Tomás de
Cori, confesor (1655-1729)
Radical en el intento de vivir como enseñó y escribió san
Francisco de Asís, después que pasaran los siglos.
Ya el papa Inocencio III se había extrañado de que se pudiera
vivir como propuso el fundador de los frailes menores a la hora
de aprobar aquel camino de santidad. Tuvo que acercarse hasta
Roma el mismo pobre de Asís y ponerlo entre la espada y la pared
con aquella célebre pregunta hecha al Pontífice, más o menos en
estos términos: "Entonces, ¿quiere decir que no es posible vivir
el Evangelio?". Con el paso del tiempo, y teniendo en cuenta las
muchas miserias de los hombres, la dificultad se hace historia
humana vivida, y no es infrecuente descubrir en algunas familias
religiosas dentro de la Iglesia que el primer vigor se amortigua
hasta llegar a aguarse en algún caso con la excusa de ser más
tolerantes, comprensivos y condescendientes, o recurriendo a la
manida y polivalente excusa de ‘los cambios de los tiempos’.
Tomás de Cori fue uno de esos hombres listos que se subió al
carro de la reforma de la Orden franciscana en el siglo XVII.
Había nacido en Cori el 4 de junio de 1655. Le llamaron Tomás.
Quedó al cargo de su hermana menor, cuando tenía catorce años,
por la muerte de sus padres. Como tantos chicos de su edad, se
comenzó a ganar la vida siendo pastor. Hasta que las hermanas se
casaron no pudo poner por obra el deseo que llevaba rondando por
su cabeza desde hacía tiempo: ser uno más de los frailes
franciscanos que conocía de Cori. Solicitó vestir el hábito; lo
mandaron a Orvieto donde estudió y se ordenó sacerdote en 1683,
quedando allí como ayudante del maestro de novicios.
Por aquella época comenzaban a proliferar dentro de la familia
franciscana los llamados Retiros, que pretendían instaurar la
radicalidad en la manera de vivir el espíritu según lo vivió san
Francisco. Tomás pidió ser admitido en el que comenzaba en
Civitella (hoy Bellegra) con unos modos muy especiales; todo su
saludo al llamar a la puerta fue expresarse con claridad,
diciendo: "Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo".
Allí vivirá hasta su muerte, excepto los seis que vivió en el
convento de Palombara, donde hizo de Guardián, instauró un Retiro
al estilo del de Bellegra y escribió dos reglas para los
conventos que él mismo se preocupó de cumplir a la perfección,
dando a entender que no debían ser sólo letra muerta.
No era un fraile que rezara mucho; fue más bien un fraile que
no interrumpía la oración; de modo especial, demostraba una
admirable devoción a la Eucaristía, tanto en la celebración de la
misa como en las largas y silenciosas vigilias pasadas adorando
al Santísimo Sacramento. Esta nota común a tantos santos no
tendría relieve especial si no se añadiera su fidelidad
perseverante, a pesar de una extraordinaria sequedad y ausencia
de consuelos sensibles por más de cuarenta años, y que esto no
fuera obstáculo para mantenerse sereno, logrando la unidad de
vida en medio de todas las actividades que desarrollaba.
Porque no era un piadoso hombre sin más compromisos ni
aspiraciones. Recorrió la región del Lacio, predicando y dando
sacramentos a la gente; dio lo mejor de sí mismo, en predicación
llena de fuego y claridad, sin recargos ni adornos, llegando a la
cabeza y al corazón. A pesar no haber subido a los púlpitos de
renombre, a él terminaron por llamarle "el apóstol del Sublacense"
por el celo _frecuentemente acompañado de milagros_ en transmitir
o impulsar la vida cristiana.
No siempre le animaron y mucho menos le aplaudieron los
frailes. Con bastante frecuencia tuvo que soportar la
incomprensión de sus hermanos religiosos ante la radicalidad de
vivir el genuino espíritu franciscano, hasta llegar al extremo de
verse en algunas ocasiones tan solo como la una para atender
todas las necesidades del convento. En estas situaciones vivió la
más exquisita caridad como se desprende de su abundante
epistolario.
Murió el 11 de enero de 1729.
Fue canonizado por el papa Juan Pablo II el 21 de noviembre de
1999.
La vuelta al carisma recibido trae la fresca brisa de lo
genuino que Dios quiso en otro momento, limpiándolo de
adherencias exógenas que son con frecuencia un peso muerto para
volar y dificultan la credibilidad del espíritu evangélico.
Quienes hacen posible ese retorno auténtico son los santos. Tomás
de Cori, hizo su labor con tenacidad terca, pero sin arrogancia;
como quien sirve
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL