicación suficiente a los
testimoniados sucesos ocurridos milagrosamente en Barcelona
cuando se descubre el sepulcro de la santa y su culto posterior.
La época es el comienzo del siglo IV, durante la
persecución de Maximiano y Diocleciano, siendo Decio el pelele
macabro que pone mártires cristianos en los lugares que pisa con
la ilusión de extirpar del Imperio ese nombre. En todas las
épocas hubo -también hoy- sujetos que, amparados por la fuerza
que da el poder y detrás del velo del cumplimiento del deber
legal, niegan al hombre la posibilidad de ser o de ser personas
libres con el derecho a la inviolabilidad de su conciencia
individual. A estos, la Historia los llama tiranos.
También en todas las épocas -y más en las que más lo necesitan-
aparecen con vehemencia personas que en su aparente debilidad
muestran con sus palabras y obras lo indomable e irreductible del
hombre y la fuerza arrolladora de la verdad. A estos, la Iglesia
los llama santos. Esa es obra de Dios y ellos o ellas el
espejo para el seguro caminar.
Eulalia de Barcelona es la niña-joven que ha
nacido en buena familia. Su niñez de cristiana ha sido un
continuo aprender en su casa con la mirada puesta en el buen
Jesús; en la iglesia doméstica que es su familia aprendió el
ABC de la Salvación. Se han publicado edictos de persecución;
ya algunos han sido forzados por la autoridad y se habla de
sangre vertida por fidelidad. Un día madruga, sale de casa con el
sol, hace el camino tan largo como animoso. Espontáneamente se
sitúa ante el gobernador y aquí es difícil separar lo que fue
hecho y lo que es adición posterior del comentario que sublima la
quintaesencia de la entrega a Dios. La joven-niña no insinúa,
afirma, en el diálogo con su interlocutor: los dioses paganos son
falsos, inútiles, y no pasan de ser demonios; quien les sirve
ofende al único Dios y será castigado por Él. « Yo soy sierva de
Cristo, rey de reyes y señor de señores». Sí, y no hay autoridad
que le haga cambiar; en el sufrimiento será asistida por su Amor.
La arrogancia del poder se queda sin fuerza ante los hechos que
avalan palabras; no han servido las palabras blandas, ni las
amenazas crueles, ni los azotes, ni el potro, ni las uñas
arrancadas, ni el fuego en su blanca carne que hasta quemó a sus
propios verdugos. Una paloma blanca salió de su boca cuando
murió. El asombro de los que lo han visto todo es estupor. Al
poderoso del mundo solo le queda la rabia de su derrota que
intenta inútilmente compensar crucificando el cuerpo muerto y
dejarlo sin enterrar. Una nevada oportuna quiso cubrir la
desnudez de Eulalia.
Sea como fuere el asunto de Eulalia de Barcelona,
de Eulalia de Mérida, de una misma o de dos Eulalias -el estado
actual de la investigación no permite ir más allá de la
constatación aceptada de dos santas vírgenes mártires-, el hecho
es que tanto en una ciudad como en la otra se honra a Dios por la
fortaleza intrépida de una joven cristiana que proclama la verdad
ante el mundo y cuyo nombre era Eulalia
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL