San Nicolás de
Tolentino, confesor (1245-1305)
Artistas italianos como el Perugino,
Antoniazzo Romano, B. Loschi, V. Tamagni, A. Nucci
y otros se ocupan en sus obras maestras de este
santo con lo que se aprende la devoción que suscitó
y el rastro de santidad que supo dejar tras de sí.
Emblemas de su vida son: la azucena por la pureza,
el libro por predicador, y el crucifijo por su amor
a Cristo y a la penitencia. Abogado de las almas
del Purgatorio y protector de la Iglesia.
Nació en 1245 en Fermo (Italia). La
mayor parte de su vida la pasó en el convento
agustino de Tolentino, cerca del lugar donde nació.
Es un santo milagrero y popular.
El mismo hecho de su nacimiento fue
una gracia del Santo Nicolás de Bari a sus padres,
Compañón y Amada, que no se resignaban a tener, año
tras año, vacío su hogar; de ahí que agradecidos al
santo lo nombraran Nicolás.
Recibió las sagradas Órdenes en el
año 1269. Aunque predicaba con el ejemplo, las
buenas prendas de predicador le llevaron de un lado
a otro. Tuvo visión de las almas del Purgatorio que
solicitaban sufragios. Guía de almas muy estimado,
llamaba al concurrido confesonario "el lecho de los
moribundos" y siempre estuvo dispuesto a dar el
perdón de los pecados, imponiendo penitencias
suaves mientras él se reservaba completarlas
después en su cuarto. Dormía en jergón de paja y
tenía como cubierta sólo su manto. Flagelaba su
carne con ásperos instrumentos, reconociendo sus
huellas, después de muerto, los notarios. También,
como al Cura de Ars, le maltrató el Demonio muchas
veces, apaleándole, causándole heridas y dejándolo
finalmente cojo. Lo mejor de las limosnas que
recibía lo daba a los pobres. Los últimos años de
su vida fueron de mucha enfermedad y aún así,
ayudado por un hermano y apoyado en una muleta,
curó de su parálisis a un enfermo con una
bendición. Durante varios días, un meteoro luminoso
que alumbraba a todo Tolentino predijo su muerte...
y su gloria en los días últimos de su vida. Una vez
muerto, el agua con que lavaron sus manos se
conservó limpia y curandera. Célebre fue, más que
otros, la resurrección de la joven de Fermo. La
reliquia de su brazo ha derramado sangre más de dos
docenas de veces.
Resalta en esta vida ejemplar, tan
llena de amor de Dios y dedicación a los hombres,
el apoyo fontal que para él fue la Eucaristía. Se
preparaba para la Misa con el dolor de los pecados
y la confesión sacramental incluso diaria. Refieren
los testigos tanto religiosos como laicos que no
dejó de celebrar la Santa Misa aún con los achaques
de la enfermedad, repetidas veces se acercaba
apoyado en un bastón y otras, llevado en volandas,
a peso. Era frecuente el don de lágrimas ante el
Santísimo Sacramento.
Confortado con el Viático, murió en
el 1305