Benito Biscop, abad (629-690)
Los tours
operators, los departamentos oficiales que tienen como misión
potenciar el turismo y las empresas que facilitan los movimientos
de personas o de masas bien podrían montar una convención
internacional y proclamar por unanimidad a San Benito Biscop como
patrono de sus actividades. No es fácil encontrar, en el siglo
VII, a un prójimo que vaya y venga de Inglaterra a Roma cinco
veces; amén de alguna que otra escapada al país vecino de
Francia. Este viajero resistente a la fatiga tuvo un papel muy
importante en la implantación de la fe cristiana en Inglaterra y
en su posterior organización, después de la primera
evangelización llevada a cabo por Gregorio Magno (590-604) y por
Agustín de Cantorbery.
Benito Biscop nace hacia el año 629. Pertenece a una familia
noble de la corte de Oswy, rey de Northumbria. A los veinticinco
años se siente llamado por Dios a retirarse del mundo. Pero no
quiere hacer las cosas a medias. Se va a Roma para beber
directamente en las fuentes; quiere cimentar bien su piedad,
anhela visitar las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo y
empaparse bien de las verdades de la fe y de los principios de la
perfección cristiana. A su vuelta, se dedica por entero al
estudio de la Biblia y a la piedad.
Egfrido, el hijo del rey Oswy, quiere ir a Roma y pide el
favor de que le acompañe por su experiencia y conocimientos. No
lo duda. Es la ocasión de profundizar en la vida cristiana y en
las ciencias eclesiásticas. A la vuelta visita el monasterio de
Lerins y toma el hábito religioso.
Su tercer viaje a Roma parecía que iba a ser el último y
definitivo porque quería fijar allí su residencia. Pero el mismo
papa Vitaliano le manda regresar a Inglaterra junto a Teodoro de
Tarso, obispo de Cantorbery, y de Adriano que se encontraban en
ese momento en unas circunstancias cruciales para la fe en las
islas: se habían convertido los anglosajones de Kent, de Essex,
de Northumbria y había que llegar a otros reinos de la heptarquía
al tiempo que se procuraba lograr la organización de la Gran
Bretaña cristiana. En esta obra colosal trabaja Benito poniendo
su virtud, sus conocimientos teológicos y su incansable
actividad.
Por cuarta vez se acerca a Roma para aprender toda la
disciplina eclesiástica y las reglas monásticas porque ahora
Teodoro le ha hecho abad del monasterio de Cantorbery. Con este
motivo recorre parte de los monasterios italianos y va haciendo
acopio de ejemplares selectos para biblioteca, de cuadros
religiosos y reliquias de santos.
El sucesor de Oswy le recibe gozoso a su regreso y le concede
terrenos para un monasterio. Ha llegado la hora de levantar uno,
bajo la protección de San Pedro, en la desembocadura del río Wear.
Mientras se termina la obra, va a Francia para gestionar la
importación del estilo religioso del continente a las islas:
regresa con canteros especializados en la construcción en piedra,
con altares, vidrieras de colores, frescos y multitud de imágenes
que más que de adorno sirvan de catequesis y que constituyen la
insigne novedad de Wearmouth. Tanto agrada al rey su trabajo que
le adjudica nuevos terrenos próximos para la construcción de otro
monasterio. Ahora será el de Jarrow, bajo la advocación de San
Pablo. Están próximos y gobernados por el mismo fundador.
Como merecía la pena terminar bien las cosas comenzadas, va
por quinta vez a Roma a conseguir cuadros, reliquias y libros.
Logra, además, del papa siciliano Agatón que le ceda a Juan, abad
de san Martín, que es el maestro de música y de ceremonias de San
Pedro del Vaticano. Con ello, la música gregoriana, el ceremonial
romano y su liturgia contribuyen a levantar el espíritu religioso
del país.
Enfermo, cansado y paralítico, pero gozoso por haber puesto
todas sus energías al servicio de la fe, muere en 12 de enero del
año 690.
¿Verdad que tanto deambular le merece un puesto al lado de San
Cristóbal?
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL