Alejandro el
Carbonero, obispo y mártir († c.a. 215)
Cuando Alejandro vive la historia
que va haciendo día a día con su vida corren
tiempos de paz para la Iglesia. La tranquilidad del
momento parece haber desterrado para siempre a la
persecución; del amor a Jesucristo amasado en el
riesgo, el miedo, la huida, el pánico a la denuncia
y la decisión última de cambiar la vida presente
por la eterna se va pasando paulatinamente y casi
sin advertirlo a un periodo de baja tensión entre
los cristianos, muchos de los cuales sólo conocían
a los mártires de oídas; entra pereza en bastantes
y se comienzan a detectar corrientes que tienden a
procurarse una manera de ser cristiano más cómoda,
apoltronada y fácil. Se descuida el esfuerzo para
asistir a las vigilias nocturnas al tiempo que
aumenta el lujo y la preocupación por los bienes
terrenos.
En Asia Menor se ha hecho el
cristianismo la religión preponderante. En las
regiones próximas a las riberas del mar Negro la
nueva doctrina se propaga como un incendio; Frigia
y Bitinia están completamente evangelizadas; la
provincia del Ponto, desde siempre refractaria al
Evangelio, la abraza repentinamente con un ardor
sin antecedentes por la labor del misionero y
taumaturgo Gregorio, discípulo de Orígenes, obispo
de Neocesarea, que sólo encontró en la ciudad a
diecisiete cristianos, cuando llegó a principios
del siglo. Con esfuerzo pudo alzar una iglesia en
el centro de núcleo urbano y logró en no mucho
tiempo un número tan elevado de conversiones que
pronto comenzaran a menguar los sacrificios y luego
fueran las mismas gentes las que acabaran
destruyendo las imágenes de los ídolos. Ahora ha
subido su fama de santo y sabio como la espuma y
vienen de las ciudades próximas a pedir consejo en
la forma de organizar las iglesias.
Eso fue lo que pasó con Comana.
Muerto su pastor, necesitan reponer obispo y
quieren que presida Gregorio y sea él quien imponga
las manos al elegido. Eran los modos usuales en
aquellos momentos; presentados los candidatos por
el clero local y por los fieles, se procedía a la
elección y los obispos presentes lo consagraban
como obispo. Parece que no dio entonces mal
resultado el método porque el mismísimo emperador
Septimio Severo llegó a proponer nombrar a los
gobernadores romanos al estilo de los cristianos
con sus obispos, interrogando la opinión pública.
En Comana, alguien propone a un sabio letrado como
candidato, otra facción señala al penitente
austero, un grupo da el nombre de un rico
propietario. Ante la falta de acuerdo en señalar a
un líder que pueda ser consagrado como pastor de
todos, el obispo Gregorio dirige la palabra a los
cristianos reunidos recordándoles que los Apóstoles
no fueron ricos, ni sabios, ni poderosos, pero
tuvieron tanto amor al Señor que sufrieron y
murieron por El; les anima a que tuvieran en cuenta
lo importante y necesario, dando de lado a otros
criterios y les pide que se pongan de acuerdo en
elegir a un hombre caritativo, fervoroso,
trabajador, honrado y de limpias costumbres. Entre
la muchedumbre se oyó una voz clara, aunque
insegura o más bien tímida: "Alejandro, el
Carbonero". A continuación se oyeron risas,
carcajadas y comentarios. Gregorio lo manda traer y
al rato aparece un hombre de rudo aspecto, alto,
vestido con ropas de pueblo, tiene callosas las
manos, las cejas pobladas y el pelo revuelto. Se
hace un profundo silencio. El Taumaturgo ha fijado
en él la mirada y a aquella multitud expectante les
dice: "Ahí tenéis a vuestro obispo Alejandro".
Primero estupefactos, luego protestones y
finalmente gritan con burlas a la decisión del
obispo. Tiene que calmar a las turbas y ponerles al
corriente de lo que ha pasado en poco tiempo: ha
visto en los ojos del carbonero su vida, fue en
otro tiempo adinerado y amigo de gastar en juergas
el dinero, tuvo la gracia de la conversión, hizo
penitencia, estudió las enseñanzas de los Apóstoles
y decidió pasados los años volver con su pueblo sin
que nadie conociese su identidad para vivir
honradamente y haciendo buenas obras para reparar
algo el mal ejemplo que dio. "Ahora, ahí lo tenéis
y tomadlo como obispo".
Y bien que supo serlo: grave y
paternal, consuelo de pobres, alivio de enfermos,
apoyo de vacilantes y fuerza para el fervoroso;
elocuente y sencillo, más tosco que elegante, pero
claro y sereno al reprimir los vicios.
Cuando llegó la persecución de
Decio, se reavivó en Comana la antigua exigencia
cristiana. Y mientras Gregorio tuvo que huir con
los suyos a esconderse en los desiertos porque no
se fiaba de sus ovejas -bien las conocía y las
sabía faltas de raíces profundas- tan fácilmente
convertidas y bautizadas, su amigo y vecino
Alejandro el Carbonero daba su vida heroicamente
por Jesucristo en un ejercicio de sublime
renunciamiento