San Pafnucio,
obispo y confesor (c. a. 280 - c. a. 350)
Fue uno de los anacoretas de su
época. Vivía de las verduras que daba la tierra,
agua, un poco de sal y poco más. Compartía consigo
mismo la soledad del desierto. La oración y la
penitencia eran su principal modo de emplear el
tiempo. A su cueva acudían las gentes a recibir
consejo, escuchar lo que aprendía del Espíritu con
sus rezos y a contrastar la vida con el estilo del
Evangelio.
Se vió obligado a dejar la soledad
contra su gusto porque fue nombrado obispo de
Tebaida. Por defender a Cristo sufrió persecución,
le amputaron una pierna y le vaciaron un ojo cuya
órbita desocupada, según cuenta la historia,
gustaba besar con respeto y veneración el
convertido emperador Constantino.
Estuvo presente en el Concilio de
Nicea, donde se defendió la divinidad de Cristo y
se condenó el arrianismo.
En esa ocasión, al tratarse otros
temas de Iglesia, tuvo el obispo Pafnucio la
ocasión de dar muestras de profunda humanidad. El
hombre que venia del más duro rigor del desierto y
podía exhibir en su cuerpo la marca de la
persecución se mostró con un talante más amplio,
abierto, moderado y transigente que los padres que
no conocían la dureza de la Tebaida ni los horrores
de la amenaza, ni la vejación.
Numerosos padres conciliares
pretendieron imponer que los obispos, presbíteros y
diáconos casados dejaran a sus esposas para ejercer
el ministerio. El obispo curtido en la dura ascesis
anacoreta se opuso a tal determinación haciendo que
se fuera respetuoso con la disciplina de la época:
autorizar el ejercicio del Orden Sacerdotal a los
ya casados y no permitir casarse después de la
Ordenación